Título: El derecho a quedarse quieto
Autora: Marina Perezagua
Editorial: Galaxia Gutenberg
Nº de páginas: 168
Género: Narrativa contemporánea
Precio: 18 €
SINOPSIS
Vivimos rodeados de voces que nos empujan a opinar, responder, mostrarnos, justificar cada decisión. Quizá por eso la mayor rebeldía consista hoy en negarse a hacerlo. En una ciudad evacuada tras un desastre nuclear vive un hombre que ha decidido quedarse allí, a pesar de la amenaza de la radiación. Pocos han visto a Masoto. Algunos dicen que es un loco que vive rodeado de perros. Otros, que es un héroe, un superviviente, un sabio. La periodista Akiyama recibe el encargo de averiguar quién es realmente. Lo que comienza como un reportaje acabará convirtiéndose en un fenómeno capaz de atravesar fronteras: las imágenes de Masoto viajarán por millones de pantallas y su decisión dejará de pertenecerle.
Del encuentro entre el único habitante de Shiomura y una joven periodista que se adentra en la zona restringida surgirá una historia de consecuencias imprevisibles, donde la pregunta ya no será qué ocurrió tras el desastre, sino cuánto puede resistir una persona cuando el mundo entero reclama una explicación.
RESEÑA
Leí El derecho a quedarse quieto justo después de perder a un familiar. Tras un año de penosa enfermedad, esta persona pasó sus últimos diez días en una cama de hospital, pidiendo que le proporcionaran los tratamientos adecuados para poder marcharse de una manera digna y, ante todo, indolora. Sin embargo, los protocolos médicos imposibilitaron la ausencia de dolor y su padecimiento se alargó de manera innecesaria. Traigo esto a colación porque la novela de Marina Perezagua nos habla, en cierta medida, de nuestras limitaciones a la hora de elegir cómo vivir y, sobre todo, cómo morir. Quizá no vivamos en un mundo tan libre como pensamos.
La autora sevillana explora todo el significado del título a través de la historia de dos personajes: Masoto, un hombre recluido en Shiomura, ciudad abandonada tras la explosión de Hiroshima, y Akiyama, una reportera que se interesa por la existencia del hombre. Aun resultando dos personajes completamente distintos, conforman las dos caras de una moneda oxidada y ruinosa que alguien olvidó en una ciudad radiactiva. Ahí radica la fuerza de la novela, en cómo el contrapunto entre los dos protagonistas se revela como un nexo de unión irrevocable.
Si bien la descripción de la vida de Masoto es un canto a la existencia sencilla y cercana a la naturaleza, pronto la obra despliega una feroz crítica al sensacionalismo, a cómo convertimos en iconos metafóricos a personas que lo último que desean es estar en boca de todo el mundo. Sirviéndose del personaje de Akiyama, Marina Perezagua ofrece reflexiones muy lúcidas al respecto, que nos llevan a cuestionar la tremenda hipocresía de los medios de comunicación y, por ende, de la sociedad de consumo. Aunque el estilo de la autora es frío y desapasionado, la emoción que subyace alcanza al lector en determinados pasajes.
La narración a dos tiempos paralelos, que a veces se fusionan sin transición alguna, compone una serie de estampas que contribuyen a realzar la historia. A ello se suman varios relatos de sucesos que acaecieron tras la explosión de Little Boy, como el del reverendo Tanimoto, sorprendido en un programa de televisión americano por la presencia de Robert Lewis, copiloto del Enola Gay. Pero hay más, pues la autora introduce una serie de capítulos cortos en los que asistimos a los intentos de supervivencia de una mujer y su bebé. Apenas sabemos nada de su entorno ni de cómo ha llegado a esa situación, tan solo entendemos su sufrimiento y su lucha por conservar la voluntad. Son fragmentos más literarios, menos sobrios que el resto de la obra. De nuevo, ofrecen un contrapunto certero.
La gran virtud de El derecho a quedarse quieto es su invitación a la reflexión. Todos podemos ejercer ese derecho, pero es probable que los demás decidan desplazarte en contra de tu voluntad. La novela, en su metáfora principal, escarba en la imposibilidad de alcanzar una libertad absoluta. La única opción parece ser alejarse todo lo posible del bullicio humano y, sin embargo, este termina cazándote. ¿Cuál es el sentido de la libertad si no podemos experimentarla?

José Luis Pascual
Administrador
