Los emperadores europeos que esperan a la resurrección

por Sofía Guardiola

Durante la Edad Media, los cadáveres eran algo importante. Los de los santos inspiraban la construcción de grandes catedrales, los de los apestados eran temidos y alimentaron leyendas malditas como la de la Isla de Poveglia y, al parecer, los de los emperadores comenzaron a protagonizar otro tipo de cuento folklórico: el del rey bajo la montaña, popularizado por los hermanos Grimm.

Al recordar de nuevo esta historia, que sin duda me contaron en algún momento durante la carrera y que olvidé, no solo la he encontrado de nuevo emocionante e interesante, sino que la he visto llena de paralelismos con otras historias populares, así que he decidido hacer un desglose de todo ello, incluyendo durmientes que resucitan, cuentos oscuros para niños y apariciones marianas, todo ello muy adecuado para esta web en la que nos encontramos.

Algunos de los protagonistas de estas historias son tan conocidos como Carlomagno o Federico Barbarroja. Sin embargo, a estos dos se les aplica la leyenda de forma retrospectiva, pues con quien nace es con el hijo de Barbarroja, Federico II de Hohenstaufen. Como suele ocurrir con todos los mitos, que se extienden como la pólvora y se adaptan a las características de la sociedad y la cultura a la que llegan, esta historia se popularizó también en lugares como Inglaterra, concretamente en la leyenda del rey Arturo, e incluso en Mongolia, ya que otro de los protagonistas del mito es el mismísimo Genghis Khan.

El protagonista de esta leyenda, como ya hemos comentado, es siempre un líder nacional de gran importancia, del que se dice que realmente no ha muerto, sino que permanece dormido, en una especie de letargo, esperando a que su pueblo vuelva a necesitarle para despertar y acudir a socorrerle. Otra de las características comunes a todas las variantes de esta leyenda es el hecho de que el rey permanezca dormido en un lugar inhóspito, natural, apartado y de difícil acceso, como cuevas, bosques o montañas. Esto puede, por supuesto, recordarnos a la historia de La Bella Durmiente, que fue escrita por Perrault en el siglo XVII, así que podemos suponer, si queremos, que se inspiró en esta historia, pero cambiando al anciano gobernante por la joven princesa maldita que necesita ser rescatada.

No obstante, como ya hemos adelantado al principio, los paralelismos entre esta antigua leyenda y otras historias que conocemos muy bien y que hemos oído hasta la saciedad no han hecho más que empezar. En la leyenda del rey en la montaña, el hecho de que el durmiente está vivo pero sumido en un eterno letargo es un secreto que nadie conoce, hasta que un pastor que pierde a uno de sus animales se mete en una cueva a buscarlo y se topa con un hombre dormido de larga barba blanca. ¿No son siempre también pastorcillos los que encuentran en cuevas que nadie más conoce, en lugares lejanos y de difícil acceso, los que han visto a la Virgen María en lugares como Lourdes o Fátima? ¿Y no es acaso Rick Van Winckle, el protagonista del cuento de Washington Irvin, un hombre de larga barba blanca que también duerme más de la cuenta, durante una cantidad de tiempo inverosímil?

Posteriormente, el héroe pregunta al pastor si un pájaro (que puede ser un águila o un cuervo) sigue dando vueltas a la cima de la montaña. Cuando el pastor contesta de forma afirmativa, el gobernante le echa de la cueva, afirmando que aún no ha llegado su momento.  Al salir, el pastor sufre algún tipo de daño sobrenatural, envejece de forma anómala y muere. Esto también me ha recordado, de algún modo, a los pastores de Fátima. De los tres niños portugueses que vieron a la Virgen, dos de ellos murieron en el transcurso del año siguiente a la primera aparición. Además, el hecho de que los pájaros den señales a los hombres, aunque sean águilas y cuervos y no palomas, no puedo evitar que me recuerde a la Biblia y a la historia del Diluvio Universal y de Noé.

Ahora, después de haber repasado todas las historias que, en mi cabeza, se relacionan con esta leyenda del emperador durmiente en medio de una aislada montaña, vamos a hablar de los mitos, las maldiciones y las historias extrañas que rodearon a los tres emperadores previamente mencionados, para comprender la importancia que tuvieron en la historia y la literatura, y el por qué se les hizo protagonistas de esta pomposa historia.

 

CARLOMAGNO, PADRE DE EUROPA Y REY DE LOS FRANCOS

Carlomagno (que se ajusta bastante a la leyenda ya desde antes de su muerte, pues a menudo se le representa como un hombre con aspecto de anciano y barba blanca), protagoniza un cuento de carácter romántico firmado por el autor cubano Italo Calvino (1923-1985), que utiliza la tipología de las fábulas tradicionales con moraleja, pero de forma mucho más fresca,irónica y original a la que la tradición nos tiene acostumbrados. Según este, Carlomagno (742, 747 o 748-814) se enamoró en su vejez de una joven del Sacro Imperio. Toda la corte estaba en contra de esa relación porque hacía que Carlomagno estuviese ausente y descuidara sus labores de gobierno. Sin embargo, la joven murió pronto, lo cual alegró a toda la corte franca (menos al emperador, evidentemente). Este último estaba tan entristecido que tomó la macabra decisión de conservar el cadáver embalsamado de la joven en sus aposentos. Esto preocupaba especialmente al arzobispo de Turpín, que pidió examinar el cadáver, seguro de que este estaba sumiendo en un encantamiento a Carlomagno (recordemos que en esta época, e incluso mucho después, todo este tipo de supersticiones y la institución de la Iglesia no se encontraban tan lejos como posteriormente). Al parecer, el arzobispo encontró un preciado anillo bajo la lengua de la muerta, y cuando lo extrajo consiguió que Carlomagno quisiera dar sepultura al cadáver pero que, en contraposición, se enamorara del arzobispo que ahora poseía el anillo. Este, abochornado, arrojó entonces el anillo al lago de Constanza, que sería a partir de entonces el nuevo receptor del amor del emperador.

Carlomagno, por Alberto Durero

 

FEDERICO BARBARROJA, EL EMPERADOR QUE MALDIJO A LOS CRUZADOS

Federico Barbarroja (1122-1190), emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, llamado así por el color pelirrojo de su barba (no es un mote muy original, lo sé) murió en mitad de la segunda cruzada mientras atravesaba un río. No está claro por qué se ahogó, pero lo que sí se sabe con certeza es que su muerte no fue tan honrosa como la que se creía que merecía un emperador de la época: un fallecimiento en combate. Quizá sea por ello que se cree que, tras la defunción del emperador, una maldición cayó sobre los cruzados, pues todo comenzó a estar en su contra. Sin embargo, esta maldición quizá no sea tal, sino solo un acontecimiento lógico: la muerte de un emperador no solo trastocaba el equilibrio y la política de un país, sino del continente entero, por lo que era imposible que no afectase también a los cruzados que acudían a Jerusalén. En primer lugar, el fallecimiento hizo que el ejército cruzado comenzara a fragmentarse, y que todos ellos quisieran volver a Europa hasta que se hubiese elegido un nuevo emperador, figura que les daba tranquilidad, seguridad. En especial, el numero de cruzados del Sacro Imperio disminuyó de unos 20.000 a unos 5.000, pues el resto volvieron a su tierra natal. Además, para darle un toque bizarro a la leyenda, se dice que los cruzados conservaron los restos mortales de Barbarroja en vinagre con el fin de llevarlos a Tierra Santa.

Federico I con sus hijos en «La crónica de los Güelfos» (S.XII)

 

FEDERICO II, EL REY DURMIENTE QUE DESPERTÓ

Federico II de Hohenstaufen (1194-1250) era nieto de Barbarroja. De su padre, aunque posiblemente muriera de malaria, se dice también que pudo ser envenenado.

Federico fue para el Sacro-Imperio lo que el ya citado Carlomagno fue para los francos: un posible emperador de los últimos días o, lo que es lo mismo, aquel que traería la Segunda Venida de Cristo mediante la liberación del Santo Sepulcro. Desde la muerte de Federico Barbarroja, habían empezado a correr leyendas de que sería un emperador germano con el mismo nombre el que cumpliría con esta misión, y cuando Federico II subió al trono, como es evidente, recayeron en él las expectativas. No obstante, el emperador murió sin haber cumplido con estas sagradas expectativas, aunque el pueblo germano no quería creerlo. Pronto se empezó a rumorear que no había muerto (como sigue pasando hoy en día con los nuevos ídolos como Elvis Presley, Michael Jackson…). De hecho, hay quien dijo que le vio descendiendo impunemente por los cráteres del Etna. Todo esto llevó a que, tal y como ocurriría siglos después con Anastasia, apareciera un supuesto Federico II resucitado, que sin embargo fue ejecutado cuando se descubrió la farsa, no sin un gran revuelo previo en el imperio y en Italia.

Federico II con su halcón en «De arte venandi cum avibus» (S.XIII)

2 comentarios

C.G. Demian enero 24, 2022 - 11:46 am

Me ha encantado el artículo. Que Federico II pueda estar tomándose ahora mismo una cerveza con Elvis me emociona. Las leyendas son lo que hacen grande a la humanidad, porque la historia solo nos embrutece.

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vicente enero 25, 2022 - 11:56 am

Muy buen artículo, Sofía.
Déjate ver con más frecuencia por el monolito.

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