No recuerdo cuándo lo conocí. Su proyecto cultural, coordinado junto a Rut Alameda, y el mío estaban condenados a coincidir en algún momento. Alguna reseña, alguna entrevista, algún podcast… quién sabe. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la primera vez que nos vimos en persona. Puede que esto suene mal, pero en realidad no importa. Mi sensación es que Ferki siempre estuvo aquí, al lado. Así era él, una presencia perpetua.
Hablábamos bastante por teléfono. Ferki era de verbo fluido, le gustaba hablar, especialmente de las cosas que le apasionaban: una novela que le acababa de descubrir a una autora descomunal, una película que le había impresionado, una editorial que acababa de conocer y a la que había propuesto una entrevista (porque siempre era el primero en ofrecer su espacio para dar voz a nuevos proyectos)… En una de nuestras últimas conversaciones telefónicas, me mostró su alegría cuando le dije que mi novela entraba en su fase final de escritura. Me dedicaba frases elogiosas que rozaban el sonrojo, pero es que Ferki era, repito, un apasionado de todo aquello que disfrutaba. Y lo disfrutaba como un niño, os lo aseguro, y lo mejor es que te contagiaba su entusiasmo.
Otro ejemplo, y perdonad que me lo lleve a lo personal. Me escribió cuando recibió un ejemplar de Con pájaros muertos dibujo coronas. Pocas horas después, me envió un audio para decirme que lo estaba devorando y que se sentía fascinado. Más allá de eso, me dijo algunas cosas que nadie me ha dicho acerca de mi escritura, cosas que denotaban una clarividencia inusual. Y es que Ferki era un crítico literario excelso, uno de esos lectores que leen con los cinco sentidos y con uno más que podemos considerar sobrenatural, un instinto especial para adentrarse en los intestinos de un texto literario. Creo que el adjetivo le va bien. Ferki era sobrenatural.
Contaré una secuencia de eventos que ahora considero relevante. En febrero de 2024, Ferki actuó como presentador de la antología Lo que cuentan los monstruos. Allí presentó a tres autoras como Gemma Solsona (fue la primera vez que hablamos, Gemma, y como ves fue culpa de Ferki), Valeria Correa Fiz y Mariana Torres. Como siempre, Ferki estuvo brillante. Solo un mes después, presenté mi primera obra publicada, el poemario Júpiter bajo el crescógrafo. Ferki condujo el acto porque fue el primero en pedírmelo. Quería ser, a toda costa, el maestro de ceremonias de mi bautizo literario. De nuevo, sus participación fue sublime, pese a un pequeño percance. Una de sus piernas se le durmió y tuvo que terminar la presentación sentado en el suelo del escenario de La Imprenta. Me dijo que ya le había pasado en alguna ocasión y, aunque no tenga mucho que ver, no puedo evitar relacionar ese episodio con la enfermedad que se lo llevó. Saltamos otro mes, a abril. También en La Imprenta, se presentaba el primer poemario de Ferki, Carne muerta no tiembla. No tuvo presentador, de hecho fue una presentación doble. Creo que no quería el protagonismo, y aquella tarde lo compartió con la poeta Paula Díaz Altozano, quien también presentaba un poemario. Una vez más, el evento fue fantástico.
Me quedó una espina clavada esa tarde. Pese a mostrarse siempre disponible y dispuesto para dar a conocer a mil y un autores y autoras, pese a asistir a incontables presentaciones y eventos como público, pese a verterse por los demás como nadie, la asistencia de público a su presentación fue escasa, casi anecdótica. Siento volcar aquí la frustración que sentí aquel día, porque sé que él no le dio importancia, pero Ferki merecía una sala llena, firmar decenas de ejemplares, ser el protagonista por un día. Una injusticia que desvela una de las caras amargas del mundillo literario. Sin embargo, repito, a él no le importó. Agradeció a todos y cada uno de los asistentes su presencia y se marchó feliz.
Le encantaba enviar stickers de loros bailarines, era su manera de alegrarte el día; se preguntaba por qué no había slasher en los que los asesinos no llevasen máscara; despotricaba de la poesía moderna, que en su mayoría consideraba artificial y carente de emoción… Preparamos un evento en una librería para este último Halloween, y ahí fue cuando me enteré de que estaba otra vez en el hospital. Aun así, me aseguraba que muy pronto estaría en casa y que realizaríamos el evento. Gracias a Pez de Plata, acordamos con una librería madrileña la fecha y la hora, y nos pidieron datos y fotografías para montar un cartel. Ferki me envió esta imagen:
Quería que esa fuese su foto pública, y desde luego no carece de significado. Ferki también era un interrogante, alguien que solo abría sus puertas más interiores si se encontraba con la persona adecuada, si el momento era propicio. También lo veo como una crítica velada al «postureo» reinante en redes sociales, o quizá como una forma de preguntarse a sí mismo quién era él, para que todos nos preguntemos quién era Ferki López.
El lunes, mientras él abandonaba su carne y dejaba de temblar, soñé con un gran secreto que era desvelado a una parte de la población. Se trataba de algo relacionado con las estrellas y que iba a desembocar en un enorme cambio para la humanidad, previo paso por un cataclismo. Dos amigas suyas con las que coincidí en el tanatorio me hablaron de algo parecido. Una de ellas había pasado una noche complicada, con sueños extraños e intensos. La otra, directamente, confesó que había soñado con él, con Ferki, aproximadamente a la misma hora en que murió. Ahora creo que esa fue su forma de decir adiós, que Ferki nos lanzó esa interrogación a modo de despedida, y cada uno la respondimos de una manera distinta. Te voy a echar mucho de menos, amigo.
Ferki López fue doctor en Lengua española y sus Literaturas por la Universidad Complutense de Madrid, profesor universitario de Lengua española y codirector de la plataforma Altavoz Cultural, espacio de divulgación de múltiples disciplinas culturales, junto a Rut Alameda.
Como autor, publicó el poemario Carne muerta no tiemba (Bajamar Editores).
Tuve el placer de incluir su cuento «Leche fría» en T.Errores: una antología de terror y error, así como de publicar en este mismo espacio su cuento «Medianoche», ambos con el seudónimo Pepín Flores.
El 15 de septiembre publicamos aquí su última reseña: Ahí donde el riesgo late, de Iria Fariñas.

José Luis Pascual
Administrador



2 comentarios
Emotivo artículo te has marcado. Con lo que cuentas y lo que te dejarás, claro queda que era buena persona.
Ánimo para todos los amigos y familiares.
Muchas gracias, Vicente. Un abrazo fuerte.