La balsa de la medusa: la deshumanización por la supervivencia

por Sofía Guardiola

El romanticismo es, por definición, un movimiento intenso, con propensión a los grandes sentimientos, al desbordamiento emocional, tanto para hablar de amor como a la hora de plasmar lo oscuro, la tragedia. Buscaban las ruinas para reproducirlas en sus lienzos con un aire atractivo y misterioso, escribían obras tumultuosas en las que el amor y la desesperación se entremezclan y acaban por ser indistinguibles, y buscaban lo más oscuro y recóndito de la naturaleza humana para sacarlo a flote, para mostrárselo a una sociedad eternamente despreocupada, instalada entre la pompa y el lujo de las clases más altas (pues a menudo eran los más acomodados los que podían permitirse consumir arte y literatura). Es por ello por lo que escogían temas cruentos, situaciones límite en las que lo más animal del ser humano sale a la luz. El juramento de los Horacios, por ejemplo, nos muestra cómo éstos están a punto de matar por honra a los Curiáceos, habiendo lazos matrimoniales que unen a ambas familias, mientras que las mujeres que lloran a un lado de la obra, apartadas, son las únicas que dejan traslucir el espanto del enfrentamiento que está a punto de producirse. La libertad guiando al pueblo, a pesar de su temática noble y augusta, nos muestra a un pueblo pisoteado, aplastado, sucio y hastiado de barricadas y combates que, a pesar de que ha alcanzado lo que quería, de que se deja guiar por uno de los ideales más nobles, ha sobrevivido a duras penas hasta ese punto del camino. Vemos a niños luchando sin entender por qué, a los muertos pavimentando el suelo para que la libertad pasee sobre sus cuerpos sin vida, un cielo infestado de humo y una ciudad sucia y destruida en último plano.

Sin embargo, el tema romántico por excelencia fue el escogido por Theodore Géricault para su obra La balsa de la Medusa, que narra uno de los acontecimientos más cruentos de la historia contemporánea de Francia y que por tanto es perfecto para mostrar a un tiempo la esperanza, la pérdida total de ella, el efecto de la muerte sobre un ser humano y, sobre todo, la degradación moral, la vuelta en pocos días al estadio más salvaje del que es capaz un hombre.

Todo comenzó cuando los borbones volvieron al trono francés tras la caída del imperio napoleónico. En este momento, los británicos devolvieron a Francia las factorías senegalesas que habían arrebatado a Bonaparte durante las guerras napoleónicas. Ante esto, Francia debía enviar de nuevo a Senegal a sus hombres, tanto funcionarios como militares, y escogieron para ello cuatro embarcaciones, siendo una de ellas una fragata con un nombre que enseguida nos resultará familiar: Méduse. Al frente de esta embarcación se encontraba el vizconde Hugo Duroy de Chaumareys, quien llevaba veinte años alejado del mar, pero se había ganado el cargo gracias a su lealtad a la monarquía durante el periodo del imperio de Napoleón. Sin embargo, como pudo comprobarse posteriormente, el cargo le quedaría grande y serían otros los que pagarían las consecuencias.

Las cuatro embarcaciones partieron el 17 de junio de 1816, y pocos días después se desataría la tragedia.

Buscando llegar lo antes posible a su destino, puerto Sant Louis (hoy en día Puerto Soledad), se decidió que la fragata se dirigiera en línea recta desde Tenerife, donde se detuvieron a obtener provisiones, hasta este lugar, sin tener en cuenta los mapas náuticos, en los que se registraban peligros tales como bancos de arena o arrecifes de coral. De este modo se desviaron de la ruta original, y durante el trayecto fueron sufriendo otra serie de acontecimientos que les apartaron más aún del camino planeado, quedando además solos, puesto que el resto de embarcaciones no quiso tomar el riesgo al que se expuso el Méduse. Los marinos más experimentados se oponían, como es natural, a este sinsentido, pero como la mayoría de ellos eran napoleónicos, lo cual era bien sabido por su capitán, este prefería ignorarles. De este modo la tensión ya estaba servida, y el denso ambiente que se debía respirar en el Méduse sería solo el primero de sus problemas.

Finalmente, y como no podía ser de otro modo, la fragata encalló en el Banco de Arguin, sufriendo tres golpes de talón, todo ello a sesenta kilómetros de la costa más cercana. A todo esto hay que sumarle que se desató una tormenta marina que hizo inevitable que el barco tuviera que ser evacuado. Todo empezó a oscurecerse más aún cuando los hombres al mando de la embarcación empezaron a confeccionar una lista: la de los hombres que podrían subir a las embarcaciones de salvamento. Los elegidos partieron en los botes salvavidas, y los condenados acabarían protagonizando una de las obras clave del romanticismo, aunque muy pocos vivirían para presenciarlo.

Se había construido con tablones provenientes del barco la famosa balsa, en un primer momento destinada a aligerar la carga de la herida fragata acumulando algunas provisiones que no querían tirar al mar, pero que no podían permanecer en la embarcación principal. No obstante, al final acabó siendo utilizada como último recurso por unas ciento cincuenta personas que no habían conseguido acceder a los botes salvavidas que se negaban a esperar en el Méduse el inminente hundimiento. Sus dimensiones eran de 20 x 7 metros, por lo que los náufragos iban hacinados en su interior, viendo cómo los afortunados se marchaban en los botes salvavidas, alejándose más y más de la temeraria balsa.

Las olas pronto se llevaron a varios de los hombres, así como las reservas de agua dulce que habían subido a bordo. La comida tampoco tardó en acabarse, pues no contaban más que con galletas, y el clima de hambre, pánico y frío empezó a causar estragos. Esa primera noche hubo ya peleas entre los marinos que llegaron en muchas ocasiones a acabar en asesinato, pues todos se disputaban las posiciones en el centro de la balsa (la parte más segura) o cerca de las provisiones, desconfiando al extremo de sus compañeros, y sabiendo que ellos mismos les traicionarían si obtenían un lugar cercano a ellas.

Cuando acabó la tormenta comenzó la locura, pues a los padecimientos existentes se le sumó el sol que laceraba la piel junto con la sal, y la desesperación por salvarse empezó a sacar lo más primario del ser humano, aquello dentro de sí que le hace olvidar los convencionalismos sociales y la moral porque solo hay un pensamiento enorme ocupando todo su ser: el de sobrevivir.

Durante los primeros días royeron las sogas del barco, el cuero de los cinturones y las telas con las que vestían solo por tener algo que llevarse a la boca, pero a partir del tercer día comenzaron a comerse a los cadáveres, a los que cortaban en pequeños pedazos y secaban al sol. También bebían su propia orina, y todas estas condiciones nefastas hicieron que a los siete días ya solo quedaran treinta de los ciento cincuenta hombres que en un principio se habían agolpado en la pequeña e improvisada embarcación. A las dos semanas, cuando por fin fueron rescatados al ser vistos por un navío, solo quedaban trece supervivientes. Otros cinco murieron tras ser rescatados antes de llegar al puerto Sant Louis. El calvario había terminado, pero solo para ocho de los ciento cincuenta náufragos.

Esta historia pronto se hizo de dominio público, los supervivientes hablaban de ello en los periódicos parisinos, lo cual inflamó la imaginación de Géricault, que ya había pintado temas truculentos en otras ocasiones, pero que esta vez había topado con una mina de oro. Habló con los supervivientes para preparar su gran obra, realizó una escala a tamaño real de la balsa para poder pintarla con total veracidad siguiendo las directrices de estos y estudió los cadáveres de una morgue para poder plasmar correctamente los colores en los que se torna un cuerpo cuando lleva días fallecido y abandonado a su suerte en mitad del océano. Escogió para su obra el momento exacto en el que los supervivientes trataban de llamar la atención del barco que les acabaría salvando, por lo que mezcla la desesperación con un pequeño rayo de luz, con una posibilidad de sobrevivir en medio de la tragedia.

En cuanto a la gestualidad de las figuras, trató de mostrar todos los estadios por los que pasa la mente humana ante una situación límite. En este sentido, si leemos el cuadro de izquierda a derecha, vemos distintas fases por las que estos náufragos pasan con respecto a lo que han vivido y a la posibilidad de ser salvados: En primer lugar tenemos a los que ya se han abandonado. Están agotados, indiferentes incluso ante la idea de salvación. Puede que se sientan derrotados también debido a lo que han tenido que hacer, comerse a sus compañeros y beber orina. Quizá no se sientan capaces de volver al mundo civilizado ahora que conocen su capacidad de convertirse en salvajes. Hacia el centro de la obra, junto al mástil de la balsa, vemos a una serie de hombres que señalan a la embarcación salvadora, que la miran, y que sin embargo no hacen nada. Parecen reservados, más interesados que los anteriores, pero quizá incrédulos o precavidos. No quieren ilusionarse en vano, pues puede que al final no sean rescatados, que algo se tuerza y acaben igual que sus fallecidos compañeros. Por último, a la derecha tenemos el grupo de los que sacan fuerzas de donde no las hay, se alzan, agitan jirones de tela y seguramente gritan a la embarcación hasta desgañitarse. No van a abandonarse, por mínima que fuera la oportunidad de salvarse, lucharían por ella con todo lo que aún tienen. Todos estos sentimientos son acentuados además por colores oscuros que nos hablan de lo turbio de la temática, por el clima tormentoso tan utilizado durante el romanticismo, en el que parece que nunca salía el sol y por los escorzos exagerados de las figuras (no solo de los que se elevan buscando la salvación, sino también de los cadáveres que yacen tirados sobre las tablas de madera). Géricault busca que sientas miedo, que vibres de tensión, que te metas en la piel de esos hombres que llegaron a conocer lo inhumano, a sentirlo en sus propias carnes.

Es necesario apuntar, para terminar, que el gobierno había tratado de ocultar esta tragedia (a pesar de no haberlo conseguido, pues la prensa lo gritó a los cuatro vientos, especialmente la de carácter napoleónico) puesto que se sabían culpables al haber puesto al frente de la embarcación a un hombre no preparado, por lo que el artista romántico tuvo que presentar su obra como Escena de un naufragio. A pesar de ello, todo el mundo supo qué acontecimiento concreto se representaba: la polémica estaba servida. Algunos vieron en ello la necesidad de mostrar un acto que el gobierno pugnaba por ocultar, como un simple acto de justicia para con las víctimas, pero otros fueron más allá, y sintieron que en el cuadro se plasmaba una alegoría de toda la sociedad francesa del momento: violenta, putrefacta, decadente, asalvajada y deshumanizada. Además, creían que la suerte que corrieron los náufragos sería la misma que esperaba a los franceses: cuando llegara la ayuda, el remedio a todos esos males, ya sería demasiado tarde: solo unos pocos supervivientes lograrían disfrutar de ello.

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