La piedra de la locura a través de la pintura

por Sofía Guardiola

Hoy en día, asumimos con total naturalidad la existencia de los cálculos renales, formaciones minerales que se originan en nuestros riñones y nos causan diversos problemas de salud.

Del mismo modo, en la Edad Media se creía que las mismas protuberancias de origen mineral podían crecer en el cerebro, siendo esta una causa de locura. Por tanto, si se extirpaba del cerebro la piedra el mal se acababa y, en teoría, el enfermo pasaba a tener un comportamiento normal, ejemplar.

Al parecer, según el neurobiólogo José R. Alonso, estas formaciones pueden aparecer en ocasiones en pacientes enfermos, por ejemplo, de cáncer o hematoma subdural, y quizá fuera esto lo que encontraría algún médico de la época, dando a luz a una teoría que luego aprovecharían no solo doctores, sino también curanderos y todo tipo de timadores que se aprovechaban de las esperanzas de los familiares de los aquejados de algún mal mental.

Sin embargo, y en contra de lo que pueda perecer, no pretendo hablar de medicina en este artículo ni de pseudociencia, sino de arte, pues vamos a repasar los pormenores de esta extraña operación quirúrgica a partir de dos obras arte que nos sumergen en esta maquiavélica cirugía.

La primera de ellas, atendiendo el orden cronológico, es la famosa tabla de El Bosco que podemos encontrar en el Museo del Prado, Extracción de la piedra de la locura. Fue pintada recién finalizado el medievo (aunque eso lo sepamos ahora, y no entonces, claro), entre 1501 y 1505, y por suerte nos sirve para comprender que en esta época la famosa operación era ya tema de crítica, e incluso de mofa.

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Las señas que nos indican que El Bosco se tomaba poco en serio esta operación, y que lo que estaba pintando realmente era una crítica a la credulidad humana, son muchas y están repartidas por toda la obra. La primera de ellas es el embudo que corona la cabeza del supuesto doctor, y que sustituye al birrete que debería llevar en su lugar si se tratase de un auténtico médico. Aquí, el embudo simboliza el sinsentido, la estupidez.

El segundo símbolo es el propio hombre que está siendo intervenido y que, además de una mirada bastante bobalicona, tiene una especie de alforja colgada a la silla y atravesada con un puñal, indicador de que la cirugía que le están realizando no es más que una estafa con la que sacarle los cuartos. También vemos, debajo de la silla en la que es intervenido, unos zuecos de madera que sabemos que le pertenecen, porque está descalzo. Estos eran los zapatos típicos de campesinos, utilizando El Bosco esta referencia para hablar de ignorancia, de falta de saber y conocimiento, lo cual era una asociación de ideas típica en la época.

Tampoco podían faltar el fraile y la monja con sus respectivas señas de ignorancia, síntoma de la superstición y abandono a la ignorancia de la que en aquella época se acusaba al clero neerlandés. La monja, para expresar esto, lleva sobre su cabeza un libro que se encuentra cerrado, como si fuera a obtener por ósmosis los conocimientos que hay anotados en su interior. Por su parte, el fraile sostiene, en plena operación cerebral, un recipiente con vino entre sus manos, lo cual creo que habla por sí mismo y no necesita de una explicación adicional.

En cuanto al marco, este es circular simulando un espejo, que nos ofrecería a la humanidad un fiel reflejo de nuestra propia estupidez. Por añadidura, en él se encuentra la leyenda “Maestro, extráigame la piedra, mi nombre es Lubber Das”, siendo este último un personaje de la literatura holandesa que se utilizaba como personificación de la estupidez, la credulidad, aquel que sufre un timo o engaño.

Además, para añadir una nota más de ridículo y sinsentido, el cuerpo extraño que el supuesto cirujano extrae del cráneo del enfermo no es una piedra, sino una flor.

Ahora viajamos cincuenta años en el tiempo y conocemos a Jan Sanders van Hemessen, el siguiente de los artistas que va a ofrecernos una imagen esclarecedora sobre la cruel extracción de la piedra de la locura, con su obra que comparte título con la de El Bosco, aunque sea también conocida como El cirujano.

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Esta obra es de un pintor flamenco (vecino, por tanto, de El Bosco), y curiosamente también vecinas son ahora sus obras, pues ambas se encuentran en el madrileño Museo del Prado.

Mientras en el otro caso la escena se desarrollaba en mitad del campo, en este caso es una ciudad flamenca el escenario de fondo de la cirugía, siendo en ambos casos los lugares elegidos poco propicios, cuanto menos, para abrirle a un paciente la cabeza.

Lo primero que nos sorprende en este cuadro si lo comparamos con el anterior es la mirada del paciente que está siendo atendido. Mientras El Bosco busca plasmar en ella la estupidez pura y dura, el hombre de van Hemessen nos mira directamente con dolor, con la mirada atravesada. Incluso, si nos acercamos al cuadro, apreciamos lágrimas en sus ojos, lo cual nos indica que esta vez la crítica se hace a través del sufrimiento del afectado, y no de su ignorancia.

El hombre nos mira directamente, nos interpela, nos hace partícipes de su sufrimiento. Consigue que nos detengamos delante de la obra, que sintamos con él. En la obra de El Bosco creíamos poder asistir cómodamente a la operación, como meros espectadores, en este caso no: es imposible que no nos sintamos removidos por dentro.

Con este sufrimiento contrasta la mirada del doctor y su sonrisa, casi sarcástica, que nos recuerda a la ignorancia con la que el señor Bobary intenta curar una cojera y, pecando de soberbia, acaba causando una gangrena y una amputación en la famosa obra de Flaubert. Además, vemos una serie de piedras colgadas con hilo en la parte superior del puesto del médico: la supuesta prueba de la experiencia que posee, el resto de piedras que ha conseguido extraer con éxito. A esto se añade el personaje de la derecha, el siguiente paciente que hace estiramientos, tranquilamente, esperando su turno.

Tanto este siguiente paciente como el doctor, la anciana que le ayuda y la joven que, como si de María Magdalena se tratase, porta los ungüentos que se aplicarán tras la operación, son completamente ajenos al dolor del enfermo. Parecen no ver su rostro, no oír sus lágrimas, ser meros autómatas de estas escalofriantes cirugías.

Para acabar, si os habéis quedado con ganas de viajar en el tiempo y presenciar más extracciones, os recomiendo los cuadros de Pieter Brueghel el Viejo y Pieter Huys, que estoy segura de que ya sabréis interpretar gracias a lo aprendido en este viaje por las extrañas creencias médicas, las operaciones de dudosa salubridad y las flores y piedras que salen de los cerebros enfermos.

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