La ciudad de los vivos (Nicola Lagioia)

por José Luis Pascual

Título: La ciudad de los vivos

Autor: Nicola Lagioia

Traductor: Xavier González Rovira

Editorial: Penguin Random House

Nº de páginas: 464

Género: True crime

Precio: 20,81 €

SINOPSIS

En marzo de 2016, en un apartamento situado a las afueras de Roma, dos jóvenes de buena familia se pasaron varios días de fiesta, poniéndose hasta arriba de cocaína, pastillas y alcohol. Decidieron invitar a alguien y tras llamar a varios amigos que no podían o no contestaban, dieron con Luca Varani, un chico al que apenas conocían. Le ofrecieron drogas y dinero a cambio de sexo. Se divirtieron hasta que empezaron a torturarle y terminaron asesinándolo a cuchillazos y golpes de martillo. Tenía 23 años, era hijo de una familia humilde de la periferia, un buen chaval que se buscaba la vida como podía. Nadie entendió por qué lo hicieron, no hubo respuestas para tanto horror. Desde la cárcel uno de los asesinos dijo que «querían saber que se sentía al matar a alguien». Tenían 28 y 29 años: Manuel Foffo, proveniente de una familia de comerciantes, y Marco Prato, un conocido relaciones públicas de la noche gay romana, hijo de un profesor universitario.

RESEÑA

El chófer condujo sin levantar el pie del acelerador. Cerca del mar Tirreno, el aire circundante se volvía más frío. El cielo estaba oscuro. Al lado de la carretera aparecieron los primeros arbustos de enebro. El cambio de escenario, lento y constante, se aceleraba al llegar a Roma. La inmensa red urbana, que eclosionaba más allá de la circunvalación, era un agujero negro capaz de confundirlo todo. La vegetación moría y renacía más salvaje dependiendo de si la mirada se topaba con un delirio urbano o un área abandonada, dos especialidades en las que la ciudad destacaba. Las gaviotas, maleadas y hambrientas, dibujaban espirales que asaltaban los depósitos de basura. Por la noche, atraídas por los focos que deberían dar lustre a los grandes monumentos, giraban alrededor de los mismos de una manera macabra. Roma era un tema aparte. Bajo la lluvia, era el discurso de un loco que, como no es raro que suceda, contenía destellos de verdad.

Estas líneas definen a Roma. La Ciudad Eterna convertida en pasto para las gaviotas hambrientas, quienes merodean las ruinas para ser ellas mismas, también, ruinas. No es difícil imaginar a una de estas aves adentrándose en un callejón oscuro y topándose de bruces con una algarabía humana, ya sea en forma de fiesta, orgía, sodomización o asesinato. Todo es posible en Roma.

La ciudad de los vivos es la reconstrucción, desde el mismo corazón del crimen, del brutal homicidio cometido por Manuel Foffo y Marco Prato, quienes acabaron con la vida del joven Luca Varani bajo unas circunstancias que esquivan cualquier interpretación racional. Considerada novela, en realidad estamos ante una crónica periodística en su máxima expresión, un dibujo ciertamente aséptico creado por un observador tan implicado como frío e imparcial. Hay recursos literarios y juegos propios de la novela, pero Nicola Lagioia firma un ensayo en cuyo interior late la mayor corrupción humana, el derrumbe de lo sagrado, el colapso del más bello arte generado por el hombre. En una palabra, decadencia.

La obra se estructura en seis partes que sirven para dividir y separar los distintos estratos temporales del suceso. Además de una narración que atiende a la cronología exacta de los acontecimientos que culminaron en la noche del 4 de marzo de 2016, Lagioia va sembrando las páginas con numerosos testimonios de personas que estuvieron, de un modo u otro, conectadas a la víctima o a los verdugos. Esto se alterna con reflexiones lúcidas del propio autor, que a veces orbitan sobre todo el conjunto como las impresiones de un vigilante que lo abarca todo, y otras surgen directamente de lo más íntimo. Después de una investigación obsesiva, Lagioia se permite recrear algunas escenas con diálogos y sensaciones que, intuimos, no deben de estar muy alejadas de la verdad. 

Todo el mundo compara La ciudad de los vivos con A sangre fría, aunque también veo acertado mencionar al inigualable Emmanuel Carrère como fuente de inspiración. Si bien nos movemos en registros diferentes, hay mucho de El adversario en cuanto a su aproximación a un mal incognoscible e incomprensible. Aquí hay más amplitud, pues son varias vidas las afectadas, pero sin duda la asfixia emocional es pareja.

Uno de los baremos que podemos utilizar para cuantificar la relevancia de esta obra es toda la documentación visual que existe en referencia a este crimen. Cuando uno repasa un pasaje del libro y después busca imágenes o vídeos reales de ese momento, se percata del poder de la literatura para retratar un instante decorándolo con un aura que le otorga un poso de mayor trascendencia y belleza. Es tangible, durante esa comprobación, la soberanía del arte en todo su esplendor. Un efecto mágico que en pocas ocasiones podemos experimentar. 

Dentro de lo lóbrego e inquietante (y triste) que resulta todo el libro, me impactó especialmente la tercera parte de las seis que componen la obra. En ella, el autor encadena una serie de testimonios a bocajarro, casi una sucesión de disparos que, si bien no alcanza (ni lo pretende) la dureza explícita de cierto tramo de 2666 de Roberto Bolaño, sí que emparenta la obra de Lagioia con la del chileno. Esta tercera parte finaliza con una confesión por parte del autor, en la que reconoce que estuvo a punto de caer en el mismo infierno en el que moran los protagonistas del suceso, y que su salvación no se debió más que al puro azar. 

Por encima de los personajes y de la historia está, por supuesto, Roma. A través del increíble crisol de distintos personajes que desfilan por la obra, Lagioia pinta una postal de características únicas y especiales, ya que logra contener en ella a una ciudad tan inabarcable. Conseguimos visualizar Roma desde las torres de las clases altas, pero sobre todo a ras de suelo, donde moran los desechos. Roma es la verdadera protagonista, una diosa que desmigaja de su seno a una serie de personas y las somete, de manera caprichosa, a sus más perversos antojos.

A la emergencia por las ratas se sumó el azote de las gaviotas. Con su expresión malvada y sus ojillos vidriosos, eran dueñas de la situación. Correteaban entre la basura, devoraban pequeños animales muertos, se arrojaban sin temor hacia toda fuente de alimento. 

—Estas se nos van a comer vivos —comentaban los romanos, expresando malestar o deseo.

Tenemos aquí una crónica sobre un suceso que en realidad es mucho más. Es el retrato de una ciudad, de una época, de un modo de vida que se nos antoja alienígena en muchos aspectos. Ante todo, La ciudad de los vivos es el espejo en el que no queremos reflejarnos, así como una impresionante radiografía de la mente humana y su relación con el entorno, su interpretación de la violencia, del instinto animal, de la muerte.

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