Lutano (Raquel Presumido)

por José Luis Pascual

Título: Lutano

Autora: Raquel Presumido

Editorial: Pez de Plata

Nº de páginas: 176

Género: Terror fantástico, folclore

Precio: 19,90 €

SINOPSIS

Rosina, una joven estudiante de cine, deja Madrid con una maleta llena de sueños rotos para volver a su pueblo, Rodiezmo de la Tercia. Situado en la frontera natural entre Asturias y León, allí nada es lo que parece. Las vallas son somieres, los bebederos de las vacas son bañeras viejas y los espantapájaros son CDs rotos. El eco de los estallidos de la guerra permanece atrapado en la montaña que da sombra al pueblo, una figura imponente y totémica de la que nace una niebla oscura, densa, que avanza por el valle amenazante, sabiéndose antropófaga: el Lutano. Una tarde, al descender el Lutano, un hombre camina desnudo y ensangrentado desde las peñas hacia el pueblo. Su llegada sacudirá los cimientos de la comunidad. 

RESEÑA

«Esa llomba comió un neñu».

Lutano comienza con un capítulo titulado «Liminar», en el que se hace mención a límites, pasillos y fronteras. Aunque pueda parecer casual, no lo es. Lo liminar (el término «liminal» está de moda y, desde aquí, queremos reivindicar su voz castellana, mucho más apropiada) es la razón de ser de la novela, ya que Rodiezmo, el pueblo en el que se desarrolla la acción, es una suerte de limbo por el que discurre una serie de personajes perdidos. Y están perdidos tanto metafórica como literalmente, ojo. El Lutano es una nube oscura que, de manera caprichosa, cubre el valle de Rodiezmo. Su presencia, su manto, también tiene mucho de liminar.

Raquel Presumido nos cuenta la historia de una joven que ha fracasado en su intento por convertirse en cineasta en la capital y decide volver a su lugar de origen. En el valle asturleonés se va a reencontrar con seres que forman parte de su mundo y que, de algún modo, sirven de espejo de las distintas emocionse que alberga Rosina. Siempre caminando entre fronteras, en no lugares, la joven va a descubrir, junto a todo el pueblo, qué paso con Xurde, un neñu desaparecido en la montaña hace ya demasiados años. 

Como si fuera una de las viejas del pueblo, que siempre realizan sus labores con dedicación y una minuciosa atención a los detalles, Raquel teje su historia con admirable precisión. Primero nos presenta a la protagonista mientras va soltando detalles de su presente y su pasado, así como dibuja un microuniverso rural tan particular como universal. Sin que nos demos cuenta, enseguida pasamos a formar parte del pueblo y conocemos la desventura del «niño Juana», tragado por el monte, o el triste destino de la tía Obdulia, paralítica y presa de las llamas que consumieron su hogar una noche de la guerra. Esa naturalidad es la que nos gana y nos engancha, y es la misma que muchos autores no logran alcanzar, perdidos en prosas abigarradas y mal estructuradas. La estructura de Lutano es, en cambio, redonda.

La adición de un pequeño toque metaliterario, que aparece cuando el lector menos lo espera, otorga otra dimensión a la novela. Es algo que se sugiere en el mismo inicio de la obra y que marca la separación entre los actos que la conforman. Un recurso que me encantó y que cobra especial relevancia durante el tramo de desenlace, del que luego hablaré.

Es este un paseo a través de entornos rurales que esconden miserias y maltratos cotidianos. La autora lo representa con un huevo que explota en una sartén y se dirige, decidido, al rostro de uno de esos hombres de pueblo que se creen con el derecho de golpear a su mujer cuando se le antoje. No escasea, además, la crítica social en forma de secuelas de la guerra y de los duros oficios del monte como la minería. Los personajes narran continuamente pequeñas historias que enriquecen el conjunto al proporcionarnos un contexto específico que se cuenta a base de anécdotas, cuchicheos y dramas personales. 

La pandereta estaba encima de la mesa, sin tocar. Una pandereta sin tocar evidencia aún más su naturaleza de cadáver.

La prosa es especial. Si bien el grueso de la obra ofrece un estilo limpio y sencillo, toda la novela está salpicada de frases y metáforas para enmarcar, y de un costumbrismo embriagador que nos hipnotiza a través del lenguaje. Es habitual toparnos con localismos asturianos, e incluso con frases enteras pronunciadas en bable. Que nadie tema, se entienden perfectamente y, de nuevo, contribuyen a realzar el decorado y el trasfondo.

Vamos a hablar del final (sin spoilers, por supuesto). Digamos que el elemento fantástico entronca con el tema de moda, los espacios liminares. Aquí Raquel le da una explicación al asunto, y es una solución superlativa. No puedo decir más. Resulta una apuesta arriesgada que, estoy convencido, dividirá a los lectores entre aquellos que se maravillen y los que queden decepcionados. Afortunadamente, me cuento entre los primeros. Atreverse a lo que hace la autora en ese desenlace es algo que, a menudo, distingue las grandes obras de las mediocres. Sea como sea, me resulta rupturista, inusual, original. Ojalá encontrásemos este tipo de recursos en más obras de género, acostumbradas a repetir esquemas y apolillarse sobre el cliché. El final de Lutano es pura «marca de la casa» de Pez de Plata, y yo aplaudo por ello.

Encuentro cierta conexión espiritual con Punto de araña, de Nerea Pallarés, en cuanto a su adscripción a lo fantástico desde el costumbrismo y la reivindicación de la vida rural. Esas cuatro viejinas que cocinan y cosen, siempre juntas, son el fiel reflejo de nuestros pueblos. Tumbarse en el somier que hace de frontera, nacer entre la gente, transitar senderos que parecen bucles infinitos plagados de altares de vírgenes, tocones con nombres grabados o granadas que nunca explotaron. Eso es lo que se esconde tras el Lutano.

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