Caza y pesca (Rodolfo Santullo)

por José Luis Pascual

Título: Caza y pesca

Autor: Rodolfo Santullo

Editorial: Pez de Plata

Nº de páginas: 160

Género: Thriller de supervivencia

Precio: 18,90 €

SINOPSIS

Tres amigos se reúnen cada año a orillas del río Yi, en Uruguay, para pescar y pasar unos días juntos. Pero cuando llegan en esta ocasión, algo parece haber cambiado. Un par de cazadores y su sanguinario perro no se muestran demasiado contentos de tener que compartir con ellos su coto de caza. A partir de ese momento, la tensión de Caza y pesca comienza a incrementarse página a página, al tiempo que la acción se acelera en una trama de supervivencia salvaje y extrema violencia.

RESEÑA

Solo un capítulo necesita Rodolfo Santullo, tan solo dos páginas cuajadas de una descripción desoladora y magistral, para establecer su filtro. Muchos no continuarán, directamente expulsados por las moscas, los perros, el barro, la sangre. Otros, por el contrario, ya estamos a bordo. El inicio de Caza y pesca suena a Plop, a La carretera, a esos apocalipsis en plena efervescencia que hacen emerger la podredumbre de la Tierra y del hombre. Qué placer.

Bien es cierto que, tras ese monumental arranque, la novela transita derroteros más cotidianos, pero la ambientación sucia y maloliente nos va a acompañar hasta el final. Como bien explica Jesús Palacios en el prólogo de la edición, Caza y pesca pertenece a ese grupo de obras que apuestan por lo directo sin subterfugios ni ambages, arrastrándonos por el camino a los mismos territorios agrestes y mentales que disfrutamos en novelas de, por ejemplo, Jack Ketchum o Richard Laymon, y en películas como Deliverance y mil y un survivals más. Agrego dos frases de Palacios: «Aquí nadie está a salvo. A excepción del lector, a salvo siempre del aburrimiento, la corrección política y la tontería sentimental que reinan por ahí». Amén.

La novela se integra a la perfección en ese subgénero tan satisfactorio que es el de las historias de supervivencia, sí, pero lejos de recurrir al efectismo, se toma su tiempo en alimentar la situación bocado a bocado hasta que rebosa y es escupida a la propia cara del lector. Cuando uno entra en el juego de Rodolfo Santullo, es capaz de disfrutar esa atmósfera que se va cargando de elementos amenazantes que a veces aparecen en segundo plano y otras, las más, se pasean ante nuestros ojos con todo el descaro del mundo. No siempre encontramos autores que sepan dosificar la tensión en su justa medida; por suerte, aquí tenemos el ejemplo de cómo hacerlo a la perfección.

Por mencionar algo medianamente criticable, diría que el trío protagonista se queda algo cojo en cuanto a su dibujo de personaje. El autor trata de darle un pequeño trasfondo a cada uno de sus personajes, aunque da la sensación de quedarse a medio camino. Dicho esto, estoy convencido de que el lector de este tipo de obra no necesita mucho más. Lo importante se halla en la agitación nerviosa que experimentará quien se meta de lleno en la historia, y en ese sentido vamos bien servidos.

Si bien toda la novela es fácilmente imaginable como película (no en vano, Santullo es guionista y esa faceta suya se manifiesta en la obra con claridad), es durante el tramo de desenlace donde la sensorialidad y lo visual se abrazan para regalarnos una serie de secuencias inolvidables. El autor, de nuevo, se contiene si la escena lo requiere, pero sabe cuándo llega el momento de soltar a los perros e ir con todo. Nosotros, como lectores, solo podemos absorber la tensión creciente y dejarnos llevar hasta el muy disfrutable final de la novela. 

El arranque de la colección Saturnalia, inaugurada con El otro, nos ha regalado un contraste fascinante. Caza y pesca es breve, contundente y muy eficaz. Tanto, que se queda en la memoria como esos restos de carne que se incrustan entre los dientes y se resisten a ser extraídos. Estoy deseando ver la adaptación que, según se nos informa en el prólogo, se estrenará en 2027. Y eso es culpa del componente adictivo que Santullo imprime a la obra. Y de su alta tensión. Y del hedor a muerte. Y, por supuesto, de la violencia descarnada.

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