Título: El Otro
Autor: Eduardo Zamacois
Editorial: Pez de Plata
Nº de páginas: 320
Género: Terror
Precio: 21,90 €
SINOPSIS
Madrid, principios del siglo XX. Juan Enrique Halderg, barón de Nhorres, se enamora de Adelina, esposa del doctor Riaza, quien día y noche la tortura en el sanatorio donde viven como castigo por su propia impotencia sexual. Los amantes no tardan en planear la muerte «accidental» del doctor. Es el crimen perfecto. Pero no contaban con el retorno de «el Otro». El espectro de Riaza pasa de ser en un principio una presencia invisible a invadir las noches de su viuda, sometiéndola a todo tipo de placeres sexuales y enturbiando la relación de los aterrorizados amantes. Sucesos siniestros e inexplicables los acosan, transformándose el difunto en una obsesión para Nhorres y Adelina, atrapados en una red de misterios que no saben si achacar a su conciencia culpable o a encontrarse realmente bajo la voluntad del muerto, decidido a cobrarse su venganza.
RESEÑA
Hace nada, referencié aquí al escritor japonés Ryū Murakami como gran representante de la literatura perversa contemporánea. Todos sabemos que las emociones son universales y bien conocidas desde el inicio de los tiempos, lo que nos debería llevar a pensar que cualquier obra que actualmente sea considerada moderna o rompedora tiene su origen, en realidad, en épocas pretéritas. En España, este país que tiende a menospreciar y enterrar toda obra u autor empeñado en quebrar normas sociales o estilísticas, contamos con multitud de ejemplos de escritores que cultivaron la perversidad literaria con gran tino. Gracias a estudiosos como Jesús Palacios, hoy podemos hablar de El Otro, novela de Eduardo Zamacois que se internaba en vericuetos transgresores allá por 1910, y que supone la cabeza de lanza de la novísima colección Saturnalia, publicada por Pez de Plata.
El Otro resulta audaz en su planteamiento: Adelina y el doctor Riaza, matrimonio que vive ¡en un sanatorio!, sufren en la intimidad la impotencia de Riaza. Este, frustrado, solo parece encontrar solaz en la tortura continuada de su esposa. Juan Enrique Halderg, un aristócrata, se enamora de Adelina y, junto a ella, decide asesinar al doctor. Tras el crimen, una presencia aparentemente sobrenatural los acosará hasta alterar sus vidas.
La audacia de Zamacois viene dada por varios aspectos. El primero es su atrevimiento en cuanto a la incorporación de numerosas escenas eróticas. Que nadie espere algo sumamente explícito; se trata de escenas tratadas con cierta elegancia y un tanto cándidas si las vemos con una mirada actual. Como otros de los elementos de la obra, debemos leerlos tratando de contextualizar la época en la que fue escrita. Otro de los puntos vanguardistas es el aire de surrealismo, a veces buñueliano y a veces cercano a Kafka, con que Zamacois ambienta la novela. Esto entronca con la perenne ambigüedad que muestra la trama y que el propio autor reconoce en unas notas incluidas al final del volumen: el lector asistirá a una serie de pasajes presuntamente sobrenaturales, pero siempre quedará la duda de si lo narrado no corresponde a una mera sugestión de los protagonistas.
Si bien Zamacois utiliza un lenguaje culto que a ratos contrasta con lo que se narra, es innegable la querencia del autor por buscar el miedo —nuevamente, hemos de entender ese miedo poniéndonos en el contexto de la época— a través de lo sensorial, aunque a veces resulta más cercano al pulp desvergonzado. Sea como sea, resulta muy interesante realizar dicho ejercicio de contextualización. Si lo llevamos a cabo, nos percataremos de que Zamacois trufa su novela con temáticas tan tabú en su época como relevantes ahora mismo, pues no titubea a la hora de hablar del aborto, de la impotencia sexual —tema catalizador de la novela— o la misoginia.
La víctima quiso huir, abalanzarse a la ventana y pedir socorro; el médico no le dio tiempo y asobarcándola rudamente, la sofaldó y comenzó a azotarla. Los dedos rígidos, duros, de su mano crispada, implacable como una disciplina, acardenalaban sañudos la carne blanca; la epidermis, de suavidades séricas, se veteaba de rojo. Adelina, implorante y acobardada como una niña, repetía:
—Ya es bastante, Alberto… Ya es bastante. Yo haré lo que tú quieras…
Vamos con la perversidad. La trama detalla cómo el Otro posee a Adelina todas las noches en sueños, inmerso en un frenesí sexual que ella disfruta cada vez más. Aquí el espectro funciona como la liberación sexual definitiva e incluso como sustituto del hombre, incapaz de satisfacer física y románticamente a su esposa. Si esto parece poco, además se entiende el sadismo como única forma de redención, quizá como única cura a la imposibilidad lúbrica, independientemente de que ello destruya a la pareja. Planteamientos audaces, como decía, pero también provocativos, sin duda.
Si estos puntos no fueran suficientes para llamar la atención, tenemos además un componente de enfrentamiento intelectual entre ciencia y creencia a la manera en que lo encontrábamos en La casa y el cerebro de Edward Bulwer-Lytton. Todo ello se traduce en un interesante estudio de la sugestión y la psicología humana a través del elemento fantástico.
Como es lógico, la novela no impacta como lo hizo en su época de publicación original. Han pasado demasiados años y el mundo no es el mismo, los escritores ya no escriben como se hacía entonces. Algunas de sus escenas, leídas en estos tiempos tan sensibles, corren el riesgo de caer en sugerencias que hoy se consideran intolerables. Esto, que a priori podría pesar como aspecto negativo, se convertirá en una parte de esencial de su «encanto» para quien sepa leer con la suficiente apertura mental.
Sin duda, hay algo de deleite sobrenatural en la lectura de novelas como El Otro. Tal que si se tratara de un ejercicio de hipnotismo o mediumnidad, la literatura de Zamacois nos traslada a un siglo atrás, en un experimento de viaje temporal fascinante. Como sucede cuando leemos Drácula o Frankenstein, asistimos en esta lectura al descubrimiento de los pioneros que dieron forma a la literatura de género posterior. Y eso, amigos, no tiene precio.
El empeño de Jesús Palacios por rescatar estas joyas olvidadas de nuestra literatura se antoja tan encomiable como repleto de dificultades. Desde aquí aplaudimos esta iniciativa y esperamos con ganas la siguiente entrega de la colección Saturnalia.

José Luis Pascual
Administrador
