Título: DOM
Autor: Adrián Desiderato
Editorial: Pez de Plata
Nº de páginas: 320
Género: Narrativa contemporánea
Precio: 21,90 €
SINOPSIS
La estación soviética DOM pierde la comunicación con la Tierra y queda a la deriva en algún confín de la Vía Láctea. De los miembros de la tripulación que iniciaron el viaje desde Baikonur, sólo el astrofísico Viacheslav sobrevive. El tiempo transcurre inexorable (es lo único que tiene el astronauta perdido) y la esperanza de volver a casa se desvanece. Viacheslav se aferra a la idea de regresar a su amada Unión Soviética y abrazar de nuevo a su familia, que le espera en Moscú. Pero mientras observa ese universo inexpresivo e inútil a través de las escotillas de DOM y reflexiona sobre toda una era cultural, científica y tecnológica, su patria se desintegra. Viacheslav se convierte, sin saberlo, en el último soviético. Ahora DOM es su hogar y el último bastión de la URSS.
RESEÑA
En cierta ocasión, Stanley Kubrick afirmó lo siguiente:
«Si el hombre simplemente se sentara y pensara en su fin inmediato y en su horrible insignificancia y soledad en el cosmos, seguramente se volvería loco, o sucumbiría a un entumecedor o soporífero sentido de inutilidad».
La reflexión del director tiene miga, y estoy seguro de que la mayoría de nosotros, si no todos, la comparte. Colocarse frente a la inmensidad y reconocer la propia insignificancia es un acto de honestidad y de apertura de mente que debería situarnos en un estado de paz. Serguéi Konstantínovich Krikaliov fue un cosmonauta ruso que tuvo la oportunidad de realizar este ejercicio al quedar «varado» en la órbita terrestre durante 311 días. La desestructuración acelerada de la Unión Soviética provocó que Krikaliov resultase «olvidado» y su rescate pospuesto hasta encontrar el mejor momento. Cuando, finalmente, aterrizó, su patria como tal había dejado de existir. Es por ello que se le conoce como «el último soviético». El escritor argentino Adrián Desiderato se agarró a este suceso para tramar su gran novela, DOM.
Desiderato no se limita a narrar la deriva de su protagonista, igualmente perdido y abandonado en el cosmos; de hecho, las similitudes con el caso de Krikaliov se quedan en la premisa. Lo que hace el autor es plantear la voz de su personaje como una reliquia en forma de audios recuperados de la estación DOM (palabra, por cierto, que significa «casa» en ruso). Y ahí encuentra el escritor su filón. La voz de Viacheslav, el protagonista absoluto, es literaria, profunda, humana. Lo es porque en sus soliloquios demuestra amar la filosofía, la música, el arte. También ama su patria, la madre Rusia, y esto queda patente en sus preguntas y en su manera de expresarse. Tan es así, que a menudo da la sensación de que, en lugar de describir el cosmos, está describiendo a su país. Esto me parece una gran virtud, ya que dota al texto de una segunda lectura oculta.
Además, el personaje no es redondo, sino que se contradice a veces, lo cual, lejos de presentar un problema, le otorga una mayor dimensión humana. Su mirada al cosmos o a sus compañeros de expedición muertos esconde un poso poético, aunque no carece de un punto de humor negro. En su punto de mira, casi de manera perpetua, aparecen su mujer, Viétnika, y su hijo, Aliosha. A ellos dirige la mayor parte de sus pensamientos y esto no es banal. La novela, cuando uno la examina desde arriba, conforma un universo cuyas fuerzas motrices se destinan a encontrar la mejor manera de despedirse de los seres amados. No importa cuán extensa sea la órbita digresiva, en el centro siempre están aquellos por los que continuamos respirando. Decirles adiós es hallar palabras que no existen.
En la progresiva desvinculación del narrador con todo lo que le hace ser humano se incluye una extensa carta de amor al arte, encabezado por la música de Bach, la voz de Alfredo Kraus o el visionado de El séptimo sello. También se dirige a veces el monólogo a grandes científicos, como Alfred Wegener, descubridor de las placas tectónicas, o el mismísimo Stephen Hawking. Lo interesante de estos soliloquios es cómo Desiderato utiliza estas figuras para poetizar sobre ellas, para trazar caminos invisibles desde el cosmos hasta el corazón terrestre. El dominio de la metáfora corresponde más a ese campo poético que al narrativo, pero aquí injertado funciona a las mil maravillas.
En realidad, DOM es el hombre gritándole al destino. En su alarido agónico, solicita una prórroga que le permita volver a escuchar la voz de su amada, salir a pescar con su hijo, jugar a las cartas con sus amigos o sentir otra vez el frío de un copo de nieve sobre la piel. ¿No es lo que pediríamos todos? En lugar de plasmar todas esas verdades en un diario, es el propio diario el que escribe al personaje, que somos nosotros. Esa es la universalidad de esta novela que, si bien no me atrevería a recomendar a un lector poco hecho a los experimentos, merece sin duda ser reconocida como uno de esos hitos que conectan con su público de un modo abrumador. Además, conozco la historia que llevó al editor de Pez de Plata a perseguir esta obra con el empeño de quien se embarca en una misión a vida o muerte. Eso, sin embargo, pertenece a otro diario.
«Terrible haber nacido para estrella y no encontrar la forma de encenderse».

José Luis Pascual
Administrador
