Título: Glifo
Autor: Percival Everett
Traductores: Cristina Gutierrez Valencia, Javier García Rodríguez
Editorial: Eolas Ediciones
Nº de páginas: 340
Género: Narrativa experimental
Precio: 22 €
SINOPSIS
Ralph es un genio incontinente. En todos los sentidos, menos el verbal, porque Ralph se niega a hablar. Aunque todavía es un bebé, lee los libros más complejos de cualquier materia y escribe, además de su propia historia, alucinantes y alucinatorias reflexiones sobre el lenguaje… y todo lo demás. El thriller disparatado que es la narración de sus sucesivos secuestros se entrevera con diálogos, citas, fórmulas, canciones o poemas, a cada cual más desconcertante. Vamos topándonos en el viaje accidentado de Ralph con excéntricos y alocados personajes cuyas intenciones iremos desvelando con el pequeño protagonista. Todo ello forma un jeroglífico hilarante con el que el genio que también es Percival Everett reta a nuestra inteligencia y los límites del humor a través del lenguaje.
RESEÑA
Esta obra —a la que no voy a llamar novela— cae en mis manos en el momento más oportuno, o inoportuno, o loco, o surrealista. Cuando el escritor sucumbía ante el ahogo de la rutina, cuando la realidad mordisquea el pensamiento. Un significado vacuo gritó en la oscuridad. El arte como forma de expresión, de no-expresión. El espanto de la forma. Ensayo de una disección.
¿Para qué nos expresamos los artistas? Para romper, copiar, interpretar o continuar con una línea, la cual transformamos. El arte cambia el pasado y crea uno nuevo. ¿De qué serviría si fuese de otro modo? De nada. En Glifo lo mediocre se queda atrás y obliga al lector a disociar dentro del contexto. Escarbar en el significante se convierte en tabú.
El hecho de que no entendáis lo que intento decir le otorga un crédito especial a esta especie de reseña. Se trata de pasarlo mal. De cuestionarse esa identidad que nos regaló la sociedad. Hipoteca global, más bien.
En estos tiempos de arte fugaz y audiovisual la literatura sufre, suda, sangra, agoniza en la orilla de librerías y plataformas digitales. Todo es una copia barata de algo que no consigue evolucionar. El dichoso fandom, el mainstream. La venta ilícita de parcelas pertenecientes al underground desvirtúa el propio significado. Los pocos que consiguen asomar la cabeza de un modo real se van convirtiendo en títeres. ¿Existe la salvación? Por supuesto. Lo auténtico reflota. Solo hay que sentarse a leer y rebuscar. Entonces encuentras el punto de rotura, la senda, el nuevo movimiento. No escribimos para que los intelectuales se froten las manos, lo hacemos para reeducarlos.
En Glifo, Percival Everett nos acuchilla con una novela radicalmente experimental, juguetona y crítica con la idea misma de narrar. Es un libro que desmonta expectativas y convierte la lectura en un laboratorio de lenguaje, identidad y humor intelectual. El propio narrador es un bebé prodigio capaz de leer y escribir antes de hablar. La propia inteligencia del niño le sirve al autor para explorar. A partir de ahí abre varios frentes. La naturaleza del lenguaje: cómo se construye, interpreta y manipula. La arbitrariedad de los signos: el glifo como símbolo que no significa nada, o todo, según quién lo mire. La sátira del mundo académico: lingüistas, críticos y filósofos salen cariturizados, obsesionados con descifrar un manuscrito que quizá no tenga nada que ofrecer. Y por encima de todo, el juego formal: capítulos que cambian de estilo, ensayos dentro de la obra, listas, diagramas, parodias de papers y un humor que roza lo absurdo.
Glifo habla:
En mi propio análisis de mi obra, si una cosa puede en efecto ser un análisis de sí misma, podría dividir el significante, que en este caso no soy yo, sino el texto mismo, y seguir el análisis mientras sigo el texto, estando el texto material compuesto de unidades y subunidades, lexías y sublexías, mis secciones designadas por letras mayúsculas y las subsecciones por títulos e incluso cualquier unidad numerada en ellas, hasta llegar a las oraciones, las palabras, las letras, lo que uno podría llamar unidades de lectura (cuando uno no tiene nada mejor que hacer). ¿Es arbitraria la división y, si es así, lo es igualmente alguno de los significados y por tanto sin implicaciones significativas más allá de aquellas especificadas por el significante indiviso que plantea solo problemas evidentes?
Con este pedazo de texto me hago preguntas propias. Podría denominarme crítico, aunque es complejo, principalmente porque no gano nada y me tratan de tío raro, nunca de erudito o sabio —mejor así—. No trabajo para el New York Times ni nada por el estilo, pero me siento bien. Vivo en un barrio obrero donde las sirenas de policía son la BSO. Para hacer esto de escribir y recomendar libros y fabricar novelas y bucear entre letras y conceptos, para todo esto hay que buscar la oquedad, arañarle segundos a Cronos y esperar a que esa chispa de inspiración te sople los pómulos y sonría, eso sin hablar del sacrificio emocional y el análisis de lecturas como Glifo. Se trata de arroparse de momentos y compaginar. Porque lo gordo es la familia. El caos. El maldito equilibrio. A fin de cuentas, esto lo hacemos por amor al arte. Y aquí entra el pedacito de obra seleccionado. Me apasiona sentirme identificado con este hombre y su fragmento metatextual, paródico, sobre la crítica literaria y el análisis estructural. Se burla de esa obsesión por diseccionar el texto hasta la mínima unidad, como si así pudiéramos atrapar su verdadero sentido. Se mofa de esos críticos que no pudieron ser escritores y ahogan sus penas con un bisturí capaz de diseccionar el significante.
La lectura de Glifo y el lapso vital de absoluta locura surrealista en el que me hallo. Todo junto ha sido como una especie de revelación. Con ese núcleo marcado por la familia y la crítica literaria. Al final va a ser cierto eso de que todo es una gran mentira, puro teatro. ¿Por qué digo esto? La narración atraviesa aspectos, aristas, mapas existenciales. Es un contrapunto constante. Como un alfiler que traspasa las relaciones íntimas y rompe ese lazo afectivo hasta destruirlo por completo. Familia igual a sociedad, sociedad igual a individuo, individuo igual a pensamiento global.
Un paseo a través del arte y la rotura de conceptos. ¿Por qué los autores actuales se quedan en el arcén de lo mediocre? Percival crea un personaje sin prejuicios. Los niños siempre dicen la verdad, ¿no? Pues no. Son las personas más subjetivas del planeta Tierra. De este modo, el autor nos lleva a pensar en infinidad de aspectos de nuestra cultura. Lo insustancial, lo absurdo.
Percival habla de significado y significante mientras que el narrador se salta todo tipo de normas. Dónde, cómo, por qué.
¿Qué percibimos realmente cuando leemos? ¿Puede un bebé superdotado escribir y leer y comprender mejor que un adulto? De ser así, tampoco sería algo excepcional. ¿Sabes leer?
Venga, hasta luego, me voy a comer.

Daniel Aragonés
Redactor
