Ritual Román 93: Niño pez

por Román Sanz Mouta

Título: Niño pez

Autor: Mark Richard

Editorial: Dirty Works

Nº páginas: 184

Género: Cuento seudonírico de fantasmas, piratas y fabulaciones

Precio: 22,40€ 

A Niño Pez lo abandonaron a su suerte en un pantano, cerca del mar, y desde entonces vive en una caja de cartón. Trabaja en la lonja, al servicio de las burdas mujeronas del puerto, entre carcasas de crustáceos desbullados y restos de pescado podrido.

Su vida da un vuelco el día en que, creyendo haber cometido un crimen, se ve forzado a embarcar de polizón en un barco de arrastre tripulado por un delirante hatajo de freaks y renegados: John, un gigantón que lleva tatuadas las cartas náuticas que le ayudarán a reencontrarse con su escurridiza amante; el señor Watt, el sabio y repulsivo timonel, viscoso y supurante, nacido con todo lo de dentro fuera; Lonny, aficionado a las hachas y a descalabrar cocineros; Ira Dench, un tipo de lo más agorero que ve venir cada dos por tres la ola gigante que pondrá fin a sus desvelos; el Jefe de Máquinas Harold el Negro, una suerte de enigmático Vulcano, con sus fieles esbirros de las calderas; una pareja de fugitivos engrilletados que se pasan todo el día conspirando y pisándose al hablar; el impertérrito cadáver descompuesto del sheriff que los apresó; un idiota de tomo y lomo, un cocinero inepto (y, para mayor escarnio, poeta) y un llorica que, por lo que sea, solo sabe decir «mierda».

En una travesía repleta de fantasmas, tempestades, barcos naufragados y monstruos abisales, Niño Pez tratará de expiar su culpa y llegar a su destino de una pieza.

 

RITUAL

Una novela que ya me impactó por su presentación, por su aspecto y formato, por que parece traída desde una leyenda antigua y por lo que me evoca. Seducción inducida. Y no tarda en confirmar las expectativas, pues la primera página apabulla, te desmonta provocando una salivación de placer horrendo por todo lo que vendrá después.

Nos cuenta la historia de Niño Pez, un crío desvalido, abandonado, buscavidas, huérfano del mundo, a medio camino entre un ser humano y un profundo, o al menos esa es la perspectiva que se nos ofrece, con unas descripciones tremebundas de cada personaje que nos enfocan en una y otra dirección hasta que descubramos (o decidamos) nuestra propia verdad. Ese Niño Pez, pobre, humilde, trabajador, determinado, espera todas las mañanas la llegada del desvencijado autobús para faenar lo que las negras, sus ocupantes, le ordenen en una suerte de lonja, pues Niño Pez es propiedad de una de ellas. Pero Niño Pez sueña alto y lejos, sueña con marcharse, sueña con el barco, no cualquier barco, sino El Barco que lo lleve allende de ese espantoso lugar. Es entonces cuando aparece John, otro personaje inesperado (lo serán todos en su extravagancia e informidades), siniestro, cubierto de tatuajes mapa, que arrebata al Niño Pez lo poco que tiene en su reducto cuasi secreto, que le prohíbe ir con él, que parece el Capitán de un pecio de escasa tripulación; desalmados que se enfrentan a las negras por la lonja, por respeto, por las escasas propiedades o comida que albergan. Una guerra pequeña, pero guerra, al fin y al cabo, la cual acaba en sangriento desenlace. A partir de ahí, Niño Pez decide que embarcará con ellos, pese al miedo que le producen y a la negativa de John. Porque Niño Pez ya se veía muerto, se sentía como tal a cada paso que daba durante toda su existencia penosa, y esa condición le otorga un valor que ni él mismo conoce. Así polizona el barco, o quizá lo recojan con sus redes (las importantes redes, vitales), apadrinado bajo el auspicio del señor Watt (el desollado), protegiéndose de Lonny (enigmático y cruel), acompañado de los nuevos tripulantes que suponen el Idiota o los prisioneros encadenados, más veteranos como El Llorica de mierda, el supersticioso en lo negativo Ira Dench, y el maquinista Harold el Negro (junto al Lacayo de Fuego y al Macaco de las Calderas, y sí, los nombres importan, tienen su eco). Sumado a esta caterva, no puede Niño Pez sino correr aventuras dantescas o, quizá, y solo quizá, las aventuras vengan a él, de acción y de verbo.

Lo grandioso de esta historia, enrevesada, cuasi pirata dentro de la modernidad (y recordemos que los piratas no son los seres románticos de las películas, más bien se trata de criminales y asesinos sin escrúpulos que no dudan en traicionar incluso a los suyos y dejan huella a base de cadáveres, sin piedad conocida), es la manera de contarla, los constructos, bofetada tras bofetada narrativa al lector (y sí, supone mi debilidad, tras más de noventa rituales lo sabéis bien), sin una frase o párrafo de aburrimiento, pues algo restalla a la vista o a los sentidos: una expresión, una combinación, un significado novedoso, dos frases cruzadas, un aviso que es bomba de retardo y explotará páginas más adelante (aunque esa intensidad sufra de algunos altibajos, pues debe resultar imposible la sorpresa o el impacto continuo, sobre todo sufriendo en comparación al arranque de voraz literatura). Junto con algo vital que convierte la lectura en un todo: la sonoridad, el cómo reverbera el texto en la psique.

Y más, la amalgama de personajes extraños, retorcidos, mutantes, sacados de las profundidades de algún abismo nefasto, ya fuese la mar, una celda o el mismo infierno. Y no solo por sus deformidades o aspectos alejados de lo cotidiano (no entraremos en el juego de; lo normal es la mayoría), tan cercanos a Niño Pez, tan diferentes. Crueldades, falta de humanidad (aunque humanidad tienen para consigo mismos, y quizá eso los une en objetivos dispares). Weird. Navegando en una bruma sinfín pese a que busquen con ahínco, entre la climatología enemiga de tempestades y olas gigantes, los tiburones de todo tipo y esa red que parece una vela inversa, cargada, moviendo el barco, un barco sin nombre en lo que a nosotres respecta. Buscándola a ella.   

El crisol de la novela de Niño Pez, en mi ignorante opinión y aparte de su trama principal (las relaciones entre estos personajes, el periplo del protagonista, su encuentros y desencuentros y supervivencias, hasta dónde llegarán y cómo, hasta cuándo se soportarán…), la suponen esas intrahistorias que los tripulantes se narran entre sí (y que tienen al Niño Pez como oyente ejemplar); historias de sus orígenes, anécdotas, crímenes, lo que los une, lo que los marcó para convertirse en lo que son y acabar aquí, en este pecio, con Niño Pez, el niño maldito. Auténticas fábulas, mitologías instantáneas disfrutables y raíz misma de la obra (aunque por ello, queda algo hueco ese argumento principal, sin que sea óbice para el disfrute). Porque quizá este sea el viaje a ninguna parte, y eso puede arrebatarle algo de condimento al desenlace, pero permite paladear la experiencia de todas esas parábolas.  

Mark Richard sabe lo que escribe y también para quién lo escribe, porque esta obra (de talante experimental, aunque no sea precisamente novato el autor ni su estilo suponga algo nuevo en su repertorio) alejará a aquellos que no busquen retos o desafíos. Sin embargo, para el que guste de la exigencia, de la inmersión, de probar cosas nuevas, diferentes de la narración convencional (aunque el vocabulario no es elevado, sí lo supone la manera en que se utiliza), del gozo delirante de voces que nos provocan y nos despiertan sensaciones, por funestas que sean, tiene aquí otro pequeño tesoro. De gourmets. Acabarás siendo amigo de Niño Pez, por empatía, por lo que guarda dentro. Y recordarás su periplo. Confía en mí.

 

Pd: la vida pirata es la vida mejor, sin trabajar, sin estudiar, ooohhhh, ¡la botella de ron!

Pd II: Vas a aprender un rato largo sobre cocina…

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