Título: Esperando a Godot
Autor: Samuel Beckett
Traductora: Ana María Moix
Editorial: Austral
Nº de páginas: 128
Género: Teatro
Precio: 10,95 €
SINOPSIS
Cuando en 1953 se estrenó en París Esperando a Godot, pocos sabían quién era Samuel Beckett, salvo, quizá, los que ya lo conocías como ex secretario de otro irlandés no menos genial: James Joyce. Por aquellas fechas, Beckett tenía escrita ya gran parte de su obra literaria; sin embargo, para muchos pasó a ser «el autor de Esperando a Godot». Se dice que, desde aquella primera puesta en escena —que causó estupefacción y obtuvo tanto éxito— hasta nuestros días, no ha habido año en que, en algún lugar del planeta, no se haya representado Esperando a Godot. El propio Beckett comentó en cierta ocasión, poco después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1969, que Esperando a Godotera una obra «horriblemente cómica». Sí, todo lo horriblemente cómica que puede resultar la situación de dos seres cuya grotesca vida se funda en la vana espera de ese ser al que llaman Godot.
RESEÑA
A veces le toca a uno tomar decisiones y enfrentarse al destino. Es lo más difícil de todo, y estoy seguro de que cualquier persona que me esté leyendo estará de acuerdo. Vivimos tiempos difíciles y tenemos un problema adicional que nos impide actuar con la diligencia necesaria: nos hemos acostumbrado a la inacción. La pereza, la comodidad y, ante todo, el miedo, han ejercitado un condicionamiento muy dirigido sobre nosotros. El resultado: vemos los problemas, oímos los conflictos, olemos el fuego y, sin embargo, no hacemos nada. Hace ya casi 75 años desde que Samuel Beckett anticipó nuestra época en un texto teatral.
Esperando a Godot tiene tanto de universal y simbólico como de extraño, y quizá por eso funciona de un modo tan perfecto. Cantaba Bob Dylan en Ballad of a Thin Man aquello de «something is happening here and you don’t know what it is» (algo está pasando aquí y no sabes lo que es), frase que podría aplicarse fielmente a la obra de Samuel Beckett. En cambio, la grandeza del texto es adentrarnos en su peculiar vaivén para, poco a poco, dejarnos participar y pronunciar las líneas de los personajes. Desde aquí te pregunto, lector: ¿cuáles son tus frases? ¿Las del incómodo y pesimista Estragon? ¿Las de Vladimir, que parece conocer siempre algo más que el resto? ¿O quizá las del desconcertante y cambiante Pozzo?
Quizá no importa, pero en realidad sí. Soy consciente de que no es sencillo formar parte de la obra, pero debemos hacerlo. En Esperando a Godot se encuentra toda nuestra historia, así como el porvenir. ¿Cómo nos enfrentamos a un texto así? ¿Acaso sirven, de nuevo, la indiferencia y el pasotismo? No, imposible. Beckett no nos lo permite.
Más allá de su sentido del humor absurdo, que en algunas ocasiones roza el slapstick y en otras la comicidad surrealista propia de los Monty Python (por mencionar referencias anteriores y posteriores a la obra), Esperando a Godot desprende una melancolía de postguerra, una resignación de fantasma. En tan pronunciado contraste encontramos otra de sus grandes virtudes. Incluso en el neblinoso limbo que propone Beckett hay espacio para la risa, y eso nos otorga esperanza.
Podemos estar ante la conversación de dos almas en pena, condenadas por sus pecados o simplemente por un bombardeo inesperado; tal vez Estragon y Vladimir solo sean viejas ideas tratando de entenderse, o tan solo representen la voz contradictoria que todos albergamos en nuestro interior. Da igual. Esperando a Godot trasciende y nos alcanza para que reflexionemos acerca de nuestra condición. Al menos eso nos concede, algo que sí somos capaces de hacer incluso dentro de nuestra parálisis permanente.

José Luis Pascual
Administrador

3 comentarios
Es una obra brutal. Me gustó mucho en su día. Compartimos opinión.
¡Me alegra eso!
[…] […]