ASTENIA: La vida que nace de la muerte

por José Luis Pascual

Título: Astenia

Guion: Andrés Tena

Dibujo: Andrés Tena

Editorial: Bang. Ediciones

Nº de páginas: 136

Precio: 20 €

El arte no entiende de crisis o pandemias, de épocas de bonanza y esplendor, de normalidades viejas y nuevas. El arte entiende de vida, muerte, deseo, impulso y necesidad. Necesidad de contar, de soltar, de explorar. De agarrarse a un cielo que ni siquiera vemos, a un mundo distinto. De sobrevolar el infierno sin prestarle atención, solo mirando hacia arriba. El arte trasciende.

Es inútil, y diría que irrelevante, tratar de discernir una trama en Astenia. Pero podemos hablar de un personaje de particular condición: una mujer simétrica, que arrebata la vida a todo aquello con lo que entra en contacto. Con el fin de evitarlo, sus ropas son una amalgama de bolsas de plástico con las que intenta proteger a sus víctimas, o al menos evitar que se produzca ese contacto. Un hombre, conocedor de tal situación, intenta acercarse a ella y ver los efectos de su influencia de primera mano.

Astenia es arte con mayúsculas, y al igual que otras grandes obras, necesita unos ojos con una sensibilidad especial para poder apreciar todos sus recovecos y misterios. Huelga decir que no estamos ante un cómic al uso, este portento es más bien arte cobrando forma de cómic. La mente y el talento de Andrés Tena se depositan en las páginas de Astenia, en cada una de sus viñetas, dejando un rastro que nos exhorta a seguir, aunque temo que sean pocos los que se atrevan a hacerlo. La obra de Tena requiere cierta predisposición a abrazar el síndrome de Stendhal, y el propio autor lo desvela en uno de los pasajes.

El raciocinio ha de quedar en un segundo plano, aunque no del todo descartado, para disfrutar esta obra. Porque debemos dejarnos llevar por el onirismo palpitante y el peculiar tono de color, dejarnos arrastrar por la corriente imparable de una narrativa que posee sus propios términos y condiciones. Creo que cualquier lector mínimamente curioso quedará abrumado ante la especial belleza de este cómic. El autor propone un recorrido impresionante que admite ecos de grabados japoneses y del más moderno manga, y los adapta a un estilo propio y original. El trazo limpio se distorsiona como lo hacen los sueños, y con él la historia va cobrando sus propias víctimas, los lectores, demasiado absortos ante tanta maravilla. Perderse en las líneas y los colores es obligatorio, pues es el camino para conectar con la historia.

Y es que la increíble sensorialidad de que hace gala Astenia no es baladí, pues forma y fondo se unen para conformar un universo de resonancias especiales. Y he hablado de historia, porque la hay. Tal vez deriva por recodos poco explorados, pero sin duda está ahí. Astenia habla de problemáticas importantes y lo hace anclándose en el individuo. La soledad a la que nos aboca nuestra sociedad, el miedo —una vez más— al otro, al distinto. También asoma cierto sentido de la responsabilidad medioambiental y el amor hacia la vida animal. Y la atracción hacia lo prohibido, lo desconocido. El morbo está presente de manera tanto subrepticia como explícita, dando de nuevo un toque muy especial a la obra. Y, por supuesto, la muerte. Pero la muerte como cambio, como demostración de que lo que creemos irreversible quizá no lo sea. Revelar que la vida nace de la muerte, y viceversa, podría ser la intención principal del autor.

Sumergirse en Astenia es cambiar la vida por el sueño, y vivir durante la lectura una experiencia nueva, plena de poética y cierto oscurantismo. La propia existencia de una obra así es un milagro que debemos celebrar por todo lo alto. El sentido último de toda narrativa debe ser aleccionar sobre nuevas formas de realidad, y hacernos partícipes de ellas. Astenia juega sus bazas sin miedo a perder, y solo así es como se tumban prejuicios y errores. Obra extraordinaria y merecedora de toda la atención.

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