Ritual Román 102: Solo los vivos perdonan

por Román Sanz Mouta

Título: Solo los vivos perdonan

Autor: Ismael Martínez Biurrun

Editorial: Aristas Martínez

Nº páginas: 320

Género: Thriller y aventura temporal arqueológica

Precio: 23€

Bajo la atenta mirada de los buitres, y tal vez guiados por alguna clase de destino, los pasos de Jordán tropiezan con unos huesos de prodigiosa antigüedad en mitad de un páramo: un hallazgo de valor incalculable y quizá su última oportunidad de saldar la deuda que lo mantiene atado a un pasado criminal. Al otro extremo de la culpa lo espera Iñigo, quien se descubre a los cuarenta años perdido en una vida gris y simulada, y se debate entre lidiar con los fantasmas de su memoria o encarar el abismo todavía más temible del presente; el mismo presente vertiginoso que hace eternas las noches de Olalla en el hospital, mientras su hijo se revuelve en la cama, agitado por sueños en los que deambula por la orilla entre la vida y la muerte.

En la frontera del thriller, el drama y el fantástico, Solo los vivos perdonan es una novela de vidas cruzadas envuelta en una atmósfera inquietante que reflexiona sobre nuestras heridas invisibles, la soledad y el mecanismo imperfecto del perdón.

 

RITUAL

In medias res; el cebo es maravilloso, una reliquia fósil de algo improbable, fuera del tiempo, especulado. Una prueba de la evolución de la vida en la tierra. Alrededor de este evento, la caterva de personajes vinculados entre ellos sin que lo recuerden (porque saberlo lo saben) poseedores de un muestrario que expone todas las emociones humanas, positivas y negativas (emociones que unes buscan y de las que otres escapan), pero que además también reflejan las formas de la soledad, la erosión de los años en una persona o el peso que le otorgamos a cada carga. Porque la soledad elegida es un tesoro, pero la soledad impuesta puede convertirse en una lacra insoportable. Deja la lectura un poso de tiempo bajo el prisma personal de cada protagonista junto a vidas cruzadas pero no sincronizadas. 

Los personajes, Olalla, esa mujer y madre de hijo hiperimaginativo, Antón, enfrentada consigo misma, con lo que iba a ser y lo que es, con lo que no debiera estar sucediendo, la enfermedad de su pequeño. Pues Antón es la clave de la novela junto a Tea, y con quien más he logrado conectar y que a la vez se conecta a todo y todos (eso, si supera la operación con riesgo de muerte a su corta edad). Iñigo, el paleontólogo descastado y padre ausente sin anhelo, que se embarcó en el periplo del fósil por obligación, sin nada que perder, sin casi nada que ganar, porque la vida solo pasa a su alrededor evitando rozarlo, quizá ignorándolo a sabiendas. Con el hombre de la coleta, el de los secretos, el descubridor del fósil, Jordán, a la caza de una expiación que no alcanza ni quizá comprenda, pero su objetivo es claro, y lo va a conseguir a cualquier costa. Y Tea, la adolescente etérea, quien aparece y desaparece. Que fluye…

A partir de aquí, y sobre el flujo del presente, visitaremos pasados concretos, cercanos y lejanos en eones. Un pasado de terror que siempre retorna al presente, en ese caso como programa de televisión interesado, con Iñigo como víctima y títere propiciatorio. Un pasado antediluviano que se abre camino, porque todo lo que fue continúa bajo nuestros pies, en la memoria de la tierra.

Un momento, Roman, ¿sobre qué hablas?

Ah, sí, la novela, cierto. ¡A ello!   

¿Sinopsis? Iñigo se hizo famoso de niño por un testimonio tras la muerte en atentado terrorista de un compañero de clase. Ahora es paleontólogo, con una mejor amiga que tuvo a su hijo no deseado como favor, con un penitente que acude a él en busca de perdón y a cambio le ofrece el descubrimiento prehistórico más importante en evos. Con un orador mesiánico que provecha aquel suceso de antaño para enfervorizar su programa a costa de Iñigo dentro de la telebasura-sensacionalista. Ese descubrimiento, aquel atentando, afecta, afectó y afectará a los implicados de forma anómala, deviniendo en sueños, obsesiones y sacrificios, todo en torno al cruento crimen, de secuelas inesperadas por unos vínculos no intuidos. Eso, y Tea.

Ojo, la novela y el autor juegan a ocultarnos o confundirnos con el género (recordemos que los mal llamados géneros no existen; todo es literatura, y aquí, de la buena), pues abarca muchos, cimentados sobre la semilla de un crimen, lo que ocurrió y las decisiones que ciertas personas tomaron sin conocerse afectadas por el mismo.

La alternancia de los capítulos cortos para cada cual de los diferentes personajes, aunque estos acaben por entrecruzarse de forma irremediable, aporta vitalidad y agilidad a la obra, provocando el enganche, ese leer un capítulo más, mérito de la buena prosa, de las buenas tramas y subtramas, y de ese ritmo episódico (algo que deberían aprender, pues la literatura ha cambiado en tempo, y es complicado concebir capítulos interminables o párrafos abisales que no permiten la respiración; códigos nuevos, viejas historias). La cadencia y la manera en que se engulle la convierten en más apetecible.

Al final es la historia de un niño que no sufrió un atentado, pero que sí estuvo en el foco de manera colateral, y las consecuencias que para él y otres, relacionados indirecta y directamente, ha tenido ese suceso, con forma de onda que se mueve en el tiempo hacia detrás y hacia delante. De ese niño transformado en hombre, de su hijo no deseado y su madre, de otra joven enigmática, de un criminal. Sobre la culpa y el perdón como catarsis. Sobre actos y consecuencias. Culpa, odio, venganza, miedo, pereza, oportunismo, los condicionantes humanos que sacan lo mejor y peor de nosotros mismos, valores puestos en balanza, en cuestión. La transformación debido a un suceso.  Porque la culpa crea fantasmas, fantasmas de odio, fantasmas de vergüenza, fantasmas de violencia; fantasmas más o menos tangibles según la cabeza de cada quien que retornan una y otra vez si dejamos la puerta abierta. De nuevo, actos y consecuencias.

Pero también habla de la evolución natural y humana, imparable, ambiciosa, hasta llegar a este estado de seres estancados, imperfectos, egoístas, acomodados, vilipendiantes. ¿Dónde está la evolución ahora y por qué no nos pone en nuestro lugar, por qué no nos cambia, por qué no nos extingue, por qué no nos lleva a un lugar mejor, a otro estadio? ¿Dónde está la naturaleza y dónde la evolución? ¿Acaso también la hemos matado? ¿Puede la obsesión por el pasado eclipsar el presente? ¿La obsesión por el futuro bloquear el presente y olvidar el pasado? ¿La obsesión por el presente fagocitar al pasado y futuro? Obsesión por el tiempo malsano (¿Deliro?, no).

¿El enigma? Tea. Un nexo entre los tiempos que aparece allí donde se la necesita, sea el atentado, en el onírico, en nuestros días, puede que hasta en el pasado prehistórico; multiubicua y atemporal. Porque todo es cíclico, hasta los vínculos con el monstruo; el fósil, heredado de padre a hijo o de hijo a padre.

En resumen, que ya vamos largo y lo importante es plantar el germen para que decidáis si os atrae este manuscrito casi místico, surrealista, que combina elementos de ciento géneros en una fusión sugerente, además de engancharte a sus páginas que trascurren raudas. Con un desenlace de intriga y que cambia el paso del lector o lectora generando debate, especulación, de concreción poco concreta; ya veréis…

Me ha encantado la novela, estilo, forma y fondo. Prosa y argumento. Hay una licencia de realismo mágico que autor y lectora deben compartir, que debemos comprar para que las piezas encajen; lo real, lo mental, el trauma, la fantasía, la disociación, todo. La novela se compromete y consigue que tú te comprometas con ella, ya que te corresponde, gracias al talento de Ismael Martínez Biurrun. Recomendable para cualquier tipo de consumidor, lo garantizo. Porque solo los vivos perdonan, los muertos, ni perdonan, ni leen. ¡A ello!

 

Pd: vaya viaje, por momentos, incluso lisérgico… Casi creo ver a Tea en alguno de mis paseos…

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