Ritual Román 56: Tienes que mirar

por Román Sanz Mouta

Título: Tienes que mirar

Autora: Anna Starobinets 

Editorial: Impedimenta

Nº páginas: 176

Género: Biografía literalizada

Precio: 17,95€

En 2012, la escritora Anna Starobinets descubrió, en una visita rutinaria al médico, que el hijo que esperaba tenía un defecto congénito incompatible con la vida. Un diagnóstico que transformó la alegría más pura en dolor. ¿Qué hacer cuando los sueños y el futuro se desmoronan en la pequeña pantalla de un ecógrafo? Starobinets narra con una dureza extrema, pero con una humanidad desgarradora, el peregrinaje por las instituciones sanitarias de su país, indiferentes a su drama, su posterior viaje a Alemania y el duelo por el hijo perdido. Finalista del Premio Nacional de Bestseller 2018, Tienes que mirardesencadenó a su publicación una tormenta en Rusia, y la condena de parte del establishment sanitario ruso al atreverse a abordar el tabú del poder que tienen las mujeres sobre sus propios cuerpos, las secuelas del aborto espontáneo en el matrimonio y la vida familiar, y la insensibilidad e ignorancia mostradas por muchos en su país en situaciones límite como la suya.

 

CRÓNICA

Realmente no es necesario que yo hable de Anna Starobinets o de esta joya literaria que supone Tienes que mirar (sus escritos cantan loas por ella), pues ya lo hacen medios más elevados de la prensa. Pero, qué puedo decir, estoy embrujado por su prosa, y no me resisto a leer todo cuanto publica desde que la descubrí (mal palabro y mal aplicado, lo sé) con Una edad difícil, y más aún cuando presencié una de sus charlas hipnóticas. Me gusta poder hablar de su narrativa, que no analizarla, incluso desde la pulsión de dolor que late en estas páginas que vamos a comentar.

«Pero esto es una web de terror y de género», estaréis pensando, «¿qué nos quiere colar aquí este señor?». Vamos a salir de dudas, no es una novela de ficción; es realismo, una biografía, casi un ensayo. Narrado desde la bella prosa de la autora (cuánto debió exorcizar con ello) quien, con su lírica, nos provoca un agujero en el corazón. Porque la realidad guarda terrores que, muchas veces, incluso habiendo pasado por situaciones parecidas (y no es el caso y, por favor, que nadie se compare con nadie en el dolor nunca; la pena no es una competición), es imposible entender ese dolor. Ya en las primeras páginas las punzadas se suceden, una tras otra cual estocadas. Y da miedo, produce angustia; pero no estamos leyendo una novela de género, sino un manuscrito sobre lo que ha sufrido una persona y una familia ante la peor noticia.

Presenciamos la crónica desgarradora de una muerte anunciada casi sin alumbrar. Y el proceso paso a paso: la conmoción, la esperanza, la negación, la búsqueda, la asunción, la fuga, el degaste, el trauma. Junto a todas las dificultades y trabas de una sociedad, de un sistema que no ayuda, que vive de tu dolor y lo alienta. En este caso, la fría sociedad rusa, expuesta aquí. El cómo te hacen sentir culpable y responsable de una anomalía que debiera ser tu gran alegría y, por ende, traslada esa culpa y dolor a toda tu familia. Eso en el caso que tengas familia porque, si no, te hundirás en la soledad, dejando que te afecte cada opinión no razonada, no científica, no meditada; palabras con filo. Solamente por el simple hecho de las apariencias, la ladina definición de lo que está bien y lo que es correcto; malditas apariencias. Porque ese sistema tiende a culpabilizar a la mujer, a aislarla, a verla como el bicho raro. Lo vais a comprender durante la lectura, y no os gustarán tamañas injusticias. 

Vislumbramos escenas que colindan con el maltrato psíquico, de pura voz, trato y comportamiento en los diagnósticos y la forma de comunicarlos por parte de médicos y doctoras, porque, a pesar de ser coincidentes en lo inevitable, la manera de expresarse puede confundir a la madre ya casi en duelo, profundizar en su herida. Y llevarla a tomar decisiones erróneas, cuasi manipuladas. Como ella misma dice, menos mal que sus conocimientos y estudios la salvaron en alguno de los casos. Se nos muestra, se nos pregunta, se nos cuestiona sobre la ética y la moral, y la única respuesta que podemos obtener leyendo capítulo a capítulo, y quizá recordando experiencias personales propias o de gente querida, es: inhumanidad. ¿A qué mundo hemos sido vomitados? O peor ¿qué mundo hemos creado para ser vomitados por él? No es justificable que la humanidad siempre saque su faceta más cruel ante los vulnerables, que se parapeten en la fuerza de sus estatus o cargos. Y, todavía peor, que los especialistas, aquellos a quienes no se les exige explicar las cosas como una madre, pero sí como un profesional, como un ser humano hablando con otro ser humano (lo sé, incido en «humanidad», quizá algún día aprendamos lo que realmente significa), abusen con saña, por medio de palabras, gestos, indiferencias, tecnicismos, protocolos… Insentimiento. Deberíamos poder confiar en ellos y ellas. Deberíamos…

«Sobre qué está hablando este perturbado», diréis con razón.

Cierto. Antes que lo olvide y siga en las entrañas de la obra, este texto cuenta sobre una madre embarazada de su segundo hijo, al que encuentran un problema congénito, irrecuperable. El niño nacerá muerto o morirá a los minutos de nacer. Aquí se plantea la disyuntiva a seguir por la mujer en shock, todas esas trabas de las que hablamos gestionadas por el sistema sanitario ruso. Pasas de ser una futura madre, parte de la sociedad, a alguien que debe ser escondida, diferente cual monstruo, no vayas a contagiar al resto de embarazadas. Entonces comienza el proceso, confirmar los resultados, una y otra vez, las que sean necesarias. Encontrar soluciones alternativas. Tomar una decisión. Para llegar al aborto, que no está bien visto, y no pensando en el bebé. A partir de aquí es un viaje, y no solo emocional, también saliendo a una Europa más abierta, donde comprobamos que no todo el trato médico es igual (y menos mal). Y, una vez pasado por quirófano, su periplo continúa, porque la historia no acaba con ese aborto, no. Después, llegan las consecuencias, la psique, la recuperación, de haberla.  

Las diferencias entre el sistema sanitario ruso y alemán (perdonad que insista, pero es vital insistir, igual que lo hace la autora) quedan claras, prístinas. Las condiciones humanitarias (sí, de nuevo humanidad). La manera en que uno es un proceso médico, y el otro, una purga, un castigo por el que debes pasar y sufrir como si hubieras hecho algo malo. Aliviar el dolor y no obligar a regodearse en el mismo hasta el quebranto. Horrendo.

Surgen dudas viendo estas crudas vivencias, como: ¿cuál es el umbral de la resistencia hasta el derrumbe? Y ¿cuántas veces eres capaz de levantarte tras ese colapso continuo?

Como apuntes puramente literarios, la disociación de la protagonista de la novela resulta terrible, escalofriante, con sus dos yos: la que sufre, la que observa. Y es tan buena Anna Starobinets que provoca ese mismo efecto; creer que estamos leyendo una novela sobre un personaje de ficción, cuando en verdad se está abriendo en canal, ofreciendo su testimonio sin una concesión por si pudiera ayudar a alguien; para que sepan las mujeres en su situación que no tienen por qué estar solas, y quizá, solo quizá, como catarsis de aquello que nunca se irá del todo. La narración sosegada, quirúrgica, magistral, transcurre en presente con píldoras traídas del futuro nefasto que bien conoce la narradora autobiográfica. Nos conmueve toda la emoción desencadenada, porque lo sentimos cercano,íntimo, desgarrador de verbo.

Y hay un elemento que sobrevuela la novela, el miedo. Y no el miedo a una sola cosa, más bien se trata de infinitos temores, inimaginables, mínimos, acumulados, consecutivos. Tanto, tanto y tanto miedo. A mirar o no mirar. A acertar o equivocarse. Y el miedo siempre es capaz de engendrar nuevos miedos, y algunos de esos miedos se traspasan a lo físico. La mente a la deriva, esa torturadora inclemente a la que regalamos alas, nos aprisiona, nos asfixia, nos reduce a la nada. Esas son las consecuencias que nunca se marchan, aunque puedan ser contenidas. Con el apoyo de quien te quiere. Con ayuda de profesionales. Con voluntad indomable y férrea. Dentro de las múltiples escenas que van a acompañarnos tras cerrar el libro, hay una que me atormenta, por lo vulnerable, por el traslado que me provoca. Ese hospital psiquiátrico. De repente, prisionera. Una vida en claustrofobia, encerrada en jaula de pájaro. Rejas en la cabeza, puertas cerradas en ese pasillo de psiquiatría del que podías no haber salido nunca.

¿Cuán dura es la novela? Mucho. ¿Cuán difícil de leer? Nada. Un suspiro adictivo. Casi imposible no devorarla de un tirón, pues te mantiene conteniendo la respiración hasta su página final. Acompañamos a Anna durante toda su pesadilla, sin pausas ni alivios o atajos (no se ahorra un instante, una imagen, una crueldad, no debe), intentando intuir la luz al final del túnel; que la vida vuelva a albergar parte de cuento, aunque los tentáculos residuales de la misma sean atroces y constantes. Deseamos soltar ese suspiro de alivio cuando por fin pueda salir de ese laberinto interminable. Se vacía la autora. Comparte la experiencia. La sentimos. Te sentimos.

Conclusión ineludible: leed a Anna Starobinets. Ya. Con urgencia. Leed Tienes que mirar, para pasar después al resto de su bibliografía. Sin demora.

 

Pd: dentro de la reivindicación habitual, esta Señora Escritora, con mayúscula (que si no es multipremiada, pronto lo será, como también de culto), escribe a su vez literatura de terror y de ciencia ficción, sin plegarse a tabús, a géneros, a normas establecidas. Mezclando. Jugando. Atemorizando. Y no por ello es menos escritora y es menos literatura. Queda dicho.

2 comentarios

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Cecilio marzo 9, 2021 - 5:20 pm

Vaya reseña, si ya estaba deseando leerlo por conocer a la autora, precisamente gracias a Román Sanz Mouta, ahora es ansia lo que tengo, no tardaré nada en echarle el guante a este libro. Debe ser desgarrador.

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Román marzo 10, 2021 - 10:33 am

Lo es. Por ello merece la pena su lectura. No es una mera denuncia de la situación médica y los prejuicios, o un muestrario de dolor y pena. Es una reflexión ácida sobre la sociedad y las interrelaciones, junto con el conocimiento del uno mismo y el poder de la psique.
Gracias por ser un lector constante.
Abrazos.

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