Ritual Román 73: Después (Stephen King)

por Román Sanz Mouta

Título: Después

Autor: Stephen King

Editorial: Plaza & Janés

Nº páginas: 248

Género: Terror y thriller dramático infantil

Precio: 19,90€

Jamie Conklin, el único hijo de una madre soltera, solo quiere tener una infancia normal. Sin embargo, nació con una habilidad sobrenatural que su madre le insta a mantener en secreto y que le permite ver aquello que nadie puede y enterarse de lo que el resto del mundo ignora. Cuando una inspectora del Departamento de Policía de Nueva York le obliga a evitar el último atentado de un asesino que amenaza con seguir atacando incluso desde la tumba, Jamie no tardará en descubrir que el precio que debe pagar por su poder tal vez es demasiado alto.
Después es Stephen King en estado puro, una novela inquietante y emotiva sobre la inocencia perdida y las pruebas que hay que superar para diferenciar el bien del mal. Deudora del gran clásico del autor It (Eso),Después es un relato poderoso, terrorífico e inolvidable sobre la necesidad de plantarle cara a la maldad en todas sus formas.

 

RITUAL

Retornamos, una vez más, con el gran King, y de nuevo siento que, entre sus páginas, estoy en casa. En un lugar quizá no seguro, pero sí familiar, pleno de secretos y misterios y al que da gusto volver. Lo muestra el autor de inicio, con esa declaración sencilla, en primera persona, desde la voz de un recién adulto que se pone su traje de niño para contarnos la dura historia que tiene a sus jóvenes espaldas. Sobre su madre, agente literaria, de quien aprendió todo (incluso escuchando a escondidas), su conocimiento y amor por los libros, su capacidad para el cálculo y su amplio catálogo de tacos. Sobre cómo vivían acomodadamente hasta que llegó la crisis del 2008, con una racha de tremenda de mala suerte apoyada en malas inversiones y peores decisiones. Todas esas taras acabarán haciendo mella en el pequeño. Pero estamos hablando de una novela de Sai King (robado al amigo Franky). ¿Qué nos falta? ¿Qué no nos estás contando?

Cierto. Ese niño, Jamie, puede ver a los muertos recién fenecidos durante un breve tiempo (y los muertos tienen reglas). Hasta que se difuminan en el más allá (eso creemos). Además, nos presentan a un asesino en serie que utiliza bombas para su propósito nefasto. Todo esto confluye lento, con la habilidad de Jamie acallada. Pero, una vez que comparte la madre este conocimiento cuasi prohibido, y que una peculiar oficial de policía empieza a creer al muchacho, quizá pueda ser utilizado como solución, aceleramos. Pues, como cúlmine del pastel de desastres, la gallina de los huevos de oro de la editora muere (malditos escritores que fallecen sin permiso dejando sagas por terminar (y aquellos que las inconcluyen estando todavía vivos…)). La trama combinada que se ha tejido solo puede crecer desde estas premisas.

Aunque, pensemos: ¿y si uno de esos muertos no se marcha a los pocos días? ¿Y si se resiste a decir la verdad para resolver esta o aquella clave? ¿Y si uno de esos muertos empieza a perseguir a Jamie? ¿Qué podría hacerle, quién le creería, y cómo ayudarlo? Preguntas terribles. Porque quizá se establezca una batalla entre la inocencia y la voluntad del niño, auspiciada por un eminente profesor, y una entidad que ha ocupado un cuerpo que no le toca, y que debiera haber trascendido. Y solo quizá, ese combate marque el devenir de la novela, siendo el primer paso de la madurez, o de una cruenta guerra que nadie más puede contemplar. Quizá.

Claves: las marcadas personalidades de los personajes, la empatía y afección que se desarrolla por y con ellos (sello de la casa). Pero, sobre todo, a través de Jamie, el protagonista, de quien sentimos cada palabra sincera (el vocabulario en evolución que traslada las ideas del crío te transporta). Hablando con esas palabrotas que el pequeño oía a su madre igual que el Rey los escuchaba de su padre tiempo atrás. Cómo el chaval se va corrigiendo a sí mismo durante su epopeya, poniéndose y poniéndonos notas en el texto. Una narración caóticamente organizada que salta delante y detrás para que nos suelte detalles, desde la mente de un niño y tal cual lo contaría un niño, sobre los que promete volver más adelante. Pinceladas, y no solo de lo fantasmagórico, sino de traumas y problemas futuros.    

Es un retrato de la infancia, una infancia disfuncional, en parte similar a la que hemos tenido muchos y muchas; disociados, apátridas familiares. Sin saber qué esperar, confundiendo términos como cariño, relación o amor. Viendo pasar gente que compartía intimidad con nuestros progenitores cual trenes en la noche. Contagiándonos de todo ello. Porque no entendíamos ni habíamos conocido otra realidad. A partir de cierta edad empiezas a comprender sobre la variedad, lo diverso que es el mundo, que cada uno es especial con sus pensamientos, sus ideas, sus creencias. Pero cuando eres niño estás totalmente influenciado por la familia. Y este niño muestra una mente abierta para absorber emocionalmente todo aquello cuanto puede. Para asimilar lo que sucede a su alrededor y ayudar a su madre. De ahí nos viene este testimonio tan sincero, íntimo y desgarrador en muchas ocasiones. Dentro del giro (evolución) que en su momento dio King con su literatura, esta obra, hermanada con la también brillante El Instituto, muestra todos sus recursos. Porque cuando escribe, es capaz de recordar su infancia, lo bueno y lo malo. Y de eso, no muchos pueden presumir. Catarsis autor-lector.

Y toca reivindicación de la literatura de terror aprovechando esta obra del tótem, porque, mientras que otros escritores de relumbrón repiten y repiten y repiten sufórmulas estrella, las mismas sagas, las mismas historias (camufladas), los mismos personajes (quizá con otros nombres o aspectos), en el terror tienes que reinventarte constantemente. Contar un nuevo miedo, una trama diferente, forjar nuevos vínculos, seducir al lector desde cero en cada manuscrito manteniendo el estilo y la voz reconocibles. Por eso, la literatura de terror está denigrada (parecido a la ciencia ficción o a la fantasía) en comparación con la literatura contemporánea o los mal llamados Best Sellers (operaciones de márketing, solo escoges los libros que te ponen de cebo en todas las librerías. Hay que afinar lejos de las grandes plataformas; apostar, arriesgar, como escritor y como lector). Resulta ofensivo. Tanto como el hecho de no poder aspirar a según qué premios. Los libros se sienten igual, que hayan sido marcados con una etiqueta no debería alejarte de ellos. El terror es literatura.

Retomando. Como bien avisa el narrador, en una de sus confidencias para contigo, lector(a), el «después» se convierte en una constante, porque al venir la narración en primera persona del futuro cuasi omnisciente, cada evento y decisión tienen el poso de una conciencia que ya conoce. De saber sobre su acierto o su error, su temeridad, su miedo, su inconsciencia. Y eso carga cada hecho de una relevancia mucho mayor. La sensibilidad de la novela te inunda, pero atentos, porque Jamie nos lo advierte constantemente: esta es una historia de terror. Y nadie lo sabe mejor que él.

En resumen, un periplo existencial que recorre desde la infancia hasta la tierna madurez de Jamie, pues descubrió su capacidad a los seis años. mo gestiona y supera las crisis, las verdades y mentiras, los secretos, el amor, y ser utilizado como una pieza y acosado por una criatura sobrenatural. Cómo aprende, absorbiendo cada experiencia (qué recuerdos). Todo eso nos lo cuenta con magistral tiento y tacto el señor Rey una vez más. Quien casi siempre esboza sus mejores pinceladas cuando tratan sobre niños. Otra novela para atesorar. Otra joya de Sai King.

 

Pd: como añadido, porque ya me iba largo, y conociendo el cariño que el autor siente por nuestro arte, esta novela también habla sobre escribir y leer, sobre literatura y contar buenas historias.

Pd II: no olvidemos el homenaje que supone el ritual de Chüd. Vosotres, lectores constantes, sabéis bien sobre lo que os hablo.

Pd III: existe un mínimo fallo en la cronología de la novela; un día que debiera ser otro. Avisadme si lo encontráis (o si yerro).

Pd IV: no silbes, no silbes, no silbes…

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