Ritual Román 94: Aquí hay monstruos

por Román Sanz Mouta

Título: Aquí hay monstruos

Autor: Francisco Santos Muñoz Rico

Editorial: Autopublicado

Nº páginas: 259

Género: Horror y terror social

Precio: 14,04€ / 3,58€ (digital)

Novela de terror fantástico, o de fantasía terrorífica. Adéntrate con el protagonista en un universo macabro a veces, a veces simplemente infernal, y a veces casi maravilloso; y descubre qué esconde la vieja casa del doctor y por qué todos la evitan.

 

RITUAL

Me asomo a la literatura de un autor provocador, diferente, subversivo; capaz de adentrarse en cualquier género o temática y domeñarlo bajo el yugo de su estilo reconocible. Para despertar sensaciones, emociones, facetas ocultas de nuestras psiques, según sea la trama escogida para la ocasión. Y como no se ha prestado para colgar siquiera una verdadera sinopsis de esta obra retorcida, hagámoslo por él; también con mi sello personal.

Vemos al protagonista retornando a casa, y lo leemos a dos voces, la que escribe desde la memoria que ya no posee (que le borraron o, más probablemente, se erradicó a sí mismo para protegerse), y la visión desde la infancia (difiriendo dichas voces narrativas) en la que sufrió los acontecimientos que ahora regresan. Porque hablamos de una novela de monstruos, y quizá también de terror, mucho terror humano, y después horror incognoscible que todo lo devora. Pues ese niño, de pequeño, con Melilla de fondo y atmósfera y la Real en el foco, contempló un acto violento cometido sobre uno de sus no-amigos. Un abuso. Un suceso terrible. Tras eso, y mucho antes, habían comenzado las desapariciones de críos, auspiciadas por la confiabilidad de la época, años atrás. En el centro de todo, la Casa, junto con el almacén de tortura y Hakim. Una Casa que, cuando descubre al protagonista, no se cansa de susurrar su nombre en llamada, deseosa de corromper tan preciada carne y mente. Pero no cedía el pequeño. Montaron sus grupos de batidas infantiles, tomándose más en serio que la policía esos raptos de compañeros y compañeras. Cerrando Francis y sus dos colegas el cepo en torno a la Casa. Accediendo a la misma como valientes. Y… Bailamos entre uno y otro tiempo, asistiendo pávidos al regreso de la memoria, a esa búsqueda constante y con miedo de lo que pasó. Y quizá al enfrentamiento definitivo, una revancha, una venganza bidireccional, pues ambos se quedaron partes del otro. Acabará coincidiendo la colisión de la Casa, esa alteridad de infinitos habitantes, con el niño que fue y el hombre desecho en que se ha convertido, a saber con qué resultado cada uno de ellos. 

Subyace que todo es miedo: el dolor es miedo, la impotencia es miedo, el extravío es miedo, la soledad es miedo, la compañía es miedo, el impulso es miedo… Y el miedo es mucho más y peor que el miedo. Dando el salto a la morada adimensional, atemporal, fuera del concepto del espacio, ignorando las leyes físicas cuando entran a su buche, cuando se convive con ella (seas víctima o seas uno de los violentos secuaces que ha elegido en sucesión); puertas informes, galerías eternas, abismos sin fondo invertidos, monstruos, el monstruo que domeña a los monstruos. Onirismo pesadillesco en estado puro que deviene en real. Un viaje descarnado, pero también un atisbo (ligero) a la esperanza, porque recordemos que la imaginación puede salvar vidas o convertirse en arma para combatir a esos demonios, a esas anomalías lesivas que declaman por más sangre, por más daño, por más miedo. Supone una de las claves: imaginación, fantasía, literatura, miedo.  

Y es que Franky nos llena con un sinfín de guiños, homenajes y reminiscencias a otros autores clásicos (y a partes o personajes de sus obras) diseminados por el texto, lo que resulta en un canto de amor a la literatura, sobre todo a la de aventuras; esos libros que despertaron nuestra pasión por este maravilloso arte.  Nos sacan una sonrisa de complicidad cada vez que reconocemos una, y se usan como parte vital del argumento. Bien por usted.  

Ojo, la novela es explícita, cruda, gráfica, excesiva por momentos, pero con buen sentido del gusto, y al amparo de lo que necesita la trama y la intensidad de cada momento para generar esas secuelas, en los personajes y en el lector, sin escenas gratuitas. Pero no apta para pusilánimes. Porque las víctimas pueden escoger muchos caminos, y uno de ellos, con o sin posesión externa, es convertirse en los mismos o peores monstruos que aquellos que los atormentaron. Seamos conscientes de esa realidad, porque el niño, Francis, por el trauma y en el pozo insondable de la memoria fugada, puede acabar transformado, o ser más de uno… Sobre todo cuando dicha memoria retorne por fragmentos.   

Yendo de un extremo al otro, resultan muy reseñables los vínculos entre los niños (tiernos, positivos, reales, certeros), cómo se protegen, la manera en que pasan de quererse a odiarse en un instante, pero, incluso así, dispuestos a sacrificarlo todo por un amigo, aunque sean los amigos perecederos de ese instante llamado infancia. Se siente cercano, rememora nuestros propios tiempos de patio y calle (nostalgia. Y qué diferencia con el presente). La inocencia quebrada por las malas, en este caso. El maremágnum de emociones infantiles enfrentadas a lo siniestro junto con su manera de canalizarlo, disfrazarlo, asumirlo. Su sensibilidad, la percepción del mundo puesta a prueba cuando todavía se sitúa en construcción; deformada grotescamente, apenas un leño al que aferrarse en medio de la tempestad oceánica. Y duele.  

Francisco Santos Muñoz Rico se sitúa a la altura de algunos de los grandes y las grandes de este país (preferencias personales con criterio), tales como Santiago Eximeno, Nieves Mories, Jesús Cañadas o Emilio Bueso, solo que su trayectoria es bien diferente. Pero se nota que el verbo fluye a borbotones dando paso a una imaginación desbordante de códigos propios que hieren y contagian, de malas ideas y escenas tan redondas como macabras, de combinaciones inéditas de frases y palabras. Jugando en varios terrenos favoritos, ofrece lo mejor de sí cuando su versión onírica y surrealista se llena de miedos, de traumas, de lo mejor y lo peor en cada ser humano. Porque hay monstruos en los libros, pero también te los cruzas por la calle y los saludas con naturalidad, lo sepas o no (y si lo sabes, eres cómplice). Historias vomitadas del tirón (así lo imagino escribiendo la novela sin detenerse, días y horas hasta la conclusión). Te atrapa y te absorbe, te deja compungido, porque te transportas hasta ese plano, a ese niño, aunque la vida, el entorno, te sean totalmente ajenos. Ese es un valor inconmensurable.

No digo más. A leer, amigos.

 

Pd: debería este manuscrito publicarse en una buena editorial. Y sé de algunas que lo sopesarían con gusto. Ahí lo dejo.  

2 comentarios

FRANKY enero 6, 2022 - 10:00 am

Muchas gracias, amigo, con tu lectura, de cualquier manera, ya ando satisfecho, aunque nadie más, nunca, lo leyera. Un abrazo.

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Román Sanz Mouta enero 7, 2022 - 9:31 am

Nada que agradecer. Disfruto de sus obras en variedad de género y con ese estilo tan incisivo. Y sí, habrá más lectores, aunque haya que hacer criba de búsqueda. Por cierto, ya leído Frank Malone. jijijijiji

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