El Club de los Portaféretros (Paul Tremblay)

por Lorena Escobar de la Cruz

Título: El Club de los Portaféretros

Autor: Paul Tremblay

Editorial: Nocturna Ediciones

Nº de páginas: 392

Género: Thriller, drama, misterio

Precio: 17,50€

SINOPSIS

En la década de 1980, Art Barbara no era lo que se dice popular. Era un estudiante solitario que escuchaba hair metal, tenía que dormir con un monstruoso aparato ortopédico por su escoliosis y había iniciado un club extraescolar de voluntarios en funerales poco concurridos. Por eso fue una grata sorpresa cuando una chica se apuntó al Club de los Portaféretros y le dijo que era una idea genial. ¡Si hasta se llevó su Polaroid para hacer fotos de los cadáveres!

Vale, esa parte sí había sido un poco rara.

Como también lo era su obsesivo interés por una famosa tradición de Nueva Inglaterra que implicaba desenterrar a los muertos. Y había otras cosas extrañas que sucedían siempre que ella estaba cerca, algunas bastante inquietantes… Pero eran amigos, así que no pasaba nada, ¿verdad?

Décadas más tarde, Art intenta darle sentido a los recuerdos escribiendo El Club de los Portaféretros. Sin embargo, lo que parecía la forma ideal de reconciliarse con su pasado tendrá consecuencias insospechadas cuando su vieja amiga lea el manuscrito.

RESEÑA

Escribir sobre uno mismo resulta uno de los ejercicios más complejos para el ser humano. No solo para aquellos que llenan o tratan de llenar el mundo de letras, letras cuajadas en una tinta que nació para darle forma y sentido a un pensamiento que jamás deja de crear fantasmas.

El hecho de reflexionar, contar, rememorar y buscar, en primera conjugación de un infinitivo caótico por el caos de nuestras venas, es para nosotros un paseo por las cicatrices, esas que cierran de forma extraña y te duelen con cada cambio de tiempo.

Porque nadie está preparado para saber y saberse. Para mirarse dentro y tratar de comprender las causas y consecuencias de un corazón que a veces late por inercia y, otras veces, por costumbre. Porque el tiempo (que según un insigne escritor no existe) altera realidades y juega con ellas a un escondite sin nadie que buscar. Porque la vida es una sucesión de eventos tan absurdos como paralizantes. Tan ajenos, tan propios, tan extraños, tan conocidos, que dejan un reguero de migas en busca de un hogar que, casi nunca, está levantado con cimientos ni simiente. 

No sabía muy bien lo que me iba a encontrar cuando decidí sumergirme en las páginas de El Club de los Portaféretros. Tras la lectura de La cabaña del fin del mundo, del mismo autor, albergaba sentimientos encontrados respecto a la estructura narrativa y el desarrollo de la trama: Paul Tremblay se me antoja un autor de comienzo fascinante y final algo embarullado, como si iniciase las novelas con un impacto emocional que hace temblar al lector y perdiese fuelle con el avance de las páginas, llegando a algo más convencional, menos excitante. Sin embargo, con este libro que narra la vida y recuerdos de Art Barbara y Mercy, su eterna y conflictiva amiga, me ha ocurrido exactamente lo contrario: el lento inicio, algo denso y a priori carente de más interés que el de ir descubriendo los complejos y problemas de un adolescente, se transforma poco a poco en una historia metaliteraria en la que el género literario pasa a un segundo plano y cobra importancia la afectividad y asertividad de un personaje que es el narrador principal de su historia y, a la vez, el secundario en la historia de Mercy.

Y es que no importa en este caso delimitar si estamos ante un texto de terror, de drama, costumbrista o fantástico: lo que importa es la originalidad de un planteamiento situado a caballo entre dos voces, entre dos puntos de vista de un par de amigos destinados a encontrarse y separarse, a cuestionar verdades y mentiras condicionadas por una edad en la que todo es mucho o poco, bueno o malo, normal o catastróficamente distinto. Y es que si vemos parte de la realidad a través de esa inseparable Polaroid con la que Mercy retrata a los muertos y a los vivos, lo que no se percibe es todavía mucho más interesante y nos lleva a plantearnos continuamente quién habla con sinceridad y quién nos miente con alegre descaro, qué se oculta tras la historia de un muchacho que se odia hasta la médula y una chica cuyo halo de misterio resulta igual de atrayente que de irritante; tras los secundarios, actores perfectos de un escenario nostálgico y con tintes de leyenda; tras la hipocresía de la felicidad, la tentación de dejarse arrastrar por la resignación más inevitable y la búsqueda de excusas que señalen al prójimo por las causas propias, como niños de colegio diciéndoles al profe que los deberes se los ha comido el perro.

¿Fantasía o realidad? Este es el juego de El Club de los Portaféretros. Tratar de encontrar los árboles que esconde el bosque, la cara oculta de aquellos que quizá, solo quizá, mienten para protegernos, la maleza tras la que se oculta, con la vergüenza de una mala hierba, el fantasma de las adicciones, la salud mental, los problemas que supone no quererse nada, absolutamente nada.

Lo que comienza como un relato de adolescentes se convierte pronto en un relato de intriga y termina desembocando en una historia en la que el protagonista trata de dar una explicación y, ah, ¿qué habrá más difícil que intentar poner coherencia a lo arcano? Y tras todas estas incógnitas nos regala Paul Tremblay, con una maestría silenciosa, una dolorosa reflexión sobre el valor o desvalor de la amistad, el camuflaje de los sentimientos, la pérdida del propio yo y lo jodido que es el amor, el que se reconoce y el que se oculta bajo capas y capas de frío desdén revestido con ropajes de orgullo.

No, decir que El Club de los Portaféretros es un libro de misterio simplifica demasiado las cosas. Catalogarlo supone una pérdida de tiempo, delimitarlo, cuasi una aberración. Este club de perdedores es mucho más que lo que se ve a simple vista, tal y como nos trata de contar Art Barbara a lo largo de sus memorias paridas entre frustración y fina ironía.

Porque de eso va la literatura, de retorcer lo común y volverlo jodidamente extraordinario.

Porque todos hemos sido parte en algún momento (o quizá lo sigamos siendo) de ese club que acompañaba a los muertos ante la soledad de la parca.

Porque en la vida, como en los recuerdos, ni los malos han sido nunca tan malos, ni lo buenos… tan buenos.

1 comentar

Daniel Aragonés abril 5, 2023 - 10:49 am

La reseña me gusta mucho, la novela me da que no iba a ser de mi agrado.

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