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Una cicatriz en llamas
El sur de Estados Unidos es la cicatriz nacional. Larga, caliente, húmeda. Supura historia, culpa y violencia. Casi nada. Si lo trasladamos a la literatura, el asunto trasciende y nos transporta al interior de una herida que no termina de cerrar. Crudeza en estado puro, depresión, malestar y locura. Destacaría tres estilos por encima del resto. Formas de sobrevivir al calor, a la pobreza y a los fantasmas. El gótico sureño, el rural noir y el dirty realism o grit lit. Tres maneras de decir lo mismo: el horror no viene de fuera, nos pertenece.
Si te dejas arrastrar y decides adentrarte en estas zonas, no tardarás en sentir el padecimiento. Un territorio donde el calor torna a condena y la historia te somete hasta el hastío —los buitres también tienen derecho a comer, y tú eres el plato principal—. El tema religioso toma un protagonismo específico, oscuro, decadente, con cierto aroma a condena y analfabetismo.
En este caldo espeso y contradictorio nacen las tres tradiciones literarias de las que vengo a hablar. Una misma raíz que ahonda en los orígenes del sur. Un triángulo estético que ha redefinido la manera en la que entendemos la oscuridad en la literatura contemporánea. La verdadera magia, para mi gusto, es cuando ciertos autores trasgreden ciertas normas y cabalgan sin prejuicios entre etiquetas. Ahí es cuando nos damos cuenta de la crudeza absoluta que rezuma esta región.
Gótico sureño: el evangelio de la podredumbre
El gótico sureño surge de una idea simple y decadente: el tiempo fermenta y se descompone con lentitud. Casas desvencijadas, pantanos inmóviles y hambrientos, iglesias disfrazadas de cárcel. La atmósfera es tan densa que se convierte en personaje —ahí tenemos la clave—. Un ejemplo moderno sería Smonk, de Tom Franklin. Rural noir y wéstern degenerado. La reconversión del género con un toque pulp. Con El almuerzo celestial, de Donald Ray Pollock, pasaría lo mismo. Ambos me parecen dos monstruos de la fusión de estilos. Me atrevería a decir que Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, es el padre bastardo de esta alianza de etiquetas.
La sensación que ofrecen dichas lecturas, ya sean clásicas o modernas, sería algo así como entrar en una cabaña abandonada, repleta de cruces, sartenes y platos con restos de comida y moho. Si nos detenemos lo suficiente, podemos oler el pecado, sentimos la culpa, escuchamos los gritos de un niño al que azota su padre. Aquí el terror no necesita monstruos, basta con un predicador, una anciana decrépita, un silencio estridente, los habitantes de un pueblo del interior o un cazador que masca tabaco y limpia la sangre del cuchillo en el pantalón. El personaje pertenece al entorno y nunca al revés. Son la misma cosa.
Escritores como William Faulkner, Flannery O’Connor o Carson McCullers entendieron que el verdadero horror del sur es su incapacidad para escapar de sí mismo. El pasado actúa como un fantasma que no se manifiesta, pero que lo contamina todo. La propia atmosfera se presenta como la interlocutora principal.
Un ejemplo actual sería Hermana Muerte, de William Gay. El autor nos regala una obra de gótico sureño en estado puro. La casa maldita. Los componentes, la ambientación. Plantaciones abandonadas, barracones de esclavos derruidos, cementerios familiares ocultos bajo la maleza y un pueblo que evita la casa Beale. Kirkus la describe así: «Es como si Faulkner hubiese escrito El resplandor».
Si tuviese que decantarme por dos obras clásicas que definan el género, diría Un hombre bueno es difícil de encontrar, de Flannery O’Connor y Luz de agosto, de Faulkner.
Noir sureño: carreteras, sudor y violencia
El rural noir, o southern noir, desplaza el foco hacia el crimen, la corrupción y la violencia cotidiana. No vamos a toparnos con detectives glamurosos ni ciudades lluviosas. Obtendremos una suerte de carreteras secundarias, moteles baratos, bares donde la luz de neón parpadea como si estuviese a punto de morir y pueblos habitados por personajes variopintos e indiferentes.
Los protagonistas son antihéroes rotos, veteranos traumatizados, policías corruptos, delincuentes que sobreviven a base de códigos personales tan frágiles como ellos mismos. La fatalidad domina cada escena. Hagas lo que hagas, el destino ya está escrito. Podría asegurar que el noir sureño es el primo borracho del noir clásico. La transgresión es la rutina más válida.
James Lee Burke, Daniel Woodrell, Tom Franklin, Chris Offut o Joe R. Lansdale. Todos ellos escriben desde un lugar recóndito y apartado de la moral. ¿Qué te queda cuando ya lo has perdido todo?
Galveston, de Nic Pizzolatto, me parece una obra maestra que representa el género a la perfección. Ambientación sureña. Paisajes decadentes y opresivos. Personajes rotos, desarraigados, marcados por la pérdida. Un tono triste, existencial y fatalista. Una mezcla de crimen y realismo sucio. Descarga una violencia tan íntima que la oscuridad te sobrecoge.
Si nombramos a Chris Offut y su serie de Mick Hardin, nos adentramos en la pureza de rural noir. Un tono seco, directo, sin sentimentalismos absurdos. José Luis Pascual, editor de esta revista y gran lector de Offut, dice esto:
«Entre promontorios sin mar y vegetación agreste se mueve Chris Offutt en su célebre trilogía de los cerros. Pura radiografía de su Kentucky natal, la saga nos sumerge en la vida de unos personajes áridos que contrastan con un decorado exuberante y, por momentos, majestuoso. El contraste entre la mugre que llevan en la sangre los habitantes del condado de Salt y la minuciosa fotografía de la naturaleza compone un fresco fascinante que orbita con gran habilidad entre la sordidez y la belleza. Como ya hiciera Terrence Malick con su fundacional Malas tierras (Badlands), Offutt consigue que lo sensorial cobre una forma imponente que, de algún modo, sepulta y configura el modo de vida de sus criaturas. Como contrapunto a muchos de sus referentes, sean estos contemporáneos o no, quizá sea Offutt un esteta de la decadencia que expresa lo violento de un modo sutil, aunque ello no implica una renuncia a la rudeza y la brutalidad que imperan por esas tierras».
Dirty realism: la vida como un puñetazo lento
El dirty realism, o grit lit, es la estética del cansancio. Del cuerpo roto. De la vida mínima. Aquí no hay épica: hay turnos de trabajo interminables, alcohol barato, cicatrices que llegan hasta el alma y familias que sobreviven de la mejor forma que pueden. Es un realismo tan crudo que parece ficción, tan real que duele. Escueto. Directo. Crudo. Herencia de Carver o Bukowski, pero con ese toque indispensable que otorga un escenario único.
Larry Brown, Harry Crews, Denis Johnson o Barry Hannah. Es como si estuvieran lijando la piel del lector. No hay monstruos —ni falta que hacen—, se trata de la vida misma. Un horror cotidiano, corporal, irremediable. La miseria es el destino. La ruina como recompensa.
El dirty realism lleva la crudeza al extremo.
Una de mis obras favoritas, Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, transporta la etiqueta a un extremo brutal, grotesco y nihilista. Harry Crews, padre espiritual de este nicho, nos regala una serie de novelas imprescindibles si queremos conocer el estilo sureño. Violencia rural, cuerpos destruidos, humor negro, obsesiones burlescas. Un maestro que escarba en las emociones.
Fusión
La verdadera potencia aparece cuando estos tres estilos se cruzan. Entonces surge un tipo de terror que no necesita criaturas sobrenaturales porque ya tiene algo más inquietante: la supervivencia, ya sea emocional o física.
El espanto que emerge de esta tradición no busca asustar, quiere revelar lo que ocurre cuando un territorio entero se convierte en metáfora de la culpa, la ruina y la violencia. La historia, cuando no se resuelve, se convierte en un espectro cruel.
No perdáis ojo a las siguientes editoriales: Dirty Works, Sajalín Editores y Malas Tierras.

Daniel Aragonés
Redactor




8 comentarios
Magnífico, Dani. La «etiqueta» del gótico sureño la llevo viendo desde hace tiempo, pero no sabía por dónde iban los tiros.
La idea principal fue esa. Nadie se había ocupado de explicar ciertas cosas. Es un territorio muy especial y amplio. Gracias, Vicente, se te quiere un montón.
Me ha gustado bastante tu anàlisis y en concreto,el reconocimiento de cómo los autores pueden ir bailando con varios estilos literarios y la importancia de un paisaje que es no sólo un personaje màs, sino también lo que marca el caràcter de los personajes de esa forma no condimentada. ¡Buen artículo señor Aragonés!
Excelente articulo lleno de recomendaciones. Tengo ahí Galveston muerto de risa desde hace años, quizá sea su momento.
Tienes ahí una joya espectacular. Gracias por el comentario. Un abrazo.
Brutal, Daniel. Estoy leyendo cuentos de Faulkner, metiéndome en el género y buscando más, así que tu artículo ha metido en un lío de cojones. Adiós ahorros. Gracias por escribirlo 😀
Hijo de una comadreja, te dije que si volvía a verte por aquí te iba a partir el alma y además te iba a partir el cuerpo también por la mitad, por si el alma no te quedaba lo suficientemente rota. Tú te lo has buscado, has abierto la boca y voy a apuntar justo ahí, en el medio de esa bocaza tuya que huele a pantano y a cerveza barata… si alguna vez consigo sacarme la polla de Dios del culo será cuando te arranque la jodida cabeza y defeque en tu cuello. Aunque todas estas cosas tú ya las sabes muy bien.
Un abrazaco, brother
Excelente reseña de estos géneros. Gracias y saludos.