Relato: HORARIO DE TIBURONES (Fco. Santos Muñoz Rico)

por Francisco Santos Muñoz Rico

© Noelia Santamaría Ordoñez

Voy a la piscina desde los diez años, y no me fijé en el cartel hasta hace poco. Bueno, en el cartel supongo que sí que había reparado, es más, lo había consultado un montón de veces. Se trataba de los horarios de la piscina. Lunes, 6:00-7:00h, Horario libre. 7:00-10:00h, Colegio Bueso. Cosas así. Yo lo consultaba de tanto en tanto, aunque supongo que llevaba sin cambiar años, o sin apenas cambios, ya sabéis, es una ciudad pequeña. Pero estoy seguro de que nunca había visto nada en el domingo; desde luego, nunca me había fijado. Yo juraría que después de domingo, en aquel cartel, ponía (si algo ponía) algo así como “cerrado”, o “instalaciones cerradas al público”, si se querían poner finos. Pero lo que vi escrito ese día, ese preciso día en que me habían pasado un par de “cosas raras”, era: 21:00-23:00, Horario de Tiburones. Así, Tiburones, con mayúscula inicial. Miré al viejo antipático del mostrador de recepción y estuve tentado de preguntarle, pero era un tipo tan repelente que casi podía imaginarme su respuesta, algo entre insultante y desabrido, algo como «¿acaso es usted un tiburón?».

La verdad es que ese viejo era algo más que antipático y mal educado. Era, hablando en plata, un auténtico hijo de la Gran Puta. Lo sabía bien porque lo conocía desde que era yo pequeño, y los niños se dan cuenta de esas cosas con claridad meridiana. Era tal su fama que, si por lo que fuese un día se te ocurría llegar tarde a clase y resultaba que estaba él solo en la entrada, te dabas inmediatamente la vuelta y no entrabas. Era preferible no pasar por su lado y recibir una regañina de tus padres y quedarte sin piscina (que era de lo más divertido que hacías en toda la semana). Y realmente, además de unas cuantas malas contestaciones y un millón de torvas y reprobatorias miradas con sus repugnantes ojillos, no me había hecho nada en particular; ni conocía ningún relato, ninguno verídico al cien por cien al menos, que explicara ese rechazo que todos los niños sentían por él. Niños y mayores, supongo, aunque en cada uno se manifiesta el rechazo de distinta forma.

En fin, salí de allí y dejé el tablón de anuncios y al viejo a mis espaldas, pensando vagamente, como acostumbraba, que parecía que siempre había sido igual de viejo ese maldito bastardo desagradable, y que lo de los tiburones sería, probablemente, algún tipo de asociación de unos cuantos buceadores aficionados retirados que tenían los suficientes contactos en el ayuntamiento como para que les abrieran extraordinariamente la piscina los domingos. Tratándose de mi ciudad, lo más verosímil era que se dedicaran a meter alcohol y fulanas cuando nadie les podía ver.  Lo que me ocupaba la mente en esos momentos eran esas “cosas raras” que me habían pasado. Ella me había interpelado. ELLA. Sé que resulta ridículo que en la realidad, fuera de una peli que se desarrolle en un instituto blanco de Estados Unidos, haya una ELLA que me robe los días y las noches, lo sé. Pero la había. Se llamaba Laura y era como una maldita jefa de las animadoras de una de esas películas. Pero en este mundo no había animadoras, y se dedicaba a nadar y coleccionar medallas y trofeos. Para que os hagáis una idea, haré una descripción absurda: si uno de los sábados en que había competición se encontrase la organización de natación que la piscina estaba vacía, no costaría más de diez minutos el volverla a llenar tan solo con la baba que se le (nos) caía al noventa por ciento de espectadores que llenaban las gradas al pensar en ELLA. Viéndola en persona serían cinco minutos.

Lo primero en que reparé fue en que ella estaba en la calle de al lado. Nunca había pasado. Es verdad que cada uno elige, en teoría, en qué calle se mete, pero están repartidas desde hace años, es un escalafón poco cambiante. Pero allí estaba. Dijo hola, mirándome a los ojos y sonriendo. Yo emití, imagino, algún sonido, pero no estoy seguro. Se zambulló en el agua casi sin alterar su superficie y volvió a aparecer unos metros más adelante, como una máquina, o un animal acuático, como un proyectil a veces.

Esa tarde me reservaba otra sorpresa, una para las que no hay comillas suficientes en mi teclado: Laura me llamó. Que mi teléfono sonara ya era anormal, pero que fuese ella quien llamaba resultaba una locura. Yo ni siquiera le había dado mi número, aunque supongo que para una chica como Laura eso no representa el más mínimo problema. No sé cómo pasó, pero al día siguiente, ufano y estúpido, yo creía que ella era no ya mi verdadero amor y todas esas chorradas, sino también mi mejor, mi única amiga. Según mi registro de llamadas, habíamos pasado cuarenta y siete minutos hablando. Pero ¿puede uno soltar el lastre de diecisiete años de exilio social impuesto en cuarenta y siete minutos? Me debió extrañar que la tía más buena de mi realidad inmediata se dedicase a consolar y a hacer de psicóloga con un pardillo como yo, pero no estaba mi mente para estas exquisiteces y sutilezas. En clase se limitó a saludarme de pasada. Esto no creáis que me hizo sentir mal ni nada de eso, en absoluto y todo lo contrario: era parte de mi extraño triunfo, de mi absurdo idilio de octubre. Se creó una rutina maravillosa: en clase apenas me sonreía y me decía hola, seguía rodeada de sus amigas-club de fans; en la piscina seguía usando la calle de al lado de la mía, pero poco más, pues cuando entrenaba se convertía en una máquina de nadar y no se dejaba distraer por nada. Por la tarde el registro de llamadas del móvil seguía empeñado en contar en minutos la eternidad de nuestras conversaciones. Volvía a estar con ella en mis sueños.

Hasta que se me ocurrió decirle que podíamos quedar para hacer algo. Ella me explicó, como si yo fuese tonto, el poco tiempo de que disponía. No se me ocurrió preguntarle por el tiempo que pasábamos todas las tardes al teléfono, siempre se me han ocurrido las respuestas buenas al menos una hora después de su momento preciso; es lo que nos pasa, imagino, a todos los mediocres del mundo. Empecé como a suplicarle, ya sabéis: «¿y el sábado por la mañana?». Y ella me decía con voz de «pero qué tonto eres, son las competiciones en la piscina». «¿Y qué hay de los sábados por la tarde?». «Siempre como en casa de mis abuelos y paso la tarde con ellos (tontito)». Y así por el estilo hasta que llegó la pregunta del domingo noche: «es el Horario de Tiburones», me dijo como si fuese lo más natural del mundo, como si el solo hecho de no conocer el Horario de Tiburones fuese signo de oprobio. Aun así me arriesgué a preguntar. Y me contestó, sí que lo hizo, pero juro que fue como escuchar hablar a un delfín, no entendí ni una palabra de lo que me dijo. Por suerte, o por desgracia, entendí lo último que soltó su preciosa boca, allá donde estuviera con su teléfono: «supongo que podrías venir este domingo».

Madre mía.

Os podéis imaginar lo que pasaba por mi cabeza: bueno, no creo que nadie pueda imaginar ese marasmo absurdo. Pero al fin y al cabo era una especie de cita. No sabía siquiera si debía llevar el bañador; pregunté a un par de chicos del instituto y no me supieron decir nada. Al día siguiente, cuando entré en el recibidor de la piscina me dirigí al cartel, como para confirmar que seguía allí el misterioso nombre. El viejo me miraba desde detrás de su mostrador con una fijeza insoportable, así que me dirigí con premura a los vestuarios para cambiarme. Es extraño pensar en cómo pasaba mi tiempo. Por una parte era lo mismo de siempre, me ponía el bañador y el gorro, me daba una rápida ducha, me echaba la toalla alrededor del cuello, entraba a la sala de la piscina, acusando ese golpe que te procura el cambio repentino de humedad y temperatura, también el cambio de sonoridad. Y me dirigía a mi sitio, como autómata, a realizar los prefijados ejercicios. Pero dentro de mi mente todo era una especie de torbellino absurdo por la expectativa de eso que no tenía ni idea de qué era, Horario de Tiburones. Así transcurrieron un jueves, un viernes, un larguísimo sábado, y un apresurado domingo. Quería que terminara ya esa espera de lo desconocido. La cantidad de teorías que pasaron por mi cabeza es innumerable, pero al final siempre imaginaba una especie de reunión de los mejores nadadores de la ciudad, o del mundo, y que echaban carrerillas en plan de broma o algo así, me imaginaba una mesita de catering para después, con refrescos y canapés. No pude comer el domingo. A las 20:45h estaba delante de la solitaria piscina. Las puertas parecían cerradas, pero al acercarme noté que solo tendría que empujar para entrar. Me di la vuelta y decidí esperar unos minutos más. Llamé al móvil de Laura pero no me respondió, tal vez ya estaba dentro. Hacía frío pero yo estaba sudando. Le di una patada a una piedra mientras intentaba envalentonarme, salió disparada directa a la chapa de un coche y resonó como un disparo.

—¡Joder!

Me apresuré, al fin, a entrar.

El viejo no estaba, cosa que por alguna razón me inquietó más que calmarme. Tal vez era porque su ausencia era tan chocante como la ausencia del mostrador, o de las puertas, el suelo o las paredes. Me asomé a la puerta que da a las gradas y no vi a nadie ni en estas ni abajo, en la zona de la piscina. Bajé a los vestuarios y los encontré igual de desiertos. Una doble sensación me comía por dentro, miedo ansioso y excitación sexual, esta desusada, me cogía de improviso. Es absurdo, me decía, ella no es la dueña de la piscina y no ha podido citarme aquí para eso; tampoco ha podido colgar el horario ahí en el tablón de anuncios, eso es una locura. Me puse el bañador y el gorro. Había olvidado o perdido las gafas por primera vez en mi vida.

El silencio era absoluto en la piscina. Una parte de mí se dijo: sencillamente has llegado el primero. Y me calmé, o lo intenté, porque la otra parte de mí, el resto de mi ser, decía: huye, ¿acaso no sientes el peligro en ese atrofiado cacho de cerebro reptiliano tuyo? Lo sentía, por supuesto que lo sentía, pero el peligro dio paso al pasmo cuando me acerqué al borde de la piscina.

Habían retirado todo tipo de adminículos de la piscina, no solo las cuerdas que separan las calles, sino todo lo que suele rondar por una piscina, mucha gomaespuma y plástico de colores chillones. Pero eso no era más que un detalle absurdo que se me quedaba grabado, porque lo realmente impactante fue ver un montón de tiburones de verdad nadando tranquilamente detrás de la tranquila superficie, como si fuese una pantalla. Pero no era una pantalla, estaba viendo tiburones enormes nadar, cada uno a su rollo, como los pájaros en el cielo del atardecer. Parecían no notar mi presencia, y el tiempo de nuevo empezó a ser lo de menos.

—Horario de Tiburones —escuché lo que parecía mi propia voz saliendo de mi boca.

En cierto momento, un espectacular ejemplar de escualo se acercó al borde donde yo estaba parado. Recordé un sinfín de películas en que un bicho como el que tenía enfrente salía del agua y se llevaba a su humana y estúpida presa de un bocado. Pero ni me retiré ni me atacó, sencillamente se quedó ahí, mirándome con uno de sus ojos, de lado. Transcurrida una nueva eternidad, me resulta difícil de describir, sacó una aleta del agua e inmediatamente esta se convirtió en un brazo con la mano estirada hacia mí. Había visto ese gesto en la piscina miles de veces, y otras miles de veces había reaccionado a él de forma automática: me agaché y tiré de Laura. Desnuda y chorreando, me sonrió. No soltó mi mano y, con un leve gesto de su perfecta cabeza, me invitó a entrar en el agua.

© Noelia Santamaría Ordoñez

*Horario de Tiburones forma parte del libro de relatos no publicado Impureza De Lo Accesorio.

*Ilustraciones originales de Noelia Santamaría Ordoñez (Noe Black). Varios de sus trabajos pueden encontrarse en su perfil de instagram (@noeblack6661).

Fco. Santos Muñoz Rico

Fco. Santos Muñoz Rico (1979) es músico, poeta maldito, aficionado a cualquier tipo de lucha, amante del terror en todas sus formas, místico, medium, yogui, iluminado y oscurantista. Es autor de las novelas "La Ciudad De Los Infrahombres", "Aquí Hay Monstruos", "El Zombi: Una Historia Verídica", y "Juego De Sueños". Su relato "El Miedo" está publicado en la antología T.ERRORES, de Dentro Del Monolito, disponible en la plataforma Lektu.

13 comentarios

Avatar
David agosto 7, 2020 - 11:38 am

¡Me ha encantado! Estaba sufriendo por el pardillo y ni siquiera tengo claro si el final es el efecto de la sugestión o un toque mágico y surrealista. Pero desde luego, es un gran final. Por cierto, no sé porqué pero creo que me gustaría ser el viejo de la recepción.

Responder
Avatar
José Luis Pascual agosto 7, 2020 - 12:43 pm

Creo que la intención de Fran es dejar un final abierto a interpretaciones, pero coincido contigo. Me encanta este relato. Lo que dices del viejo requiere una explicación por tu parte, jajajaja.

Gracias por leer y comentar.

Responder
Franky
Franky agosto 7, 2020 - 4:12 pm

Gracias! quise que el final tuviese cierta cualidad onírica pensando sobre todo en lo difícil que sería para una mente humana asimilar una realidad tan fantástica.

Responder
Franky
Franky agosto 7, 2020 - 4:18 pm

JaJajaja, el viejo de la recepción debe ser sin duda uno de los tiburones y seguramente andará siempre amargado con los humanos sencillamente porque no son tiburones

Responder
Avatar
Román agosto 7, 2020 - 1:32 pm

Este cuento me encanta.
Condensa la misma adolescencia y la orientada y cambiante percepción que se convierte en verdad absoluta ante cada nuevo estímulo emocional.
Y esta imbuido de un irrealismo que me lleva a pensar en el después del relato.
Sabiendo que los tiburones, dentro y fuera del agua, se reconocen.
Genial.

Responder
Franky
Franky agosto 7, 2020 - 4:16 pm

Gracias, Román! lo cierto es que quería conseguir ese aire de irrealidad que tan bien maneja Clive Barker, ese ambiente irreal pero creíble, o creible narrativamente, ya sabes.

Responder
Avatar
Román agosto 8, 2020 - 9:53 am

Pues plenamente conseguido. Además, permite sacar tus propias lecturas y sensaciones, de forma individual. Y el transporte empático al personaje, que hemos sido todos en algún momento, resulta destacable. A seguir. Además, lo veo un texto que se puede integrar como anexo a más creaciones….

Responder
Avatar
Leon agosto 8, 2020 - 3:36 am

Creo que el autor debería documentarse un poco. Queda bien a las claras expuesta su deficiente formación como biólogo marino a la hora de tratar el tema elegido para su relato con tan iresponsable ligereza rayana en lo delictivo. Para colmo, hay en el texto una lamentabilísima falta de concordancia entre un artículo determinado y un sustantivo que me apresuro a no detallar para no avergonzar a nadie. En resumen, ¡buen trabajo, bucanero!

Responder
Franky
Franky agosto 8, 2020 - 6:05 pm

JaJajaja, incluyo siempre una errata en mis textos emulando a los tejedores persas que siempre dejaban un nudo sin cerrar en sus alfombras para que no se les confundiese con seres pretenciosos que se quisieran equiparar a Aláh, el Señor de los hombres y de los mundos

Responder
Avatar
LEÓN agosto 8, 2020 - 7:53 pm

JaJajajá, ¿no es posible quizá considerar que esa sobada historieta de alfombras cuasi divinas puede muy bien ser una parábola sobre lo pretenciosos que son esos tejedores? Pues mucho de chifaladura tiene que haber en quien por hacer una alfombra cree emular al señor de los espacios infinitos. Puedo imaginar a uno de ellos sobeteando su ampulosa condescendencia como un Nerón de las alfombras mientras se deleita con las uvas de la posibilidad de que al cerrar ese nudo que su supuesta humildad dejó abierto y lograr por tanto la perfección estaría entonces a un solo gesto de superar al mismísimo Aláh. Definitivamente, no soporto a esos esnsoberbecidos alfombristas del demonio. Abandona esa inclemente práctica, te conmino a ello en nombre de los que son capaces de equivocarse y cometer errores sin advertirlo emulando quién sabe si de esa manera también al mismísimo Dios. ¿O acaso el todopoderoso no tiene el poder de la inconciencia?

Responder
Franky
Franky agosto 8, 2020 - 8:44 pm

Pues tienes toda la razón de aláh

Responder
Avatar
AtxaKa agosto 22, 2020 - 10:53 am

A mí me da que a ese viejo huraño de la entrada lo conozco de las redes.
Y una duda que me ha quedado: ¿todos los tiburones eran mujeres? jajaja.
Buen relato amigo, me voy a la piscina.

Responder
Franky
Franky agosto 22, 2020 - 8:34 pm

Había machos y hembras, sin duda, y uno de los tiburones, estoy seguro, era el huraño de la entrada.
Gracias por pasar por aquí!

Responder

Deja un Comentario

También te puede gustar

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del usuario a través de su navegación. Si continúas navegando aceptas su uso. Aceptar Leer más