Relato: LA FORMA INICIAL (Diego Alonso)

por José Luis Pascual

Empezar el día pareciendo un cadáver es lo habitual. Tirado sobre la cama, con los músculos agarrotados y un olor que bien podría pertenecer a una descomposición avanzada. Para Pedro, la imagen de la dejadez y el abandono es la forma natural de cada mañana, y luego no es que la cosa mejore mucho. Lleva más de media hora en duermevela imaginando cómo podría arreglar las cosas. La tarde anterior la paciencia de su madre tocó techo y le dijo las cosas de la forma más clara posible, «Ya basta de quedarte en tu agujero, empieza a moverte o vete de esta casa».

No se lo tomó de la mejor manera posible. Repitió la misma cantinela sobre que ella no lo entiende, y se fue con un dramático portazo. Regresó a casa a las tantas de la mañana, con el sentido nublado y vómito en la ropa. Entró con un falso sigilo en su cuarto y se tiró sobre la cama. Hace un año no era un modelo de rectitud, pero tenía metas por las que se esforzaba y era un hijo amable. Tras el accidente las cosas cambiaron. Para empezar, su cuerpo terminó con una cojera severa y una rodilla frágil, lo cual se llevó toda opción de continuar su carrera como corredor. Y con su sueño se fue todo lo demás. Al principio su madre lo entendía y apoyaba, todavía lo hace a su manera, pero si lo deja seguirá compadeciéndose hasta morirse en su agujero.

Así que optó por el ultimátum.

Pedro logra levantarse. Su cabeza intenta reconstruirse a base de martillazos y gritos; o al menos así lo siente. Mira a su alrededor y ve el aspecto del desastre que llama cuarto; está constituido por un montón de suciedad, desorden, ira y abandono. No es un lugar en el que quiera vivir, y la noche anterior logró aceptarlo. Le da miedo volver a esforzarse y que todo se vaya a la mierda, pero en realidad ya está en ella, así que tampoco es que pueda ir a mucho peor.

Y su madre siempre está con él.

Se levanta decidido a hablar y decirle que las cosas empezarán a cambiar, pero no puede hacerlo así, el cambio debe empezar con un mejor aspecto. Primero debe irse a la ducha. Tropieza cayendo al suelo y haciéndose daño en la rodilla —mientras contiene un grito de rabia—, y luego se levanta con torpeza. Aparta un par de prendas y encuentra la causa de su tropezón: la condenada caja. Es parecida a una caja de zapatos, de un rojo sucio, y sobre la tapa tiene grabado un cero con ángulos rectos y un cuadrado dentro de este. Ni siquiera recuerda bien cómo llegó a tenerla o el motivo para conservarla, solo sabe que pesa mucho y que siempre termina por olvidarse de ella. Pero ahora tiene cosas más importantes que hacer, empezando por una buena ducha. Se despeja y descubre un par de moratones, se habrá caído otra vez, pero eso tampoco importa ahora. Sale del baño con mejor aspecto y, sobre todo, mejor olor.

Mientras avanza por el pasillo le llega el olor del café y piensa en cómo decirle a su madre que quiere cambiar las cosas. Antes de decidirlo llega a la cocina. La mesa está puesta; hay tostadas, mermelada, cereales, leche, café y zumo. Y su madre está de pie mirando por la ventana.

—Buenos días.

No recibe respuesta alguna, lo cual es indicativo de un claro enfado. No está seguro de cómo encarar la situación, quiere ser amable y decirle que va a cambiar, pero no es fácil encontrar las palabras para que le crea. Así que empieza a desayunar, se sirve un poco de café y le echa dos cucharadas de azúcar. Lo prueba y está tan bueno como siempre.

—Gracias por el desayuno, es perfecto.

La misma respuesta que antes, ninguna. Empieza a untar una tostada con mermelada de fresa. Está claro que está enfadada. No le ha dicho nada, ni tan siquiera lo ha mirado. Decide ir poco a poco.

—Siento lo de ayer, no debí ponerme así. —Espera alguna reacción pero al no verla sigue hablando—. Tienes razón, llevo un año escondiéndome y tú solo intentas apoyarme, debo empezar a cambiar las cosas.

Mira fijamente su espalda esperando que se gire y empiece la conversación, pero no ve nada más que su deshilachada bata gris, y una buena ración de indiferencia. Lo entiende, lleva mucho tiempo tratándola mal y reparar el daño será lento. Deberá hacerlo con actos y no solo palabras, pero está dispuesto a ello.

Respira profundo y continua.

—He pensado en ir a la frutería del señor Álvarez después de desayunar. Está cerca y estaba buscando un ayudante, ¿qué te parece? —Se levanta de la silla y avanza mientras habla—. Sé que no es gran cosa, pero puede ser un inicio, quiero cambiar las cosas, mamá. Estoy cansado de vivir así.

Se detiene a un par de pasos de la ventana con los puños apretados. Lleva mucho tiempo sin ser sincero y siente que todo se bloquea en su garganta. Un hilo de sudor le baja por la espalda y los latidos resuenan en su cabeza.

—Mamá, yo…

Coloca la mano sobre el hombro de su madre y sus hombros empiezan a temblar. En el primer instante Pedro piensa que está llorando, pero pronto el temblor se extiende a todo el cuerpo hasta convulsionar. La gira hacia él y ve que tiene un montón de manchas rojas por toda la cara.

—¡Mamá! ¿Qué te pasa?

No sabe qué debería hacer. Sigue hablándole nervioso pero ella tiene la mirada perdida. Tiembla con más fuerza. Pedro intenta sentarla y entonces ella lo aparta con una mano. Aunque decir que lo aparta es quedarse corto, lo correcto es decir que lo lanza con una sola mano. Él la mira confuso desde el suelo, acaba de lanzarlo un par de metros con una sola mano. Su confusión pronto se desvanece cuando ve que de las manchas rojizas comienza a emanar sangre. Se levanta aterrado por el bien de su madre pero no se atreve a tocarla, el empujón lo ha marcado, algo le está gritando «corre». Pero es su madre, así que lucha contra ese estúpido pensamiento fruto del miedo.

Los temblores se detienen y parece recuperar la consciencia.

Una pequeña sonrisa brota de sus labios y la calma parece vencer unos segundos. Hasta que la sonrisa se parte junto al resto de su cuerpo. Pedro ve aterrado cómo el torso se divide en vertical rompiendo la ropa y su interior. La abertura desciende mientras la sangre salpica en todas direcciones y las entrañas se esparcen por el suelo. La división se detiene a la altura de la cintura y el olor lo invade todo. Pedro jamás olió nada semejante, es como si un animal muerto le entrara por la nariz y se durmiera en su cabeza.

No puede evitar vomitar.

Escucha un golpe y levanta la mirada encontrando a lo que era su madre a menos de dos palmos. Retrocede arrastrándose y vomitando sobre él. La criatura avanza reconociendo su nuevo cuerpo, mientras en su interior se forman burbujas de carne que explotan entre sangre, pus y bilis. Pedro alcanza el pico más alto de pánico que su mente puede soportar y solo logra quedarse quieto mientras se orina. Entonces, donde las burbujas de carne estaban, comienzan a nacer dientes de todos los tamaños y formas.

Serrados, finos, curvos, largos, afilados…

Mente y cuerpo quieren salir corriendo, pero no logran trabajar juntos y sigue inmóvil. Cierra y abre con calma su nueva boca antes de avanzar hacia su querido hijo. La mandíbula de Pedro traquetea con fuerza hasta que, por accidente, se muerde y de algún modo algo se activa. Tal vez el dolor físico logra traer una pequeña parte de su consciencia. Se gira tan rápido como es capaz y empieza a correr. Al mismo tiempo que su antigua madre arranca tras él. Cruza el umbral de la cocina y gira a la izquierda. La criatura hace lo mismo pero va demasiado rápido y se apoya en la pared para lograr girar tras su presa. La puerta de la casa está al fondo del pasillo y Pedro corre tan rápido como puede…

Es demasiado para su rodilla.

Le falla haciendo que caiga al suelo a solo un par de metros de su salvación.

Diego Alonso

Diego Alonso R. se dedica a crear mundos e historias sin definición. Algunas de ellas han sido publicadas en revistas y webs como “El Narratorio” o en la antología “Orgullo Zombi”. Además, alimenta a su blog “Nacimiento de Escritor” en el que supera ya los cien relatos publicados. Monstruos, asesinos, realidades alternas, animales parlantes... Ninguna historia es descartable para este autor, y solo tenemos que leerlo para comprobarlo.

2 comentarios

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R.J. Cabrera agosto 14, 2020 - 11:36 am

Buen relato!. No conocía a Diego Alonso. A ver si encuentro más relatos suyos por internet. O podéis seguir publicándolos 🙂

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José Luis Pascual agosto 14, 2020 - 11:45 am

Me alegra que te haya gustado el relato, R. J. En la web de Diego (http://nacimientoescritor.blogspot.com) vas a poder encontrar muchos textos suyos.

Muchas gracias por comentar. Saludos.

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