ARI ASTER: EL TERROR DE LAS RELACIONES ROTAS

por Carlos Ruiz Santiago

Una vez, una profesora de escritura que tuve me contó que todas las historias que se han escrito tratan sobre la muerte. No siempre es una muerte literal, aunque bien puede serlo. Como muerte también se entiende una muerte sentimental (el final de una amistad, de un matrimonio) o una muerte profesional (perder tu trabajo soñado, ser expulsado de esa prestigiosa universidad). Todas versan sobre la muerte o, mejor dicho, sobre el miedo a esa muerte, literal o no. Como escritores, elegimos la muerte que más nos atemoriza y sobre esa escribimos, exorcizándonos en el proceso. Para Aris Aster, no hay muerte que le obsesione más que la de las relaciones con los que más queremos.

Ari Aster

Aster surge un poco de la nada hace un par de años con su primer largometraje y, en pleno 2020 y con tan solo dos películas en su haber, nadie dudará en catalogarlo como uno de los directores más prestigiosos del género actualmente, el cual es foco de grandes pasiones y un cine que, desde luego, no deja indiferente. Su opera prima, Hereditary, fue comparada con mucho acierto con El Exorcista, y Midsommar creó tantos adeptos como repudiados en una cinta muy personal e inquietante. En este artículo planeo desgranar las claves del cine de Aster, centrándome en su tema más caudal y como lo trata: la destrucción de las relaciones entre personas.

Vayamos por partes, porque este dueto filmográfico comparte y contrasta entre sí de muy variadas maneras. Comencemos por Hereditary. Aquí se nos presenta un drama familiar centrado en la madre y en cómo la tragedia va terminando de descomponer la relación con su hijo (me atrevería a decir que incluso con su marido, aunque este sea una figura menor dentro de la cinta). Eso, de un rápido vistazo igual podríamos darnos cuenta y es normal, es el eje central de la cinta. Es esa desconexión de la madre con sus hijos lo que la lleva a tomar malas decisiones, a no escucharlos ni querer afrontar junto con ellos los momentos duros y refugiarse en una parábola perfecta de los horrores que uno mismo crea cuando rehuimos del enfrentamiento con nuestras circunstancias, casi más atormentada por el hecho de sentir que ha fallado como pieza de su familia que por la desgracia que la rodea.

Nuestra protagonista es incapaz de delegar su dolor (o parte de él al menos) en sus seres queridos, con lo que, al cargarse con ello, acaba aplastada y tirada a los brazos de esa solución mágica que todos deseamos para nuestros problemas y que, como la película demuestra a través de la médium, no existe o, incluso más terrible y probable, es peor el remedio que la enfermedad. La vida es dura y huir de nuestros problemas solo nos destroza más, y Aster nos muestra a través de un horror del todo preternatural un drama del todo mundano.

Pero es que también es incapaz de perdonar a su hijo, de manera solo injustificada a medias, y eso acaba arrastrándola a la perdición, aunque ella lo quiera porque es su madre y sabe que el pobre chico sufre tanto como ella. Este será el canal principal de desgracias porque, cuanto más se desconectan ambos personajes y se alejan el uno del otro, por esa mezcla de desprecio y autodesprecio, todos los problemas van agravándose, quedándose por su propia mano solos en el mundo para luchar contra una amenaza que les supera por mucho. Por eso todas las posibles soluciones se encuentran lejos de esa aceptación del dolor y refuerzo de los vínculos madre-hijo y, por consiguiente, cada posible solución solo lo empeora todo terriblemente.

Fan art de Hereditary, © EthanSLAMBerry

Pero hay más. La desconexión no surge por las buenas, y a nuestra protagonista le viene de parte de madre, con la cual no tenía una relación ni medianamente sana y, de hecho, será esta abuela la que acabará orquestando todos los males. Pero es que la desvinculación que el hijo mayor siente hacia todos le impide afrontar el enorme peso que tiene encima, lo destroza y lo vuelve psíquicamente débil y un blanco perfecto para el horror que sobre ellos se avecina. No es casualidad que la película se nos presente y se nos cierre con miniaturas, acompañadas por la malsana obsesión de la madre de expresarse de maneras grotescas a través de ellas. Es una manera de relativizar, ella misma lo dice, mostrándolo como una expresión ínfima de lo que realmente es. En vez de enfrentar sus problemas, ella hace miniaturas que puede controlar, como un dios entre hormigas.

El elemento sobrenatural y los fantasmas casi podrían verse como sombras de culpabilidad, debidas tanto al desentendimiento como a la propia culpa que experimenta alguien cuando siente que debe sentir pena por alguien (por ejemplo, la muerte de una madre, por ejemplificar con la propia cinta) pero se ve incapaz de sentirla, o no al nivel que se supone debería. Y esto no está mal pero, al no exteriorizarlo y racionalizarlo, se queda dentro como un cáncer que hace que nuestra protagonista ni siquiera mire las cosas de su madre, acto que podría haber solucionado todos los problemas de índole sobrenatural de la historia antes de que sucedieran.

Incluso podríamos hablar del marido y cómo, a pesar de mostrarse mayormente cabal durante toda la cinta, el apartarse tanto y empatizar tan poco con su mujer hace que esta no vea un apoyo en quien mínimamente podría encontrarlo. Y todos estos problemas se captan antes de la desgracia que actúa de catalizador de todo esto.

Y el elemento sobrenatural, unido a ello. La oscuridad que crece conforme todo esto sucede, empezamos de día y la noche va nublándolo todo. No es casualidad que casi todos los hechos paranormales ocurran en la oscuridad. Quizás se trate de una típica relación entre el mal y las tinieblas, puede ser, pero también es una oscuridad menos tangible, más del terreno de la mente que la mera ausencia de luz. Ese terrible espíritu solo va causando su mal si puede, solo va representándose cuanto más desesperada es la situación de la familia, prueba de ello es que solo consigue poseer a la madre tras llevarla contra las cuerdas, o al hijo después de ese espeluznante final. La oscuridad es tan protagonista de la cinta como cualquiera de los personajes y, al igual que en nuestras mentes, oculta cosas que solo vemos a medias y que prometen aciagos augurios.

Fan art de Hereditary, © Tuherrus

Por otro lado, está Midsommar. La cara contraria de este díptico fue presentada como terror a plena luz del día, y con buenas razones. Esta es más polémica que la anterior, pues mucha gente la clasifica de aburrida y lenta. Es cierto que Hereditary tiene un terror más profundo y palpable, mientras que Midsommar juega con una inquietud diferente, algo más suave, que se va metiendo en tu cuerpo poco a poco, algo basado en los sentimientos como raíz más pura. Pues Midsommar va de la degradación y destrucción de una relación, esta vez de pareja.

Aquí la clave vuelve a ser la falta de comunicación, aunque esta vez toma otro cariz. Un chaval quiere dejar a su novia, siente que ya no le motiva, que le agobia y que no la entiende. La chica, por su parte, tiene un síndrome de la profecía autocumplida galopante y, con el pavor de perder a su pareja, no hace más que alejarlo. Entonces una desgracia terrible asola a la chica y su novio se ve incapaz de dejarla, y la cosa queda un poco ahí.

Estos dos puntos son claves para entender Midsommar: un novio que no entiende a su pareja y una novia que más que querer teme perder. Continúan juntos en una especie de piloto automático en el que ninguno está feliz pero ninguno de los dos se atreve a cortar con el otro, ya sea por lástima, miedo, costumbre o de todo un poco. Seguro que os habréis visto en una situación similar alguna vez. Lo peor de una relación no es que se acabe, y Aster lo sabe bien, lo peor es esa degradación progresiva y decadente, el no saber cuándo acabar las cosas cuando toca y dejar de batallar por el honor de un cadáver putrefacto, cosa estúpida por mucho que en vida fuera un fulgurante amor.

Todo cambia para esta pareja cuando, junto con unos amigos, van al festival del Midsommar. Esta comuna hippie sectaria a lo The Wicker Man basa sus prefectos en los sentimientos. Esto se remarca durante toda la película y queda muy claro con ese final donde vemos cómo todos sienten, como una extensión de los protagonistas, placer y dolor, pena y júbilo. No son más que una expresión de ese tóxico status quo rompiéndose, del novio renegando de la mujer que no quiere y que solo crea mal en su vida, y de la novia que reniega de una pareja que sabe que no la ama y que conserva solo por pavor a la soledad que solo la tiene en perpetuo dolor, asustada de su sombra. En el mismo final, ella llora, sí, pero también sonríe. Es esa sensación de, tras haber pasado algo muy doloroso, ser invadido por el alivio de haberlo superado y sentir que las cosas ya solo pueden ir a mejor.

Cartel original de Midsommar

Hasta la banda sonora acompaña este tema troncal, pues el sonido envolvente nos dará por una oreja gritos de dolor y agonía, y por otra unos felices cánticos. Si escuchamos en medio, solo oiremos una amalgama de ambos pero, moviéndonos para un lado y el otro, descubriremos esa verdad oculta, un poco como nuestros protagonistas.

Y es que esa es la clave del cine de Aster, el cómo la culpabilidad nos rompe, el cómo los sentimientos que no compartimos destruyen a quienes queremos, porque pocas cosas en esta vida hay más importantes que ser sinceros con uno mismo. La culpabilidad, con esos rostros entre árboles y paredes que se dejan ver en Midsommar, es perenne en todos ellos. Y es un miedo particular que es muy sencillo que nos afecte a un nivel personal. Yo mismo vi Midsommar en el cine poco después de romper con una pareja con la que llevaba años y la inquietud y el verdadero miedo que me creó son indescriptibles a día de hoy.

A Ari Aster le aterroriza perder lo que ama, y lo expresa de forma sublime. El declive de sus personajes, que va siempre aumentando el mal ajeno que los rodea, ya sea en forma de secta o demonio, es causado únicamente por ellos y por la mala gestión de sus sentimientos.

La diferencia fundamental entre ambas cintas es que Hereditary, oscura y penumbrosa, tiene un final que demuestra las terribles consecuencias de no manejar esos sentimientos como una persona adulta: la destrucción de una familia a todos los niveles. Por otro lado, Midsommar muestra un final más esperanzador: el fuego purificador que nos limpia por dentro, la tristeza liberada que nos permite seguir adelante, el aceptar que las cosas terminan y que eso no es el final del mundo, que está bien, que hay luz por mucho horror que nos rodee, quizás no mucha pero la suficiente para derrotar a la oscuridad.

Fan art de Midsommar, © PicardLouis

Al fin y al cabo, ¿qué nos da más miedo que la muerte?
Yo os lo diré, la muerte de quien amamos. Y quedarnos después solos, sin saber qué hacer con lo que tenemos dentro.

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