Relato: MEDIANOCHE (Pepín Flores)

por José Luis Pascual

© Rut Alameda

No dejan de mirarme. No hay forma de que dejen de mirarme. Lo he probado todo. Les he hecho de todo. Son como sacos de boxeo, como ganado colgado, trinchado en el gancho para su despiece. Y no paran de mirarme.

Me dijeron que no podía extinguirlos, que darían mucho dinero por sus cuerpos. Y aquí siguen. Y yo. Solos. Los demás ya no están. Solo yo he sobrevivido. Y hay algo, algo absurdo, que me ata a ellos, que me lleva a no empuñar la escopeta de caza. ¿Será amor? Dicen que el amor tiene muchas formas. Y esto es muy oscuro, apenas entra la luz por esos ventanales inmensos de ahí arriba. El agua ha deteriorado ciertas partes de su carne. Es curioso que les sean más perjudiciales unas cuantas gotas de lluvia oblicuamente esparcidas desde el cielo que los chorros a los que les tiene acostumbrados la manguera cada doce horas.

Pude dedicarme a otra cosa. Iba para ingeniero. Y ella lo arruinó todo. Ella y su paquete. Por qué coño tuvo que quedarse embarazada. Estaba horrible, tan gorda y deforme. Quería llamarla Noelia. Puta histérica egocéntrica. Era Nochebuena, íbamos a cenar a casa de sus padres, ricachón jubilado y ama de casa enterrada en botox.

Cracrack-bum!, cracrack-bum! ¿Para qué quería aquel viejo ese rifle? No había tenido que mancharse de barro en su asquerosa vida. Estaba algo oxidado, pero cumplió su función. Recuerdo cómo huyó hasta la cocina. Se atrincheró entre lágrimas y sangre salpicada en su preciosa blusa blanca. Colocó una silla cerrando el paso.

Lo mejor de aquel palacete es que no tenía cobertura. Primero oí el fracaso del socorro. Después, el deslizarse de un cuchillo, con el que se armó. Dos contra uno: madre e hija. Y con un cuchillo. Con un puto cuchillo. ¿Qué quería hacerme?, ¿matarme?, ¿a mí?, ¿al hombre al que debía su miserable vida infectada de pasta y lujos? La fábula del malote. Siempre ganamos nosotros. La niña pija prefiere la moto, prefiere el bofetón. Si yo muero, ella muere. Soy su razón de ser.

Yo iba para ingeniero. Había crecido sin padre y las ayudas que le daban a mi mamá fueron empleadas en que otras personas que no fueran ella me educaran. A los diecinueve ya había terminado todo lo que me pidieron los maestros y estaba listo para comenzar la facultad.

Pero ella tenía un cuchillo. Un puto cuchillo esperando para atravesarme de lado a lado como a un cerdo. La tontita de clase. La que adoraba perder las bragas en la parte de atrás del coche. Nunca se quitaba sus grandes gafas de sol. Parecía Audrey Hepburn. Se echaba sus cigarros post-coito y volvía a clase a pasar el rato. Las noches eran esclavas. Pasar, fotocopiar, recopilar apuntes. Todo para que doña ricitos sacara de notable para arriba. Porque aquí el angelito, el guardián de su corazón, enamorado como si el imbécil de Cupido me hubiese metido un estacazo, decía sí, sí, sí, cariño, sí, sí, sí.

Un puto cuchillo. No pensó en el riesgo para la niña. Un cuchillo. Un cuchillo contra el amor, contra el amor tan desbordante que sentí por ella cada segundo de su existencia hasta que la maté.

Iba para ingeniero. En el último año de carrera pasamos la Nochebuena en casa de sus padres. Por qué coño tuvo que quedarse embarazada. Un cuchillo. Un cuchillo y el amor al otro lado de la puerta.

—Abre. No me hagas tirarla.

—¡Sal de aquí, bastardo! ¡Déjame sola con mi bebé!

—Suelta el cuchillo y abre. Te prometo que no te haré daño, cariño.

La madera mojada es fría. La humedad de aquí es dolorosa, te atrapa, te oprime. Ellos no dejan de mirarme como suplicando una manta, una estufa, un abrazo. No tengo nada para ellos. Mi calor es la piedad de no tomar la escopeta.

Noelia no era tonta. Tiró otro cuchillo al suelo. De manera sonora. De falsa bandera blanca. No abrió. Yo iba para ingeniero. Calculé su silueta detrás del obstáculo. Calculé su sombra contrastada con la longitud de la puerta. Disparé. La bala hiló tres puntos: puerta, cabeza, pared. Sonó el cuchillo al caer. Un cuchillo. Un cuchillo contra mí, que iba para ingeniero.

—Suspenso. Has suspendido. Habéis suspendido.

No pensé en el suicidio. Jamás. Ni cuando estuve allí frente al cuerpo deshecho de mi prometida, con un gigantesco punto rojo en su vientre gritando papá, papá. Nunca. Ni siquiera cuando entré en esta empresa. Ya hace tres años. 

No dejan de mirarme, ni aunque les amedrente golpeando sus cadenas, ni aunque les apague cigarrillos en partes de su cuerpo cuyo nombre ni conozco. No cejan en su mirada, en su observación, parece que me escrutan, me juzgan, me estudian, me contemplan como a un canal desintonizado que no emite ni cambia de color. Me miran con ese mínimo hilo de oro en los ojos llamado esperanza. No sé qué esperan.

Iba para ingeniero y acabé aquí, en este infierno humano. Comencé de chófer, llevando y trayendo mercancía apestosa. Una noche, en la sierra, un loco se metió en el carril equivocado. El volantazo dio con el morro del auto estrellado contra un árbol y mi cuello a punto de partirse. El maletero quedó abierto. Colgaba un brazo. Lo mejor de la sierra es que no hay cobertura. No podía llamar a nadie. Ahí comprendí el sentido de la piedad. Maté a la madre de mi hija por no tenerla conmigo. Un cuchillo. Un puto cuchillo contra su hombre. La persona que me encargó ir a la sierra no iba a usar un cuchillo. Eso era piedad.

Había crecido sin padre. Podría pensarse que lo que devastó mi comportamiento fue la carencia de un hombre fornido capaz de golpearme impunemente. Pero no. Nunca me desmelené. Pude irme de casa pronto, con mi madre preocupada por la dosis diaria. Quedé en manos de personas buenas. Mis maestros fueron todo lo bueno que conocí. Eran envidiosos, injustos, egoístas, pervertidos, orgullosos, incompetentes. Eran personas buenas. Desde aquí, cuando miras arriba, cuando tus ojos saltan ese cristal roto de ahí, solo ves bondad, nostalgia de bondad. Lo normal, lo humano, sus mil defectos y racismos, sus mil religiones y bajezas, todo, todo es bueno. Es humano. Creo que… Creo que, tal vez, sea eso lo que tienen esos ojos que me miran y no dejan de mirarme.

Son carne, carne para usar. Es lo primero que aprendes. Carne. No llamé a nadie porque no tenía cobertura. Hubiera llamado, tonto de mí; hubiera dado el parte del accidente al encargado. Oye, que me he estrellado, ven a ayudarme, me retrasaré en la entrega del paquete. Trae la grúa. No hubieran usado un cuchillo conmigo. Eso es piedad.

Después de matar a tu hija te planteas muchas cosas, pero sabes que serás capaz de meter el brazo en el maletero y envolver todo como estaba cuando te lo dieron en el taller. Te planteas muchas cosas. ¿Pero era mi hija? Quiero decir: ¿se consideraba hija?, ¿se consideraba persona?, ¿ser humano? ¿No era carne? Lo que tengo delante de mí es carne. No son personas, son ojos que me miran desde la carne.

Te planteas cosas. Maté a mi profesor de último curso con un hacha el día que me dijo que no serviría para ser ingeniero, que iba a salir otro producto más al mercado, una oveja más parida del grueso intestino de un gobierno capitalista. Otro puto ingeniero. Qué poca delicadeza tuvo en sus palabras. Yo iba para ingeniero. Yo-iba-para-in-ge-nie-ro. Y tres hachazos más. El fuego hizo el resto. Adiós huellas, adiós vida. Tres meses después iríamos a cenar a casa de sus padres. Por qué coño tuvo que quedarse embarazada, con lo guapa que era.

Una vez entregado el cuerpo, el camino de vuelta fue un encuentro con la luz. Veía todo como si llevara gafas luminosas que proyectaran un chorro de sol al frente. No venía nadie por el carril contrario. Hice un buen trabajo. Te planteas seguir y vivir al margen de la humanidad. No dejan de mirarme, pero no me conocen, no saben de lo que soy capaz estos cuerpos desnudos.

Voy a subir a reparar la mierda esa que no para de gotear, no tengo nada mejor que hacer esta noche. Nunca sabes cuándo te van a llamar con otro desplazamiento. Pero yo ya no espero nada. Llevo meses aquí. Ellos siguen conmigo. Es increíble lo que aguantan estos seres. Me eduqué sin padre y he aprendido a cuidar, a embalsamar, tejer, cortar, amputar, emplastecer, reparar, coser, hurgar, sanear, trocear, anillar, enlatar, acomodar, engordar, cebar, enjabonar, seccionar, partir, romper, tapar, lavar, recuperar, mantener. Mantener. Mantener. Man-te-ner.

Un cuchillo contra mí, que iba a ser ingeniero en menos de un año. Su padre no sabía usar el rifle, nunca cazó, nunca mató un animal, nunca lo empuñó. Pero cumplió su función: morirse. Noelia no sabía que la bala iba a atravesar la puerta y su cabeza sin problemas. Sacaba de notable para arriba. Mantener es conservar, conservar es cuidar y tener cuidado a la vez, mantener es humanizar. No se sostiene bien la cinta esta porque sigue erosionándose con el agua y el cristal no da de sí como para poner una tapadera más elaborada. No dejan de mirarme mientras estoy aquí subido. Parezco una antena parabólica sintonizando su bienestar.

Hubiera sido un buen padre. Lo teníamos todo a costa del viejo. Pero ella no me quería. No tenía piedad conmigo. Su madre nunca me quiso, me vio malo desde el principio. Malo como la hierba mala, que los entierra a todos. Pero le gustaba a su hija. Me quería por mi capacidad para resolver conflictos. Por eso no llamé para dar el parte de la muerte del imbécil del carril contrario. No tendrían piedad conmigo. Ellos, no los otros, no los míos. Ella era como ellos, no tenía piedad. Por eso la maté. Por eso le maté con un hacha por decirme que no serviría para ingeniero. Pero he arreglado, al menos hasta dentro de dos días, el cristal este. Me miran. No dejan de mirarme, como si tuvieran algo que decir, como si quisieran llorar de emoción al verse menos mojados esta noche, como si quisieran aplaudir con sus ojos. Los oigo, oigo sus aplausos como el cuchillo falso cayendo al suelo. Falsa bandera blanca. Esa falsa bandera blanca de sus ojos de oro mirándome. Carne. Son carne y ojos menos mojados.

Nunca pensé en el suicidio, ni siquiera cuando me felicitaron por el trabajo de la sierra y me ascendieron a algo mejor. Ya no sería chófer. Podría volver a comer carne. En plato, con patatas troceadas. Conviene mantener. Y, sobre todo, mantenerse a uno mismo. Yo iba para ingeniero y era capaz de remendar cristales, entonces, claro que podía ocuparme de aquel trabajo.

Mi madre murió cuando yo era adolescente. A los catorce. La coca la mató. Nunca llegó a comer carne en plato, pero sabía manejar el hacha, también la escopeta. Ella sabía que yo llegaría lejos. Estaba calva, fea, se puso gorda y deforme. Nunca pensé en ella como mi mujer, me conformaba con conseguir que aprobara pasándole mis apuntes a cambio de sexo en el coche. No fumaba mucho, lo hacía para hacerse la interesante. Como si fuera Audrey Hepburn.

El trabajo número veintiocho salió mal. Ahora somos lo que somos por su culpa. No tuvieron piedad. No dejan de mirarme y de recordármelo. Da igual que les grite o les escupa. No dejan de mirarme. Había mucha niebla. Era un lugar oscuro y desértico, propicio para el intercambio. Llegué puntual. Dispararon. No sé por qué. No sé por qué. No sé por qué dispararon contra nosotros. No éramos humanos, no había necesidad de matar. No había necesidad. Yo iba para ingeniero y logré huir de allí con alguna bala alojada en algún lugar poco importante de mi cuerpo cuyo nombre no conozco porque no es importante, no es vital.

No te dicen para qué te quieren cuando te contratan. Pero vives en la calle. Iba para ingeniero y vivía en la calle, comiendo carne de los cubos. Te contratan y punto. Te contratan porque eres el malote, se te nota en las gafas de sol, que no te las quitas ni cuando no hace sol. Por pura pose. Y comes en la calle. Te prometen carne y encuentras carne. No hay preguntas, no hay botox que lo arregle, solo cinta de esa mala que no sirve para los cristales. Se cae en dos días. Siempre se cae en dos días. No sabes por qué, pero te disparan y se cae en dos días.

No tienes casa. Tu casa eres tú. Por eso es importante man-te-ner-se. Llegué aquí y los vi. No dejan de mirarme. Me recuerdan los disparos fallidos y los acertados. Me cayó una gota desde la cristalera de ahí arriba. Los vi y ni me inmuté. Pensé que me darían mucho dinero por ellos, que volvería al negocio. Y empecé a maltratarles. Sin piedad. Llevo dos meses aquí, ocho semanas si no me equivoco. Es increíble lo que aguantan sin dejar de mirar. Han aprendido a mantenerse.

Miro atrás y veo en sus ojos canales y canales que avanzan al golpe seco y raudo del dedo sobre el botón. Todos grises, en blanco y negro. No era mi hija porque no era un ser humano. Y yo sí lo era. Si hubiese sido un conejo, ella hubiera sido una comadreja, parecidos, pero no padre e hija. Qué gorda se puso su madre.

La Ingeniería Biomédica era divertida. Hasta que pasas hambre en la calle y aceptas transportar cadáveres para encubrir asesinatos y riñas de diverso origen. Y aquí ya no hay cristal que reparar. Las ratas no dejan de mirarme. Tienen más bondad y más humanidad que todas aquellas personas. Voy a cerrar la puerta de la sala para poder dormir y continuar mañana con el experimento. Sin piedad. No dejan de mirarme estas putas ratas, parece que fueran a dispararme con sus ojos de acero oxidado.

Tengo la bata ensangrentada de tanto apretarlas la carne. Me miran como si fueran humanas, como si quisieran escapar. Pobres insignificantes. No sabrían disparar un rifle, ni usar un hacha. Tuvo que largarse con él porque era profesor. Ya no necesitaba apuntes, tenía la lección cada noche en el asiento de atrás del coche. Parecía Audrey Hepburn después del coito con aquel imbécil. Me acogió como tutor legal cuando murió mi madre e hizo madre a la mujer que amé.

Se iba a llamar Noelia.

Pepín Flores

Pepín Flores (Madrid, 1992) es amante del terror y del escalofrío, más personaje que escritor, filólogo hispánico y lingüista. Es la mano negra de Altavoz Cultural, la tercera pata del banco formado por la bella Rut Alameda y el perverso Ferki López. Se rumorea que la última vez que se le vio fue en esta misma casa como firmante del relato Leche fría (T.ERRORES, 2020).

2 comentarios

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Hernán Uribe be diciembre 4, 2020 - 12:26 pm

Buenísimo…..

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José Luis Pascual
José Luis Pascual diciembre 4, 2020 - 8:06 pm

Coincido contigo, Hernán. Sin duda, es un texto diferente y lleno de imágenes y sensaciones para el recuerdo.

Gracias por leerlo y comentar.

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