Nomadland: la vida de los dinosaurios

por José Luis Pascual

Moverse como los dinosaurios. Eso es lo que reivindica Nomadland; la posibilidad de tener la suficiente libertad como para desplazarse a través de un país sin más ataduras que las que proporciona la propia tierra. Lo que nos cuenta la película no es un viaje iniciático, sino un viaje sin más, un traslado como pura y neta metáfora de la vida. Como sucede en una máquina de movimiento perpetuo, Fern, la protagonista, decide abrazar la libertad, regirse tan solo por sus propias normas. Vivir como los dinosaurios.

La caravana —o más bien la furgoneta— es su medio de vida, su hogar y su sustento. Una prolongación mecánica de sí misma que le proporciona esa libertad plena. En un momento de la película, la hermana de Fern le dice que su modo de vida no dista mucho de la de los antiguos colonos. Y esa es una de las grandes verdades de Nomadland, la de llegar siempre a un lugar nuevo, establecerse y marchar después en busca de otra tierra. La tierra que no es de nadie y es de todos, la que prospera con nosotros y se seca y muere con nosotros. De nuevo, una extensión del ser humano.

De forma inconexa, como sucede en la vida real, se nos muestra una serie de estampas o momentos que resultan en dos verdades contrapuestas: por un lado, la eterna huida hacia adelante; por el otro, el instante de plantar los pies en el suelo y sentir la arena bajo ellos, la brisa en el rostro, el frío en la piel. Correr para buscar la soledad; detenerse para admirar fósiles.

La directora Chloé Zhao hace hincapié en la influencia a menudo ignorada de la vida ancestral, en cómo el pasado nos afecta de manera ineludible. La historia de Nomadland es la historia de Estados Unidos reflejada en una actualidad invisible en los noticiarios pero absolutamente real. Hay mucha gente sin casa, pero más allá de ello, el mensaje radica en que hay mucha gente que no necesita una casa, que es capaz de encontrar momentos de inspiración y plenitud sin atarse a bienes materiales. Es casi una reconexión con nuestra parte animal, la realización de un ritual que desvanece de un plumazo la sociedad occidental y su nefasta e implacable voracidad. Al igual que sucede en Minari, el cine parece ir volviendo la mirada hacia la naturaleza, hacia lo primario y minimalista, hacia una vida más simple pero mucho más satisfactoria. Los tiempos obligan a ello. 

Luego está el mazazo al país. Estados Unidos proyecta al mundo una imagen de fuegos artificiales de todos los colores, mostrándose como una pantalla de máxima resolución en la que todos los detalles son admirables y ejemplares. Pero no deja de ser eso, una pantalla. Nomadland incide en verdades mucho más incómodas y comprometidas, siguiendo la senda que ya transitó The Florida Project. En ambas producciones, el tono documental traspasa la pantalla —esta vez la del cine— para que la verosimilitud sea tal que llegue a tocar la fibra del espectador de manera brutal. En el caso de Nomadland, esto se ve acentuado por la inclusión en el reparto de nómadas reales, personas que viven en las mismas condiciones que la película quiere mostrar. Con ellas como compañeras y maestras, Frances McDormand realiza una interpretación sublime, destilando una humanidad, una cercanía y un realismo que sobrecogen.

Hay algo que puede parecer incoherente en el discurso de la película, y es la inclusión de la todopoderosa compañía Amazon como elemento integrador y ayudador para gente en condiciones de precariedad. Supongo que el gigante de internet ha invertido dinero en la producción, y que el precio a pagar ha sido su presencia. Tomémoslo como una llamada a la responsabilidad social que tienen este tipo de multinacionales, esperando que sirva para que el ejemplo cunda y se pueda destinar una buena cantidad de sus ingentes ganancias a componer una sociedad más equilibrada. 

Más allá de la valentía y necesidad del mensaje, me gustaría destacar el carácter milagroso de Nomadland en cuanto a su poder transformador. Es cierto que el cine es entretenimiento, pero también es indudable su misión didáctica. En tiempos de crisis global y de una pausa planetaria, hemos de agradecer que el cine saque lo mejor de sí para enseñarnos a caminar como los dinosaurios.

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