Relato: SOLILOQUIO DEL ARACNOMANTE (Maximiliano Ponce)

por José Luis Pascual

Empezó de repente, sin ninguna explicación. Nunca antes me había interesado en las arañas. En mi sistema de creencias estas criaturas no tenían una importancia mayor a la de los piojos o los caracoles. Simplemente, existían. Pero entonces comencé a obsesionarme con la idea de que pudieran entrar en mi cuerpo mientras dormía. Durante el delirio que separa el sueño de la vigilia imaginaba que uno de estos bichos se deslizaba por entre mis labios, bajaba por mi garganta y llegaba hasta mis pulmones, donde se ponía a tejer una telaraña pegajosa y asfixiante.

A partir de ese momento ya no pude volver a descansar en paz. A veces despertaba en medio de la noche, sobresaltado, con una sensación de ahogo y ardor en el pecho. Entonces me ponía a toser y carraspear buscando expulsar de mi organismo a la supuesta invasora. Podía seguir así durante horas, hasta que por fin amanecía y me quedaba dormido justo unos minutos antes de que sonara el despertador…

«  « « gloc » »  »

Como podrás imaginar, esta creencia me llevó a incorporar extraños hábitos de limpieza. Antes de acostarme revisaba todas las esquinas y rincones de mi cuarto. Barría debajo de la cama, al costado de los muebles, pasaba un plumero por detrás de los cuadros y en el marco de las ventanas.

No era raro que durante estas inspecciones encontrara una arañita en un ángulo oscuro de la habitación. Yo interpretaba ese hallazgo como la prueba innegable de que mi obsesión tenía un sustento verdadero, que no era una simple fantasía provocada por la soledad y el aislamiento. Acto seguido, la aplastaba con el pulgar.

De forma natural, adopté la costumbre de dormir con algodones en los oídos y un barbijo. Era un hábito incómodo y excéntrico, y solo me pude dar el lujo de conservar esa manía porque vivía solo. (Ninguna mujer hubiera aceptado compartir la cama con un individuo tan raro).

Poco después, agregué otro mecanismo de seguridad: una bolsa de tela. Me la ponía en la cabeza y la ajustaba con bandas elásticas a mi cuello para volverla impenetrable. El material era bastante poroso como para permitir que ingresara el oxígeno, pero lo suficientemente hermético como para impedir la entrada de cualquier insecto.

Creo que recién entonces conseguí dormir sin interrupciones.

«  « « gloc » »  »

Cierta noche de invierno se me dio por encender la única estufa del ambiente. El clima caldeado y la medida de whisky que había tomado un rato antes me sumieron enseguida en un agradable sopor. Me puse mis algodones, mi barbijo y mi escafandra y me acosté pacíficamente boca arriba en la cama.

Fue un cambio sutil, como entrar desnudo en una tina con agua tibia. Sin darme cuenta, ya estaba del otro lado. Por supuesto, la señora que me encontró a la mañana siguiente huyó despavorida al verme tirado en la cama con aquella extraña bolsa en la cabeza. Para la policía, el veredicto fue inequívoco: suicidio.

Nunca descubrieron, nunca siquiera imaginaron que un nido de palomas obstruía la única salida al exterior del artefacto de gas. No me había asfixiado voluntariamente. Mi muerte había sido un accidente. Y ocurrió mientras dormía, mientras soñaba…

«  « « gloc » »  »

Aún conservo algunos recuerdos de mi infancia humana. (Sí, alguna vez fui un niño, así como tú fuiste una niña).

Me acuerdo que cuando tenía diez años todavía me daba miedo dormir con la luz apagada. «Es solo mi imaginación», me repetía, pero dejaba la puerta entreabierta, por las dudas. Apenas cerraba los ojos los veía. Llevaban el rostro cubierto con máscaras y caminaban con dificultad, como si portaran zancos. Si abría los ojos, seguían ahí, agazapados en el rincón más oscuro de la habitación, alargando en la sombra sus dedos raquíticos y helados. Yo solo atinaba a ocultarme bajo las mantas y apretar los párpados con fuerza, tratando de no moverme, de no respirar.

La persona con la que vivía, un hombre viejo y descolorido, toleraba mi presencia siempre y cuando me las arreglara para pasar desapercibido. Estaba acostumbrado a trabajar con muertos. Los peinaba, los vestía con ropa elegante, los maquillaba… daba la impresión de que iban a una cena de gala más que a una fosa bajo tierra. Yo sabía que todo sería más fácil si pudiera comportarme como uno de ellos. Como uno de sus clientes.

Una mañana, el viejo ya no despierta. El artista transformado en su propia obra. «Murió mientras dormía», dijeron los adultos, como si aquello fuera una especie de bendición. Cuando yo morí, algunos años más tarde, tuve miedo de encontrármelo del otro lado. Fue una suerte descubrir que terminamos en planos diferentes. (Los Soñadores Profundos siempre acaban encerrados en sus infiernos individuales).

A veces me pregunto cómo será el suyo. Me parece verlo en una galería repleta de ataúdes que de pronto suenan, como si unos puños golpearan las tapas desde adentro, pidiendo salir, pero cuando él se acerca y las abre el interior está vacío: siempre el mismo rectángulo acolchado de seda negra. Enseguida suena otro ataúd, un poco más lejos, y luego otro más, y el viejo corre de un lado a otro, abriendo y cerrando las pesadas tapas de madera, esperando encontrar un rostro humano en ese velatorio vacío y poblado de ecos. Pero nunca hay nadie, y el fúnebre redoble se prolonga sin término.

Toc, toc… Toc, toc…

«  « « gloc » »  »

Me gusta la forma en que el goteo de ese grifo corta el tiempo en perfectas rebanadas líquidas. Había olvidado esta versión del Tiempo. Es un poco mecánica, agobiante, pero tras probar un sorbo de eternidad su monotonía me resulta reconfortante.

Del otro lado las cosas son diferentes. Allí el Tiempo es una estructura de dos dimensiones, un reloj de diseño radial. Yo me desplazo libremente en este laberinto de líneas, como una araña sobre la geometría demencial de su propia trampa. Desde el centro de esta inmensa red puedo percibir el pasado y el futuro y los hilos que la componen están hechos de la materia oscura de los sueños. Mi única ocupación consiste en examinar esta telaraña cósmica y espiar las pesadillas de los pobres mortales. 

¡Ah, cuánta belleza y horror se esconden en los retorcidos diseños de este tapiz…!

«  « « gloc » »  »

Ahora ya lo sabes. Esto es lo que ocurre cuando la sustancia endeble de los Sueños se sumerge en las aguas negras de la Muerte. Esta es la razón por la que terminé confinado en mi universo-telaraña. Así fue que me convertí en un monstruo. El soñador transformado en su propia pesadilla.

A veces un hilo se pone a vibrar, como si un insecto se hubiera quedado atrapado. Son los Soñadores Profundos, que llegan hasta los bordes de mi universo arrastrados por las corrientes del Sueño. A veces es una mujer que entra en coma, un niño ahogándose en una pileta, un viejo que sufre una apoplejía durante la siesta. Yo trato de rescatarlos y llevarlos a mi plano —la soledad en mi reino es insoportable— pero sus consciencias son frágiles como burbujas flotando sobre un alambre de púas. En el momento del traspaso, se disuelven, estallan. Y yo acabo con las manos vacías. Solo.

«  « « gloc » »  »

Esta vez es distinto. Desde el primer momento me di cuenta de que nuestra conexión era más fuerte y duradera, como si estuviéramos destinados a encontrarnos. Tal vez cada infierno admite una sola pareja perfecta. Tal vez todos los otros intentos de unión fracasan si estas consciencias afines no se encuentran.

Ahora puedo percibir el mundo a través de tus sentidos. Mi cuerpo desnudo está sumergido en una tina y el agua tibia me llega casi hasta las orejas, apenas un centímetro por debajo de la nariz. Hay unas treinta pastillas en mi estómago, pero tomé la precaución de no ingerir alcohol (típico error de principiante). El suicidio es el único crimen realmente perfecto, pero hay que cuidar todos los detalles.

Un momento… ¿Qué es esto que estoy sintiendo? Mi pie izquierdo… se mueve. Los dedos de mi pie aprisionan la cadena del tapón y tiran hacia arriba… Una parte de este cuerpo quiere desagotar la tina… Un reflejo involuntario, sin duda… Los últimos impulsos eléctricos del organismo aferrándose a la existencia… O tal vez te arrepentiste y realmente quieres seguir con vida, después de todo. No sería la primera vez que pasa.

Cualquiera sea la razón, no puedo dejarte ir ahora. Nada puede detener nuestra unión inminente. Tengo que inmovilizarte de alguna manera, aunque no tenga control ni gobierno sobre tu cuerpo ni pueda… Oh, creo que ya sé lo que necesitas: una parálisis de sueño. Nunca falla a la hora de domar a una bella durmiente. Para ello solo necesito inyectar una imagen de horror en tu cerebro aletargado… Y no hay nada más horroroso que mi aspecto verdadero.

Aquí lo tienes. ¡Vamos… obsérvalo!

¡OBSERVA MI ROSTRO MONSTRUOSO!

«  « « gloc » »  »

Eso es, funcionó… Tus músculos están petrificados. Eres una estatua: una bella estatua de sal sumergida. Así está mejor. Ahora estamos listos para partir. Tranquila, tú no sentirás nada. Será como salir desnuda de una tina con agua tibia. Al igual que conmigo, tu muerte será mal caratulada. Suicidio, dirá un oficial tosco y mal dormido, y en cuestión de horas estarás acostada sobre una plancha metálica, con una etiqueta colgada del pulgar de tu pie izquierdo. No te preocupes por esa masa de carne y huesos; tú estarás aquí, conmigo. Supongo que me odias por arrastrarte a la fuerza hacia mi imperio de gasas mortuorias, pero puedo asegurarte que el infierno de agujas y espejos rotos que te esperaba del otro lado era mucho peor.

Nos vamos ya. El agua que te rodea empieza a entrar en tu cuerpo. La temperatura ambiente desciende, las luces se vuelven sombras, los ruidos del exterior desaparecen. Solo se escucha un último sonido, pero es ínfimo y sin testigos, como una lágrima cayendo en medio del océano.

Luego, la nada.

«  « « gloc » »  »

Maximiliano Ponce

Maximiliano Ponce (1984, Buenos Aires, Argentina) Es traductor y escritor de fantasía, ciencia ficción y terror. Sus relatos han aparecido en múltiples revistas digitales de Latinoamérica y España y recientemente ganó el segundo premio en el concurso de microrrelatos del Día del Tentáculo. Su relato «Operación Gualichu» apareció publicado en CoLiPuCiFa, una antología de cuentos de ciencia ficción y fantasía (editorial Caminos de Tinta), y su cuento «Una visión en el Castalio» forma parte de la antología T.ERRORES (Ediciones Medina). Actualmente se encuentra trabajando en su primer libro de relatos.

2 comentarios

Aldebarán de Canis julio 16, 2021 - 6:10 pm

Me ha gustado mucho este relato. Ha, arañas…

Responder
Aline julio 18, 2021 - 12:17 am

Muy bueno, escalofriante

Responder

Deja un Comentario

También te puede gustar

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del usuario a través de su navegación. Si continúas navegando aceptas su uso. Aceptar Leer más