La caja de Pandora: Alguien está mintiendo

por Lorena Escobar de la Cruz

Soy heredera de las novelas de Agatha Christie, firme defensora del género policíaco, nostálgica de aquellas tardes de invierno en las que no era tan mayor, ni tan madre, ni tan estresada y podía pasarme horas degustando los finamente hilvanados misterios de la incertidumbre.

Soy heredera del Cluedo, de las deducciones de Holmes, de las elucubraciones sobre cómo podría llevarse a cabo el asesinato perfecto. Parturienta y parida del suspense dibujado sobre un marco de giros sorprendentes y sospechosos inusitados. Si hay algún mayordomo en la sala, seguro que lleva las manos manchadas de sangre. El más simpático esconde un secreto terrible y ese viejo pañuelo de iniciales bordadas no es más que una burda trampa para despistar al investigador… Ah, tiempos de vino y rosas. Tiempos de células grises que poco a poco han ido cediendo a los años, los daños, a las obligaciones y otros derroteros que poco o nada vienen al caso.

Con este bagaje a mis espaldas y tras un paseo por las maravillosas series coreanas que me han enganchado con más fuerza que la yema de huevo con leche condensada, era inevitable caer en las garras de ese producto yanqui envuelto en papel de celofán que se llama One of us is lying, o dicho en la lengua de Cervantes Alguien está mintiendo, y que podéis encontrar, como no, en el todopoderoso Netflix.

La serie se basa en el libro homónimo de Karen M. McManus, un best-seller que no he tenido el placer de leer, pero que parece haberlo petado en el gran gigante, como casi todo lo que huela a adolescencia hormonada y thriller. Ya vengo yo de una buena dosis de drama juvenil en Estamos muertos, así que me preparé palomitas y manta para un derroche del poderío americano que suele mostrar su cara más ácida cuando se trata de esa segunda edad del ser humano, la que nos adorna la cara con acné y nos anida mariposas en el estómago que terminamos acribillando con la edad, amparándonos en el malinterpretado concepto de la madurez. El ser humano involuciona, claramente, y la gracia de la pubertad cede paso en la rotonda al veloz suspiro de la irónica edad que nos hace suponernos más listos, más fuertes, incluso algo más valientes. Mentiras encadenadas que nos creemos para no asumir que, directamente, nos hacemos viejos. Snif.

Pero volvamos a lo que nos importa, y lo que nos importa es que, lo que a priori parece un producto de degustación sencilla y argumento algo manido, se convierte, qué sorpresa, en un primer plato fresco y divertido que logra captar tu atención y no la suelta durante los aproximadamente cincuenta minutos que dura cada capítulo. Tampoco engaña, y no tiene pretensión de cumplir más allá de su objetivo: se trata de resolver un crimen cometido en el instituto con todos los ingredientes que tiene una buena novela policíaca: su asesinado, sus sospechosos, sus pistas o despistes y su debida investigación, con poli chunga incluida y algo de suspense para incrementar la (a veces escasa) acción. Hipótesis que esta vez van cuajando en la mente dispersa de los cuatro protagonistas: los únicos que se encuentran en el lugar donde se produce el asesinato. No voy a desvelar mucho más sobre esto y tampoco tendréis que esperar demasiado, porque el primer capítulo ya es el Lego formado y a partir de ahí solo hay que desmontar las piezas hasta llegar al origen de tan peculiar crimen.

El guion a cargo de Molly Nussbaum y Erica Saleh no es para tirar cohetes pero cumple su objetivo: no aburre a pesar de carecer de brillo. La dirección de Jennifer Morrison es correcta a razón de lo que tiene entre manos; no hay soberbia alguna ni falsas pretensiones en la puesta en escena de una serie de trago fácil e inexistente resaca. Es lo mejor de Alguien está mintiendo: te tocará a la puerta sin la intención de venderte nada, solo por el gusto de saber cómo estás e invitarte a una charla tranquila. El juego de suposiciones sobre quién dice la verdad y quién miente está conseguido, no es que te vaya a llevar a una ruptura de frame que te deje con la boca abierta (el final puede ser más o menos dilucidado, sobre todo si eres consumidor habitual del género detectivesco) pero sí que te va a inyectar la dosis justa y necesaria de enganche para que te apetezca ver hasta dónde llegan los protagonistas, qué puede sucederles, cómo les afecta a su vida personal y hasta qué punto la confianza y la desconfianza llegan a intercambiar los papeles como dos amantes que se repudian y se necesitan a partes iguales.

Quiero resaltar también la personalidad de cada uno de los personajes: tenemos al malo malísimo, muy buen papel el de Mark McKenna intrepretando al odiado y odioso Simon, una sonrisa cínica a la que se le termina tomando hasta cierto cariño. Está el malote de pasado incierto, Nate (cliché americano por antonomasia), papel interpretado por Cooper van Grootel, la líder de este club de asesinos, Browyn (Marianly Tejada), la empollona de turno que se desluce un poco como principal protagonista, Cooper (Chibuikeum Uche) que no se atreve a salir del armario porque está en juego su futuro como deportista de élite y su maravilloso novio (quiero una serie entera sobre Kris, por favor), actor secundario en la trama capaz de comerse la escena con su sola presencia, e interpretado por Karim Diane. Y por último está la gran sorpresa de la serie, Addy, deliciosamente interpretada por Annalisa Cochrane, cuya evolución psicológica a lo largo de los capítulos es uno de los aciertos, sin duda, de la producción.

 

Opaca al resto de protagonistas y sabe manejar con soltura la delicada mezcla entre drama juvenil y suspense, ofreciéndonos un escenario de juego aparte de la intriga que nos cuenta un montón de cosas que todos deberíamos saber acerca del amor, la posesión, y los celos. Porque hay series que son como capas y bajo el estrato principal te encuentras un submundo, algo decidido a anidar en tu cabeza y provocarte una reflexión que será mayor o menor en función de la situación personal de cada uno. Al menos lo intenta, y eso ya es decir bastante.

En definitiva, Alguien está mintiendo te hará pasar un buen rato, que es lo que pretende, y la olvidarás rápido, porque no pretende más. A veces la televisión nos ofrece eso: salir un rato del mundo real, que mata y muere, para meterse un ligero atracón de irrealidad, como esas ensaladas que tomas diciéndote que son lights pero que llevan más salsa que lechuga.

Una salida facilona pero justificable, pues como dijo el genio, hay que inyectarse cada día una buena dosis de fantasía, para no palmarla de realidad.

O algo así.

1 comentar

C.G. Demian abril 18, 2022 - 8:16 pm

Pues me la apuntaré para una tarde de esas en las que no te apetece pensar demasiado.

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