Semana de los bosques: Audiorrelato: El bosque de sangre (C.G. Demian)

por C. G. Demian

Con motivo de la Semana de los Bosques, tenemos el placer de presentar hoy un nuevo audiorrelato: El bosque de sangre, de C.G. Demian.

Con influencias de la actual fantasía oscura, El bosque de sangre es de esos relatos adictivos que se basan en una potente escena. En ella, los personajes han de lidiar con una situación desesperada, ya que son acosados por sus perseguidores en mitad de la noche. Por supuesto, en pleno bosque. 

Para ofrecer una experiencia completa, publicamos la audioficción, narrada en exclusiva por B.J. Sal, escritor y compañero en Territorio Extrañer, y debajo el texto íntegro de C.G. Demian. 

Disfrutad de este intenso relato.

Podéis escuchar El bosque de sangre aquí, o leer el relato completo a continuación:

EL BOSQUE DE SANGRE (C. G. Demian)

─No me gusta nada este sitio, apesta a cieno y, de noche, se escuchan ruidos muy extraños ─dijo Yerdan.

En aquel momento, una rama se partió no demasiado lejos de donde se encontraban.

─¿Lo ves? En este bosque suceden cosas raras.

─Tienes razón ─concedió Liblin─. Por eso mismo nos quedaremos aquí. Solo somos tres, ¿acaso pretendes enfrentarte a los hombres del Dux en una batalla campal? Aquí estaremos más seguros. Muy poca gente se adentra en el Bosque de Sangre.

─Yo tampoco lo hubiera hecho de no ser un prófugo. Solo el nombre ya pone los pelos de punta.

─La fama la tiene bien ganada ─afirmó Liblin.

Gorliak acababa de ponerse en pie. Había estado tumbado sobre un colchón de musgo desde que anocheciera. La luz de la luna menguante, que parecía un gajo de limón, apenas sí alumbraba lo suficiente para entrever sus ojos. Parecían serenos como los de un muerto.

─¿Qué quieres decir con eso? ─preguntó Gorliak con la voz tomada por el miedo.

Liblin hizo un gesto de desdén con la mano.

─No es para tanto ─dijo, restándole importancia─. Íbamos a morir de todos modos.

Gorliak lo agarró por las solapas de la única guerrera que le había conocido desde que se encontraran por primera vez hacía ya siete largos años.

─Maldito cabrón ─Un hilo de saliva se le había formado desde la comisura de la boca hasta el paladar─. Nunca debí fiarme de ti. Sabía que estabas loco, pero me negué a reconocerlo.

─Entonces, no me culpes a mí de tus desgracias, sino a ti mismo.

Con un empujón, Liblin apartó a Gorliak, y las solapas rebotaron contra la piel de la guerrera. Un pájaro ululó en alguna parte, una brisa trajo hasta sus narices un hedor putrefacto que Liblin olfateó con fruición.

─Se acercan ─dijo─. Después de todo, están casi tan locos como nosotros. Puede que incluso más.

No tardaron en escucharse unos pasos chapotear en el cieno. Las sombras fluctuaban en la noche de un modo extraño y los sonidos parecían llegar de todas partes. Gorliak sacó la espada de la vaina y la blandió frente a él. Sus dos compañeros le imitaron. En mitad de la noche, no eran más que una brizna de hierba inclinándose ante el viento. Yerdan trataba de calcular cuántos enemigos les acechaban, aunque desistió al poco rato, era una misión imposible. Solo podía asegurar que había muchos patrullando la zona. Los imaginó armados hasta los dientes, peinando cada palmo de terreno, ayudándose de faroles para desenmascarar la negrura del bosque. De pronto, se percató de que estaba temblando. La humedad le calaba hasta los huesos, y llevaban más tiempo del recomendable viviendo en aquella plantación de moho.

Los pasos se avecinaban. A su espalda escuchó cómo alguien se deslizaba entre la espesura. Liblin había desaparecido. En su lugar solo había unas ramas oscilantes que barrían la oscuridad. Luego, Yerdan oyó un extraño sonido que le hizo pensar en un oso rascándose la espalda contra un tronco. Si aparecía un oso, él mismo se clavaría un puñal en el corazón.

Gorliak le hizo señas para que se agachara. Yerdan se tumbó sobre la hierba alta. Ahora tendrían que pisarle para descubrir que se encontraba allí. A no ser que hubieran traído perros. Se encomendó a Iortus, la idea de que apareciera un oso ya no se le antojaba tan terrible.

Algo crujió entre la maleza y unas ramas se sacudieron a escasos pasos de donde se encontraba Gorliak. Este movió su espada y la luz de la luna incidió en la hoja. Un farol arrancó un pedazo de noche. Más hombres pisotearon la vegetación y nuevas lámparas desvanecieron las tinieblas. Ocho hombres armados hasta los dientes estaban plantados a escasos pasos de los huidos. No parecían haber reparado su presencia, aunque la suerte viraría en un abrir y cerrar de ojos. El hocico negro de un mastín se frunció entre las piernas de su cuidador. Produjo un sonido rasposo que a Yerdan le heló la sangre.

El perro comenzó a tirar con fuerza, la cadena que se enroscaba alrededor de su cuello se tensó y el hombre se desequilibró con la fuerza del animal. Retenido por la correa metálica, el mastín avanzaba hacia Gorliak despacio, pero con determinación. Entre la hierba era invisible, pero el entrenado olfato del can lo había localizado. Yerdan pensó en su madre antes de morir. Todo hijo debería llevarse el recuerdo de su madre al otro mundo.

El perro dio un tirón y la cadena escapó de la mano de su dueño. Con dos grandes zancadas, se echó encima de Gorliak, que lo recibió con el frío de su acero. El animal gimió quejumbroso y cayó al suelo inmóvil, apoyado sobre su costado derecho. Con el cuerpo del mastín todavía caliente a su lado, Gorliak se levantó para enfrentar la muerte. Los ocho hombres se abalanzaban sobre él, al tiempo que sacaban las espadas de las vainas. Yerdan se quedó inmóvil sobre la hierba, incapaz de reaccionar.

Nunca es demasiado tarde para descubrir que se es un cobarde.

Gorliak detuvo el primer golpe con el filo de su espada. Empujó a su rival y lo derribó con una patada. Retrocedió, pero un segundo guerrero ya le lanzaba una estocada al torso. Gorliak trastabilló e hincó la rodilla en el suelo. Estaba a punto de cruzar el portal de Iortus.

Un grito, más parecido al gruñido de un animal salvaje que a la voz de un humano, bramó en la penumbra que proporcionaban los faroles. Liblin enarbolaba su hacha con inusitada fiereza. Sus ojos enrojecidos eran ascuas chisporroteando en el telón oscuro que era su piel tiznada de lodo. Era el mismo Liblin que se había refugiado en la espesura hacía tan solo un momento y, sin embargo, había cambiado.

De su boca rezumaba sangre, una sangre muy roja, que se deslizaba desde la comisura de los labios hasta la barbilla, y que terminaba manchándole la pechera de la casaca. Su aspecto era feroz. A Yerdan le hizo recordar a una osa protegiendo a sus cachorros. En aquel instante, se sintió cómodo en el papel de osezno.

Liblin descargó el hacha para segar el brazo derecho de un enemigo. El hombre gritó de una forma horrible y se quedó paralizado, contemplando el lugar donde había estado su brazo. Casi no se dio cuenta cuando el hacha separó la cabeza del resto del cuerpo. Liblin continuó luchando con el mismo ímpetu. Sus movimientos eran ágiles y decididos y, uno tras otro, los enemigos fueron mordiendo el polvo. Gorliak y Yerdan, tirados sobre la hierba, observaban la evolución de la pelea. Liblin nunca había pasado de ser un guerrero mediocre. Lo que estaban viendo no tenía explicación.

Cuando todo terminó, Liblin se sentó sobre una piedra cubierta de musgo. Resollaba como un jabalí, mientras la sangre de sus enemigos se le secaba sobre la piel. Su aspecto era, si cabe, más terrible que cuando había emergido de la negrura del bosque. Yerdan y Gorliak se habían puesto en pie, y admiraban los cuerpos descuartizados que estaban esparcidos por todas partes. Liblin sonrió de un modo macabro. Yerdan apenas era capaz de reconocer aquellos ojos preñados de locura. De su boca todavía se derramaba aquella sangre de un rojo tan vivo que parecía irradiar luz propia.

─No me deis las gracias, suelo salvaros la vida a diario ─dijo, y esbozó una sonrisa melancólica.

─¿Qué demonios ha sido eso? ─preguntó Gorliak con un hilo de voz.

Liblin se limpió la barbilla con la manga de la guerrera.

─Os dije que el bosque tenía bien merecido su nombre. Por los troncos de estos árboles no viaja savia, sino sangre. Ya habéis comprobado los resultados cuando se ingiere. Pero, si te excedes con ella… Bueno, será mejor que no pensemos en esas cosas. Parece que he tomado la cantidad justa.

Se palmeó los muslos y, a continuación, rebuscó algo en los bolsillos de la casaca. Terminó por sacar una hogaza de pan y un pedazo de queso envuelto en papel.

─¿Soy el único que tiene hambre?

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