Relato: OJOS GRISES (William C. Rilley)

por José Luis Pascual

Conocí a Julietta la noche con la luna más tímida de aquel soporífero verano. Lo cierto es que ni puedo ni pretendo recordar cuánto hace ya de aquel momento, pues por más que lo intenté en el pasado, lo único que siempre viene a mi mente cada vez que me esfuerzo por rememorar aquellas imágenes, son sus enormes ojos grises que reflejaban la oscuridad de aquella noche sin luna. Aun ahora, no sé si repetiría los mismos errores sabiendo lo que pasó después. Quizás no había nada que hacer y todo fue inevitable, pues todos tenemos un destino que cumplir.

 

—Disculpa, ¿tienes fuego? —su voz sonó en mis cargados oídos a niña triste que se niega a crecer.

—No, lo siento, no… fumo —atiné a decir con torpeza, antes de quedarme prendado de aquellos extraños ojos de tono grisáceo que destellaban con cada luz que había en la discoteca. Me maldije a mí mismo por llevar una vida tan sana y libre de humos.

Luis se apresuró a sacar su encendedor y extenderlo, orgulloso y llameante, para que la chica se sirviera. Maldito Luis, nunca perdía una oportunidad.

—Siempre hay que estar preparado para servir a una dama, Carlos. Ya deberías saberlo —apuntilló sonriente—. Me llamo Luis, por cierto.

—Julietta. Con dos “tes” —respondió a ella a la camuflada pregunta de Luis para averiguar su nombre. Se encendió el cigarrillo, haciendo que sus ojos brillaran aún más con la incandescencia del encendedor, y quise adivinar en su cara un extraño intento de sonrisa difusa enmarcada en una descarnada palidez que se me hacía imposible con el sol de Sevilla en verano.

—¿Italiana? —prosiguió incansable mi compañero de oficina—. No acabo de ubicar tu acento, pero estoy seguro de que sevillana no eres.

—No. Soy de lejos. Dejémoslo ahí. ¿Tu amigo es el callado de la pareja? —preguntó, señalándome con la mirada mientras le daba una calada al pitillo.

—Carlitos es demasiado bueno. De los que no habla por no ofender. Yo soy más activo —sonrió con picardía.

—Me gustan los chicos buenos —cristalizó con sequedad, destrozando a Luis de un plumazo.

—Yo puedo ser muy bueno… si hace falta —insistió mi amigo.

—Lo dudo, yo… digamos que puedo oler esas cosas. Dime, Carlos —me miró, dejándome ya desarmado—, ¿no me sacas a bailar? —Exhaló el humo de la última calada y, ahora sí, estoy seguro de que me sonrió. No pude evitar pensar que cada sonrisa suya costaba un mundo—. Hoy tengo antojo de chico bueno —puntualizó.

Antes de darme cuenta, aquella preciosa muchacha con apariencia frágil me estaba cogiendo de la mano y arrastrándome al centro de la pista. Cuando su mano me agarró pude comprobar que aquella supuesta fragilidad solo era una fachada, pues la fuerza que transmitía, unida a su frío tacto, a duras penas dejaba correr la sangre por mis dedos.

No recuerdo el tiempo que estuvimos bailando bajo la mirada inquisidora de Luis, ni siquiera soy capaz de evocar las palabras que ella iba deslizando en mis oídos con un susurro dulce y sereno, pero sé que hacía mucho rato que había decidido seguir a aquellos ojos a donde quisieran llevarme. La primera parada fue el parking exterior de la discoteca.

Cuando salimos afuera pude percibir mejor la oscura profundidad de sus ojos con la escasa luz que la luna brindaba aquella noche. A pesar de brillar de manera extraña con cada reflejo del lugar, parecían unos ojos sin vida, casi inertes, pero incluso así, me era completamente imposible dejar de mirarlos. Ella lo sabía y me agarró la cabeza para clavarlos aún más en mis pupilas antes de besarme sin mediar palabra. Creo que fue en ese momento cuando el tiempo se detuvo para mí, desgarrando el velo de la realidad de mi cerebro y haciendo que nada de lo que pasara a continuación permaneciera en mis recuerdos. Floté sin saber muy bien en qué dirección me llevaría aquella aventura.

Me desperté en una cama extraña, ajena, sobresaltado y desorientado. Un enorme ventanal abierto me mostraba que aquella escurridiza luna seguía reinando en el cielo. Una habitación desconocida inundada por un mar de oscuridad que calaba los pies de mi valentía y mi cordura. Estaba desnudo de cintura para arriba y sudaba a mares, no solo por el calor veraniego de la noche sevillana, sino porque mi cuerpo ardía. Notaba cómo mi frente quemaba y mis huesos se dilataban con el calor desatado que se desprendía de mi interior. Me sentía mareado, acrecentando mi sensación de confusión y pérdida en aquella habitación siniestra de hostal barato donde el olor a mediocridad reinaba. No era capaz de recordar cómo había llegado allí, por lo que intenté incorporarme torpemente en la cama para ver dónde estaba. Al levantarme, un fuerte dolor en el cuello me hizo llevarme la mano a la parte izquierda del mismo. Algo pegajoso, casi gelatinoso, se adhirió a mis dedos. Olía a sangre secándose. La mía. Palpé mi cuello como pude, ignorando las incontables señales de dolor que mis terminaciones nerviosas mandaban. La herida se sentía fea y grande, casi deforme, como si cientos de cristales rotos hubieran aserrado mi piel con profundidad y de manera aleatoria, con la saña de un niño dios asaeteando el cuerpo de una lagartija; y sin embargo, no había muerto y la herida parecía cerrarse con extraña rapidez. Mi mente me decía que no era posible, mi cuerpo solo temblaba dolorido. Un tambaleo infinito antes de sostenerme sobre mis pies y una habitación que no paraba de girar sobre mí pese a la oscuridad reinante. La náusea me invadía y mi cuerpo quiso buscar aquella sucia cama de nuevo por pura inercia. No me dio tiempo a hacerlo.

—Hola, mi amor. Te has levantado antes que la mayoría. Sabía que no me equivocaba contigo. Lo olí desde que pusiste un pie en la disco.

La voz de Julietta seguía teniendo un extraño deje a deseada orfandad, pero ahora podía percibir en ella una nueva profundidad que antes no había notado, como si le hablara directamente a mi cabeza. El escalofrío que recorrió mi espalda hizo que el sudor se tornara en un frío cristal que laceraba mi cuerpo haciéndome tiritar en pleno agosto andaluz. El sonido de su timbre en mis oídos hizo las veces de llamador de recuerdos que se agolpaban en mi mente como si del montaje cinematográfico de un director novel con ínfulas se tratara. Mi cabeza anhelaba estallar para separarse del resto del cuerpo ante aquel torrente de miedos conjuntados que veía pasar ante mí: una habitación oscura, los ojos grises de Julietta encendidos en una esquina, su boca deformada, mi cuerpo paralizado mientras ella saltaba sobre mí, mi cuello destrozado y un dolor extrañamente placentero instantes antes de perder la consciencia.

—¿Qué me has hecho? —balbuceé torpemente. Hasta que no intenté abrir la boca no fui consciente de lo que me costaba hablar. Quizás la herida en el cuello era más profunda de lo que había imaginado.

—Un regalo —respondió, abandonando la esquina en sombras en la que se encontraba hasta ahora. La luz que entraba por la ventana la iluminó y pude vislumbrar de nuevo aquellos ojos brillando en la oscuridad de la habitación—. Ahora no lo verás así, pero te aseguro que te he hecho un gran regalo, formar parte de algo mayor, algo imperecedero. Pero tenemos que terminar lo que empezamos —prosiguió, mientras se acercaba lentamente hacía mí, elevándose como si sus pies flotaran sobre la sucia moqueta que olía a amor barato de segunda mano.

Ni el más estúpido y descuidado espécimen de la raza humana hubiera dudado de lo que estaba ocurriendo allí. No me molesté en recordar viejas películas de la Hammer ni cómics sobre terror; fuera lo que fuera Julietta, se había alimentado de mí y tenía intención de volver a hacerlo para completar aquello que tuviera en su mente. No podía permitírselo, por más que lo único que anhelaba mi fatigado cuerpo era volver a aquella mugrienta cama.

—¡Aléjate! —fue lo único que atiné a decir con mala pronunciación mientras reculaba con evidente torpeza. Topé con el marco metálico y viejo del ventanal que estaba a mi espalda. Aún ahora no sé si me caí por el poco control que tenía sobre mis piernas, o si me tiré de manera inconsciente por el pavor que la imagen de Julietta levitando con los ojos encendidos me producía.

Antes de poder pararme a pensar, sentí mi cuerpo caer de espaldas por la ventana y un blando rebote previo al impacto contra el duro acerado del centro de Sevilla. Un adoquinado que dotó de dolorosa realidad a una atribulada cabeza que no sabía bien dónde se encontraba. El golpe en la espalda no fue mortal, pero sí lo bastante fuerte como para hacer que mi cuerpo se olvidara del dolor del cuello. Tumbado sobre la calle, miré hacia arriba para darme cuenta de la situación. El toldo que había sobre la entrada del hostal había frenado el golpe tras la caída por la ventana del segundo piso, desde la que Julietta me observaba con una sonrisa que hizo estremecer hasta al más cuerdo de mis pensamientos. Su boca era una suerte de deformada cordillera sanguinolenta que resplandecía aún más con el contraste de sus ojos grises brillantes, sus manos se habían convertido en teratológicos apéndices alargados y punzantes que me señalaban desde la altura del hostal. Con la visión parcialmente emborronada por la mezcla de sudor y miedo, dudé si lo que veía era cierto o si mi vista me jugaba una mala pasada: el cuerpo de Julietta parecía volverse etéreo, casi neblinoso y se deslizaba a través de la ventana en dirección a la calle. En apenas dos segundos, una nube parcialmente translúcida con dos enormes ojos grises y brillantes flotaba sobre el toldo en el que acababa de rebotar. Supe que venía a por mí.

Me giré de manera lastimosa sobre el suelo para ponerme en pie y correr en dirección contraria. El cuerpo parecía resistirse a responderme, víctima del dolor generalizado y la herida, ya casi cerrada del cuello, por la que era evidente que había perdido mucha sangre. El calor seguía rezumando por cada uno de mis poros y notaba una extraña picazón en la zona donde Julietta me había mordido. Trastabillé varios pasos antes de conseguir lo que yo creía que era un rumbo fijo y con verticalidad; ahora lo pienso y creo que la imagen de un tipo con el torso desnudo, sudoroso e intentando correr torpemente, sería dantesca para los escasos turistas extranjeros que a aquellas horas de la madrugada aún pululaban por las calles de Sevilla. Ni siquiera pensé en pedir ayuda a aquellos pocos con los que me cruzaba, tan solo quería correr todo lo lejos que mis atontadas piernas me permitieran.

Al girar en la primera calle que tenía hacia mi derecha, pude ver de soslayo cómo la forma neblinosa de ojos brillantes volvía a recobrar lentamente su figura humana. Como si estuviera hipnotizado por el espectáculo, no pude evitar mirar cómo aquella maraña de humo oscuro iba tornándose en el cuerpo grácil y bien proporcionado de Julietta, quien a unos pocos metros de distancia me miró y me sonrió de nuevo con aquella misma frialdad que había visto en la habitación. Esa diabólica mueca me hizo volver a correr tanto como mi cuerpo fue capaz.

—No huyas, Carlos. Ya eres mío —susurró. Y percibí aquellas palabras como si las dijera mi propia cabeza, como si ella hablara a través de mis pensamientos y no pudiera evitar oír su voz por más lejos que intentara irme.

Por pura memoria visual emboqué la entrada al Callejón del agua que da acceso al famoso barrio de Santa Cruz. Sus calles antiguas y estrechas, sin apenas luz, serían un buen escondrijo, habida cuenta de que por mucho que intentara correr, en mi estado no podría huir de ella por velocidad. A duras penas podía mantenerme ya en pie, las piernas parecían hundirse sin remedio en el adoquinado a cada paso que daba y la picazón del cuello había dado lugar a una extraña rigidez que se empezaba a extender por mi espalda. Mi huida se había convertido en un alarde de torpeza que se manifestaba con traspiés y resbalones en cada esquina cerrada y cada giro que intentaba. No podía seguir corriendo, yo lo sabía y ella lo sabía, pues durante mi callejear errante no cesaba de oírla directamente en mi cabeza, susurrándome, riéndose, llamándome por ni nombre, y con cada llamada las ganas de correr menguaban y mi cuerpo era menos mío: cedía irremisible a su voluntad.

Convertido ya en una suerte de simio decadente que usa las manos para apoyarse, viré en la calle más estrecha y oscura que encontré en la Judería. Me dejé caer, febril, tiritando y casi rígido sobre el primer rincón al que mi cuerpo me permitió llegar. Arrumbado en la silente oscuridad que apestaba a orines de borrachos y turistas despistados, esperaba que Julietta no me viera. Desde mi posición vi aquellos enormes ojos brillar al girar la esquina que daba acceso al callejón donde yo me agazapaba. Caminaba sin prisa, con elegancia y con la orgullosa seguridad del cazador que sabe que la presa está abatida y solo tiene que cobrarla. Se paró en seco en la entrada de la callejuela y aun en la oscuridad supe que aquellos ojos miraban directamente al pequeño hueco donde yo me encontraba. Sonrió.

—Vamos, mi amor, es hora de acabar la ceremonia. Serás mío para siempre —pronunció con la misma dulzura que había conocido en la discoteca horas antes. Esta vez, estaba seguro que era su voz directa la que oía y no la que mis pensamientos me dictaban—. ¿No sientes ya cómo crezco dentro de ti? ¿Cómo mi regalo se extiende por tu cuerpo cerrando la herida? ¿Cómo nos fundimos el uno con el otro?

No sabría explicar por qué, pero lo cierto es que en aquel momento supe que ella decía la verdad. Algo cambiaba dentro de mí. Había comenzado a hacerlo desde que desperté en aquella habitación, pero ahora lo paladeaba en cada respiración, en cada pestañear sudoroso. La herida del cuello había ido cerrándose a la par que la fiebre y la rigidez se apoderaban de mí, y en lo más profundo de mis pensamientos, allí donde habitan las ideas que nos prohibimos a nosotros mismos, comenzaba a desear que aquel ser con forma de ninfa infernal completara lo que había iniciado.

Julietta se acercó con regia lentitud a mi posición, degustando el momento como el sibarita que olfatea con gozo el postre recién hecho antes de saborearlo, y cuanto más cerca estaba, más crecían en brillo y oscuridad sus diabólicos ojos grises. Mi cuerpo temblaba, mi parte inconsciente la deseaba cada vez más. Dudé si el olor a orín era ya solo el que pertenecía al callejón o yo estaba poniendo de mi parte. Con paso grácil, casi caminando dulcemente por el aire, se colocó a un metro escaso de mí. Solo veía con nitidez sus ojos brillantes, cada vez más grandes, cada vez más grises. Casi tumbado, con la parte superior de la espalda aún apoyada en el hueco que había encontrado, palpé el suelo en una búsqueda instintiva y a ciegas de algo con lo que defenderme. Alcancé lo que a mi mano derecha, casi dormida, le pareció un trozo de adoquín desprendido del suelo. Lo agarré con fuerza. Solo tendría un intento y apenas energías para llevarlo a cabo. Ni siquiera estaba seguro de que aquello funcionara, pero sabía que en la discoteca la había tocado, y si tenía cuerpo físico podía sangrar y morir. Al menos eso deseé.

Antes de que me diera cuenta, saltó sobre mí con la fuerza de un tigre que se agazapa para cazar. Me agarró por los hombros, hundiéndome con furia contra la pared que estaba a mi espalda. Sonido seco a arenisca cayendo de la pared, olor a mi propia sangre aún húmeda en su aliento. Justo en ese momento, la luna quiso perder parte de su timidez para despedirse de mí y pude ver las fauces dentadas de Julietta abiertas de par en par en dirección a mi carótida derecha. Sus colmillos sobre mí, mi mano alzando la piedra con la fuerza que me quedaba. Un duelo de velocidad que apenas duró una décima de segundo. Una décima para salvar mi vida. Todo se volvió negro.

No puedo recordar cuánto tiempo ha pasado desde aquella noche, aunque  intuyo que bastante como para que cualquiera que me conociera me haya olvidado. Ni siquiera estoy seguro de lo que sucedió después, pero puedo suponerlo. Quizás se abrió una investigación, quizás Luis me buscó esa noche. Poco valor tiene ahora, pues esa vida quedo atrás, muy atrás. Debo llevar mucho sin despertar, sin alimentarme, pues incluso en esta completa oscuridad puedo sentir mi piel envejecida y pegada directamente a los huesos. No importa, debo romper el ataúd y salir. Desde aquí la siento, me habla con mis propios pensamientos. Mi reina me llama. Esta noche la luna vuelve a ser tímida.

William C. Rilley

Bajo el pseudónimo William C. Rilley se esconde un osteópata de profesión, guionista por vocación y escritor por afición. En la actualidad cuenta con varios cuentos y relatos publicados tanto en físico como en digital mediante diversos concursos y certámenes así como los publicados en su propio blog «Sobre lecho blanco curvas negras». En breve publicará su primera novela a nivel nacional con la editorial Piedra papel y libros.

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