REIVINDICANDO LA FIGURA DEL LICÁNTROPO

por Carlos Ruiz Santiago

¿Qué nos hace humanos? Seguro que alguna vez os habéis preguntado sobre la realidad intrínseca de este concepto. Platón decía que el hombre era un ser bípedo e implume. Como definición es vaga cuanto menos, básica, aunque también es cierto que esta frase se la atribuyó Diogenes el cínico, otro filósofo excéntrico con más de una cosa en contra del discípulo de Sócrates. Sin embargo, creo que es en los griegos donde encontramos una respuesta más o menos acertada. Para ellos, nosotros éramos, en parte, dioses. Creían que, cuanto más huyéramos de nuestros impulsos primarios, más nos alejaríamos de las bestias y más nos acercaríamos a lo divino. Por resumir: la civilización nos hace divinos. No obstante, ¿qué hay de ese lado animal? Si estamos en el punto medio, debe de pulular por ahí, ¿no? Parte de nosotros es ese lado bestial, salvaje, animal. ¿Qué hay de eso tan primitivo que nos hace y que tan parte nuestra es como la civilización misma?

Los monstruos siempre superarán a la realidad, porque ellos apelan ya a miedos reales, solo que los exacerban, les dan un aura física y tangible. Los vampiros son el pavor a perder a los que queremos, la momia o el monstruo de Frankenstein son el temor a lo desconocido (uno referido al pasado y otro al futuro) Entonces, ¿dónde entran los hombres lobo?

Ellos son el miedo a perder el control.

El inolvidable Waldemar Daninsky, interpretado por Jacinto Molina, en La Noche de Walpurgis, un impasable de la licantropía.

Por eso tienden a ser un miedo tan universal, a tener tanta fuerza. ¿Quién no ha visto Un día de furia (1993) y ha pensado que podrías ser él? Es el monstruo de la clase baja, de la ira del proletariado, de los explotados y rotos. No son condes ni burgueses de sangre azul, con sus buenos modales y sus colmillos afilados, son bestias salvajes. Son lo caliente del corazón, es toda esa ira, esa injusticia reprimida que estalla de la forma más brutal. El licántropo es nuestro miedo a perder lo que nos hace civilizados y destrozarlo todo, a dedicarnos, como lo llama un amigo mío, a la vida pirata. El yo por encima del conjunto, la muerte de todas las máscaras que nos colocamos y la prueba fehaciente de la sociedad de papel mojado en la que vivimos y que cómodamente llamamos civilización.

Por eso, un aspecto clave para ellos ha sido siempre el momento de la transformación. Este es el eje central del hombre lobo, el pilar sobre el que todo se cimenta y a través del cual puedes decir si una obra de licántropos es buena o no, porque si se hace mal se muestra la incomprensión del concepto esencial: la transformación física, psíquica y anímica y su dolor y liberación consecuentes. Es vital que duela, que cruja y se grite y se aúlle y los músculos se retuerzan y la piel se raje como un telar viejo. La transformación es vital y debe de ser desgarradora, en especial la primera vez. ¿Por qué? Porque abrir los ojos duele. Porque luchar contra el sistema, porque aceptar la bestia que ya los griegos nos estigmatizaron hace 25 siglos no es sencillo. Porque es una prueba de cómo el control se nos escapa de las manos a marchas forzadas, de que todas sus perfectas oligarquías y sistemas son humo. Por eso la famosa transformación de Un hombre lobo americano en Londres (1981) afecta tanto. El dolor físico no es nada en realidad, hay películas muchísimo más explícitas y crueles en ese aspecto, es la carga psicológica que lo acompaña, es la angustia y el estrés de una vida rechazando la mitad de nosotros que se libera con un aullido de rabia asesina e incontrolable. Es el destruir nuestras cadenas desollándonos, arrancándonos los brazos a dentelladas y chillando de dolor, sí, pero también de libertad.

Por eso, transformaciones zafias y rápidas como las de la saga Crepúsculo o Van Helsing (2004) se sienten tan mal. No hay un cambio significativo, no se pierde nada, se degrada el elemento de terror porque el dolor psicológico y la debida transformación del mismo no se da. Es lo mismo que ver al Hulk de la cinta de 2003 en comparación con el de Los Vengadores (2012). Aquí se juega con normas muy parecidas, en la primera es un personaje de horror desatado con cambios causados por factores psicológicos profundos (en su caso, traumas infantiles) y en la otra pues es… un superhéroe más. Poca diferencia de ponerse un traje. Se pierde impacto, se pierde profundidad y fuerza narrativa. Se pierde lo que le hace especial.

La transformación de Un hombre lobo americano en Londres duele desde aquí.

Y no solo debe haber una transformación adecuada, el diseño de la criatura debe ser el óptimo. Debe ser monstruosa y lobuna, sí, pero también humana. Los hombres lobo que son solo lobos grandotes siempre me han parecido terribles, igual que los que pueden hablar. Lo que nos destroza los nervios y pone en guardia nuestro valle inquietante es esa fusión de términos, esa criatura erguida y monstruosa, totalmente salvaje y voraz, pero con un punto de entendimiento y astucia tan humano. Es como si cogiéramos los porcentajes de divinidad y bestialidad, por seguir hasta el final con el símil helénico, y les diéramos la vuelta. Es en parte lo que asusta: que no se nos olvide que antes fueron como nosotros, que nosotros podríamos ser ellos. Criaturas como los de la película Howl (2015) o, en especial, los de la maravillosa Dog Soldiers (2002) creo que captan esa idea de brutalidad descarnada y cierta humanidad, tanto fisica como psicológica, de una manera muy acertada.

Son criaturas horribles, por dentro y por fuera, sí, pero a pesar de todo, tienen algo catártico, ¿verdad? Algo que nos incita, que nos llama, que nos atrae. Ninguno haríamos nada de lo que esas criaturas hacen, pero me mentiríais si me dijeseis que jamás lo habéis deseado. Transformarse en un ser brutal y sin remordimientos que puede hacer pagar a esos que se lo merecen. Agarrar a ese tipo que tanto daño te hizo, que tantísimo te enfureció. Destrozarlo en un arranque de ira. Algo que tu mente racional rechaza categóricamente y que tu yo interior abraza. No digo que esté bien, pero sí lo admito como una realidad y, en cierto modo, una realidad a reivindicar. Obviamente, no la de descuartizar gente, pero sí la de hacer caso a la bestia interior que nos incita a lo que nos incita. El licántropo es atrayente por vivir en una sociedad que nos constriñe tantísimo que hace que esa bestia esté sedienta de sangre. Estas obras nos dan un escape a eso, a un deseo oscuro y secreto de liberarnos, aceptando la violencia y el caos de la caída de la civilización con jolgorio.

Sin embargo, esto nos lleva a otra pregunta, ¿por qué está tan denostada la figura licántropa a día de hoy? Quiero decir, si no el título tendría más bien poco sentido. Bueno, muchos factores hacen que la figura del licántropo esté injustamente olvidada. Una sociedad globalizada de hoy en día hace creerse algo a mucha gente que no lo es, crea una falsa seguridad, cada día apelando más al miedo o a la comodidad para controlar a las masas. Cada día que pasa, rebelarse a ella parece un esfuerzo más fútil, cada vez los tentáculos están más extendidos. Estamos en la cultura de la estandarización, de todo el mundo con mil grados universitarios pero sin tiempo ni ganas de una vocación que amar, del entretenimiento audiovisual copado por el demonio con forma de skaven mutado hasta culo de piedra bruja que es Disney, de las grandes mega-compañías devorando al pequeño comercio, de los mil superventas comiéndose a los diez mil millones de pequeños autores tan buenos (o más) que ellos, de la muerte de los mercenarios de las letras y el nacimiento de los estómagos agradecidos y engañados por esta sociedad de pirañas que llegan a pagar por publicar sus obras, de comida rápida y plataformas que plantan series y películas como hinojo y que se extienden como la malaria sin preocuparse de si tienen calidad o amor o intención de continuarlas, de música prefabricada que ha olvidado lo que es tener fuerza o mensaje, de un mundo de extremos, de corazones avivados y cerebros en putrefacción que se ve perfectamente representado en un barranco hacia un pozo de cocodrilos decorados con calcomanías Hello Kitty. En una sociedad así de falsa y rota, ¿quién quiere al pobre rebelde del hombre lobo?

Nada acojona más que los horrores aulladores de Dog Soldiers.

Los licántropos no son más que el ejemplo de los disidentes dentro del fantástico. De esos que son fieles a sus principios y luchan por ello, del dolor y el medio que sienten cuando deciden ser fieles a ellos y no al sistema. Quizás por eso siempre les he tenido tanto cariño, quizás por eso siempre los veo con buenos ojos. Los licántropos no dan miedo por lo que hacen, dan miedo porque somos nosotros, porque el terror es contra ellos y lo terrible no es lo que son sino de lo que se liberan. Por eso nos dan miedo.

Y, por eso, cada vez le dan miedo a menos gente.

4 comentarios

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Bruja del Sur abril 9, 2021 - 11:59 am

“Porque abrir los ojos duele”. Brutal. No puedo decir más que darte la enhorabuena por tan tremendo artículo. 🙌🏼🙌🏼🙌🏼

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Amparo abril 9, 2021 - 7:33 pm

Qué pasada, Carlos.
Tras leer ti artículo, hoy me he sentido un poquito menos sola, y un poquito más de la manada esteparia.

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Aldebarán de Canis abril 9, 2021 - 8:30 pm

Que artículo tan bello.

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Román abril 9, 2021 - 9:58 pm

Brillante artículo. Siempre ha sido mi criatura clásica favorita de la literatura y el horror. Con quien más me identifico por muchas de las cosas que comentas.
Pero esa tendencia a lo estético lo ha apartado de la primera plana que merece.
Ojo, el lobo vive bajo la piel de cada hombre y mujer, y aunque se mantenga en letargo, no tardará muchas lunas en volver a aullar…

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