El terror (II)

por Daniel Aragonés

Imaginad, dejaos arrastrar por el influjo de otra época. Año 1747. Sois unos colonos que vivís en Estados Unidos. Una tierra vasta, alejada de la vieja Europa. Vuestra cabaña se encuentra a más de 20 kilómetros de cualquier tipo de pueblo o zona habitada. Actualmente tenéis tres hijos y una hija. Otros dos murieron cuando eran pequeños, uno de una afección pulmonar y el otro de disentería. Hubo un séptimo, pero una noche se adentró en la oscuridad del bosque y jamás volvisteis a verlo. Desapareció sin dejar rastro entre aullidos y rugidos. Ya sabéis que la mente nos juega malas pasadas a la hora de almacenar malos recuerdos (solo tenéis que imaginar la magnitud de la pérdida).

Apunte: en aquella época perder hijos era algo frecuente. El trauma era muy distinto al actual. Se puede decir que el cerebro asimilaba mejor la realidad y se amedrentaba con mitos y leyendas que hoy en día nos parecen pura burla a la inteligencia.

Prosigamos:

Es difícil meterse en la piel de unos colonos, soy consciente, pero si queremos entender el terror debemos hacerlo. Hay que olvidar las comodidades del mundo moderno, al menos de momento, y viajar más de doscientos años atrás. Es de noche y hay luna nueva. Vuestra rutina a estas horas es sencilla. Sometidos al miedo de una forma automática e inconsciente, metéis a los animales en sus rediles, cerráis puertas y ventanas y os ocupáis de que los niños no salgan de casa bajo ningún concepto. Al amparo de candiles y velas, y al calor de la chimenea, descansáis en paz. Como padres no dais muestras de miedo, pero tenéis claro que ahí fuera hay algo que solo espera su oportunidad para daros caza: el mundo real, el irreal, ¿quién sabe?

Ese terror diario, ese miedo atávico producto del desamparo nocturno, acompaña al hombre desde tiempos inmemoriales. Aunque hoy en día ha modificado su forma, sigue existiendo. El miedo a la oscuridad y a la noche se conoce como nictofobia. Se trata, como ya he dicho, de un miedo ancestral y universal que forma parte de nuestra adaptación como especie, imprescindible para la supervivencia evolutiva. De hecho, no hay que darle demasiadas vueltas. La realidad de nuestros ancestros era bastante sencilla, tan simple como que en la oscuridad nuestros depredadores naturales poseían una visión muy superior a la nuestra, lo cual les daba ventaja.

El origen de esta activación forma parte de nuestros pensamientos automáticos, relacionados con la amenaza de que algo o alguien irrumpa en nuestro espacio de confort y nos suceda algo malo, horrible, irreparable (en artículos posteriores veréis cómo unos miedos se enlazan con otros y crean ciertos puentes neuronales). La oscuridad y el anochecer no son otra cosa que una alarma capaz de disparar la alerta interna. En ocasiones provoca insomnio, paranoia, psicosis, lo cual abre la puerta al miedo a lo desconocido, una creación natural de nuestro cerebro ante la supuesta amenaza.

Ambrose Bierce es uno de esos autores capaces de trasmitir lo indescriptible y hacerte pasar un mal trago. Ese horror de la noche desértica norteamericana me apasiona, con todos esos mitos y leyendas horribles que viajaron hasta allí en barcos, entre las páginas de cientos de biblias y otros libros capaces de sembrar el terror. A la cabeza me viene un relato llamado El secreto del barranco de Macarger, muy al hilo de lo que intento explicar.

Como no podía ser de otro modo, tengo que nombrar a Lovecraft, que en su etapa realista es capaz de ponerte en la piel de un ser absorbido por completo por la oscuridad y el terror, como ocurre en El que susurra en la oscuridad. Lo desconocido te espera, envuelto en la oscuridad, disfrazado de aullido, siempre dispuesto a acabar con tu paz interior y abrir las puertas del horror más puro.

Para acabar daré un salto y os haré pensar en una extraña mezcla de conceptos relacionados con lo que intento explicar: El cachalote es el mayor depredador de la Tierra. Su población come los mismos kilos de pescado que todos los seres humanos juntos. En el interior de algunos ejemplares cazados han encontrado calamares de más de quince metros, algunos de ellos con marcas de ventosas gigantescas, mordeduras desconocidas y heridas producidas por seres que no han sido descubiertos o descritos hasta la fecha. ¿No sentís cierto terror al pensar en estas cosas? Cientos de animales ciclópeos, carentes de color, multiformes, que habitan las oscuras profundidades de fosas marinas y grietas oscuras y recónditas. La oscuridad esconde el horror, genera horror. Lo desconocido se encubre entre sus fauces.

 

Puedes encontrar todas las entregas de esta serie de artículos aquí: El Terror

3 comentarios

FRANKY febrero 27, 2022 - 8:04 am

Qué pequeñas eran esas biblias de los colonos como escudo, y a pesar de ello, no tenían mucho más.
Excelente, hermano

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Patricia Valkyria marzo 23, 2022 - 2:37 am

Excelente escrito sobre el miedo mas primitivo y ancestral de nuestra especie…👏👏👏

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Txolo marzo 23, 2022 - 8:23 pm

Me has hecho viajar en el tiempo para entender mejor el origen del miedo, esa inquietud por algo que está ahí fuera y cíclicamente, cual Cronos, devora tus hijos, quieres protegerlos, pero no estás seguro de cuando volverà a aparecer y en qué desconocida forma…joder… Y lo peor, tengo la sensación de que después de los males vividos últimamente esto va a seguir empeorando… Muchas gracias Daniel Aragonés por darnos este pedazo de artículo de esta pedazo trilogía sobre este interesante tema que cala hasta los huesos…Eres grande

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