La caja de Pandora: Felicidad

por Lorena Escobar de la Cruz

Salgo del cine de ver la última peli de Sandra Bullock. Es curioso, porque al decírselo a un par de amigos de Dentro del Monolito, he usado una especie de justificación, sintiéndome en la obligación moral de bromear, “he visto la peli de la Bullock, ey, que estoy toda loca”. Llego a casa y entre los baños de los peques, entre pensar qué hacemos de cena —los sábados huelen a pizza— y entre mediar con peleas infantiles y un puñado de fantasmas propios que nunca me abandonan, a esta cabecita hueca le ha dado por pensar. ¿Me genera vergüenza reconocer que me apetecía ver la última película de amor de la cuasi sesentona e hipermegabotoxmizada Sandra Bullock? Me genera vergüenza no solo eso, sino admitir que la he disfrutado, que he reído, que, vaya, me lo he pasado en grande. Esto ha llevado a la siguiente pregunta… ¿por qué siento vergüenza de tal cosa?

Hay algo en el cerebro que segrega felicidad. Son cosas de hormonas, y en ese tema no entro; como mujer, hablar de hormonas en enfrentarse al farragoso terreno de una maldición pública sometida a escarnio privado. Pero lo hay, es un hecho, una certeza científica: esa masa de células pringosa y desconocida rige desde el aleteo de nuestras inconsistentes pestañas hasta la última parte del intestino, la que evacúa, y lo rige como los puñeteros hilos de un puñetero titiritero: enfrentarte a sus designios es una lucha más imposible que la de nuestro amigo Quijote contra los jodidos molinos de viento. Lo que ocurre es que esa felicidad se preña de distinto padre para cada uno de nosotros: hay gente feliz con música clásica y a otros los orgasma el metal duro, personas felices leyendo romántica y lectores del gore más sangriento, hay quien le hace feliz el matrimonio y la descendencia y quien huye como si la unión supusiera fabricar los eslabones de una inmisericorde cadena perpetua. Sin embargo, juzgamos continuamente lo que otros dicen amar, odiar, bendecir o crucificar, como Quevedo viendo desfilar infelices en ese satírico y exacerbado Sueño del juicio final. Pero, maldita sea… ¿quiénes somos cada uno de nosotros para cuestionar qué es lo que al prójimo le provoca felicidad?

Somos egocéntricos por naturaleza. Tendemos a pensar que nuestro camino de baldosas amarillas brilla más que el del vecino, de la misma forma que destellan en un carmesí más intenso los zapatitos de tacón rojo. Escuchamos solo para replicar, porque nuestra razón es el tótem sagrado de un dios al que nadie se atreve a llamar por su nombre: inseguridad. El arte, la cultura, las letras, viven sometidos a tantas vertientes y puntos de vista inamovibles que hemos terminado convirtiéndolo en un tablero de juego sin piezas ni reglamento, tablero desconchado por siglos y siglos de batallas imaginarias, de vaivenes confusos. Sí, nosotros, canónicos de nuestras sentencias, divisorios, humanos con tendencia al apartheid de todo aquello que no entre dentro de lo que consideramos una verdad universal como la temperatura a la que hierve el agua. Lo vemos todos los días en la propia literatura: la romántica es un género menor, no, lo es el terror, El Quijote es una mierda, no, es el libro cumbre de nuestras letras, debes leer veinte libros al mes, no, lee despacio para saborear la esencia, escribir una novela en dos semanas es escupir palabras, pero ¿qué haces ahí parado sin escribir nada? Extremistas, inclementes con lo diferente, sectarios de un mundo que debería ser tan libre como libre debería ser quien lo puebla: ¿de verdad debemos desprestigiar lo que a otra persona le genere ese sentimiento tan difuso y extraño al que algunos idealistas siguen llamando felicidad? ¿La comedia romántica no es para cultos? Mi hermana se pirraba por las pelis de Jennifer López y nunca la tuve por una mujer tonta. ¿Somos de verdad tan primitivos, tan retrógrados, que nos creemos por encima del bien y el mal cuestionando los gustos o deseos de otros?  

El bagaje cultural es un arma de doble filo. ¿Adquirimos conocimientos por placer, o porque nos pone cachondos quedar por encima de los demás? Y al que le importa un pimiento reconocerse ignorante, como en el fondo somos todos, ¿qué tiene que ver la inteligencia con los títulos de los libros que reposan en un sueño inquietante sobre tu estantería? Hay gente feliz con lo que tiene, cuatro duros, un amanecer sin nubes, días de lluvia tranquilos, una peli a las diez de la noche y un par de arrumacos con suerte los fines de semana. Hay gente feliz investigando, dejándose piel y ojos, hay gente feliz en los pasillos de una universidad y otra que aspira con lujuria el olor a húmedo de un campo recién sembrado. Hay gente feliz leyendo una historia de amor y gente que necesita hablar con el lenguaje del miedo, hay gente que simplemente no lee, y tú, estúpido mortal, a lo mejor te has dedicado alguna vez a mirar a alguien así por encima del hombro. Pienso que debe tener algo de falta de reconocimiento de la propia falta, y perdonadme el trabalenguas: mirar el ombligo de otro siempre es más agradable que atreverse a descubrir si tenemos demasiada pelusa en el propio. Sentir que formamos parte de un grupo nos obliga en cierta manera a pensar, gustar y recrearse en lo mismo que ellos, y ahí es donde la comunidad se come al individuo y las clases comienzan a parecerse a la estructura jerárquica y discriminatoria del medievo. En una sociedad de consumo feroz, de fotografía fácil, de redes sociales, de anuncios con música pegadiza, la sonrisa cotiza al alza y la intelectualidad es una moda que se vende demasiado barata. La burla hacia el diferente es el gran fallo de nuestra civilización. El ego, un arma de filo incoherente. Y en la hoguera de las vanidades escondemos gustos y tendencia solo para complacer al resto, para sentirse parte de algo, para que esa desconocida que te mira al otro lado del espejo no te llame tonta, boba sin jodido remedio.

Despojarse de todo artificio y gritar a los cuatro vientos lo que realmente te hace feliz, feliz de verdad, si es que esa falacia existe, es un ejercicio peligroso. Fingirse infeliz por naturaleza también, pretender serlo a toda costa aún más. Quedar bien con la gente es el pecado capital número ocho. Quedar bien con uno mismo, la asignatura eternamente suspendida. ¿Quieres leer una novela romántica porque eso te hace feliz aunque solo sea un instante? Hazlo. ¿Te hace feliz leer a Lovecraft? Hazlo. ¿Te gusta el terror pero no soportas a Lovecraft? Joder, dilo. ¿Nunca has leído a Borges? ¿Acaso regalan minutos de vida por ello, que parece que algunos se empeñan en esconderlo?

El imbécil es el que se ríe de la sincera libertad ajena. La sinceridad debería hacernos felices. La felicidad debería existir como un estado permanente, y el que lo logra, mierda, que nos diga la fórmula. Mientras aceptamos que no somos más que un naufragio constante, no te escondas por haber querido ver la última peli de la Bullock.

Y por decir que Brad Pitt salía jodidamente guapo.

3 comentarios

Vicente junio 13, 2022 - 10:26 pm

No te dé vergüenza admitir en público que odias los huevos fritos.
Buen artículo, compañera.

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C.G. Demian junio 14, 2022 - 8:58 am

Hay gente a la que le hace feliz la tortilla de patata con cebolla. Partiendo de esa base, ¿qué puede importar si te gustan las comedias románticas, los dramones o los Mercenarios? Si lo disfrutas, adelante, sino a otra cosa mariposa. Lo triste es que debe haber mucha gente leyendo, viendo, etc. cosas que no le gustan porque se supone que le deben de gustar.

PD: ahora quiero ver la película de Bullock

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FRANKY junio 14, 2022 - 4:17 pm

No sabía quién era Bullock, lo he mirado en internet, jejeje, pero he visto un montón de películas de la pedorra esa. He visto ese montón de películas con mi mujer, a la que le gustan las llamadas comedias románticas, pero el que a mí realmente me gusta es Adam Sandler, me gustan hasta sus películas más ñoñas. También me gusta Boccaccio, claro, la pornografía China, los bolsilibros, Nietzsche, Heidegger, el Dr Jiménez del Oso y todas y cada una de las interpretaciones en el cine de Arnold Schwarzenegger y Jean Claude van Damme… (Ya paro)
Una de las muchísimas definiciones que podemos entresacar de la obra de Unamuno (recientemente he sido invitado a un programa de televisión para dar una disertación sobre su obra y vida) de la palabra “cultura”, parafraseando, es esta:
“Una persona culta es aquella que sabe adaptarse en cada momento a cada situación, y puede mantener una conversación con un cabrero en la sierra, con un político en el infierno o con una diva del pop en un bar de Malasaña” (bueno, poca paráfrasis hay aquí)
Quiero decir que lo que no dijo Unamuno al referirse a esto de saber adaptarse en cada momento a cada situación, y estaba claramente implícito, es: «de todas esas situaciones podrá uno sacar un buen partido, a todos hay que respetar y de todos se puede aprender».
Una persona culta es aquella que siempre está aprendiendo, y por tanto: disfrutando, siendo feliz, como un extraterrestre que viene a la Tierra por el gusto de investigar a la raza humana. ¿Y sabes qué es lo que se encuentra por doquier, mucho más de lo que suele uno pensar? Ya te lo digo yo en este comentario súper largo: buenas gentes: tú eres de esas. En una de sus últimas entrevistas a Franco Battiato dijo: encontrar una persona honesta es como coger una bocanada de aire fresco. Por lo tanto cuando tú nos digas a los demás redactores del monolito, o al mundo entero, que has ido a ver tal o cuál película, nosotros cogeremos tus palabras como una bocanada de aire fresco.
He dicho.
Una de las últimas series que vi fue Downtown Abbey, que nos venden como telenovela, ¿y qué? Yo veo y leo pero que me place. Fíjate que puedo citar si me da la gana a Rosa Regás: «la sed que nos atormenta durante la infancia permanece incólume sea cual sea el agua que hayamos bebido en el camino» (cito de memoria, perdón). Yo creo que esa sed debe permanecer incólume, es su estado natural, e igual podemos llamarla la búsqueda de la felicidad.
Por último: me cago en el maldito demonio de la valoración externa.

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