El terror (IX)

por Daniel Aragonés

El hambre en un contexto filosófico

El hombre y su búsqueda. Evolución e involución, constantes e inconstantes variables. La gran road movie de la historia. Una guerra interminable contra el hambre y los elementos que nos ha conducido al trabajo en cadena, la comodidad, la inutilidad, el hastío y la nulidad intelectual. Somos pequeños engranajes que no servimos para nada de forma individual. Solo nos vale esa enorme ración de alitas de pollo rebozadas y un vaso de medio litro de salsa a elegir.

Para tratar este terror, poco utilizado de forma directa en el cine y la literatura de género, haremos un ejercicio muy simple. Visualiza un banquete, una buena comida, una caza ancestral, un menú tamaño gigante de tu comida favorita. Imagínalo todo con detalle. Tipo de pitanza, salsas, asados, un mamut corriendo y tú con un Barret. Lo que te de la real gana al servicio de tu defenestrada y descompuesta mente.

Vale, ahora vete al frigorífico y observa comida real. Date una vuelta por el supermercado y déjate llevar. Toca el pan. Huele la fruta. Báñate en leche. Unta tu careto en chocolate.

¿De qué podemos estar más seguros, del contenido de nuestra mente o de todo aquello que percibimos mediante nuestros sentidos?

En la actualidad optamos por los objetos que perciben nuestros sentidos, no hay duda. Anteponemos la realidad, lo tangible, a la idea imaginativa de lo que podemos tener. ¿Por qué triunfó el libro de El secreto? Porque estamos perdidos, absorbidos por el contexto de lo material. Consideramos los objetos físicos el único patrón de la realidad. Sin embargo, Platón decía que las ideas son la esencia de las cosas, y que sin ellas no existe nada. En la antigüedad todo aquello que visualizabas dentro de ti se consideraba la única verdad latente, lo eterno, de lo que podías estar seguro al 100%. El hombre antiguo creía que la mente iba por delante de la materia. En nuestro presente hay tantas divisiones de opinión como países. Pensamientos y banderas son el aperitivo de las ideas, prácticamente muertas.

The Glutton (Thomas Rowlandson)

Es evidente que nuestra manera de ver el mundo y sentir todo lo que nos rodea no tiene nada que ver con el hombre antiguo. Supongo que hemos evolucionado, no para bien en todos los casos. Hoy en día no concebimos el mundo como algo vivo, lleno de formas que pueden evocar a las estrellas o al cosmos, cargado de espíritus, magia y seres de luz. Bosques cargados de sombras funestas o de fuego redentor y destructivo. Nosotros vemos lo que vemos y necesitamos saber qué es cada cosa. Buscar en internet, abandonar la idea romántica del pensamiento divergente y no escarbar en nuestros pensamientos primigenios.

No es lo mismo el hambre para nosotros que para un ser primitivo que convertía su devenir, su momento de caza o recolecta en un ritual místico. Para nosotros el vacío estomacal es una tortura física que se puede describir mediante un análisis médico. Observamos las costumbres caníbales de ciertas tribus como algo salvaje y cruel, sin prestar atención a la liturgia que se esconde detrás. Ellos no comen carne humana, se llenan con el espíritu de otros hombres, alimentan su inmortalidad.

¿Qué se esconde detrás de este miedo, de este horror? La tortura universal de la búsqueda eterna. Sangre por sangre. Volar junto a tu animal espiritual para que te ayude entender el porqué de ese vacío. Igual debes morir, tu cuerpo está destinado a devorarte desde dentro para que así desaparezcas de este mundo y dejes de molestar.

No le tengo miedo al hambre. Mi ego no necesita ese alimento brillante, plastificado y decorado con una fecha de caducidad. No voy a morir de hambre porque ya planté la semilla del árbol en el que me voy a convertir cuando desaparezca. Y luego un pájaro comerá mis frutos y expandiré mi pensamiento, y no solo no moriré, pues mi esencia se convertirá en un concepto inmortal. La substancia de lo que soy no necesita acudir a los establecimientos de comida rápida y dejarse embaucar por la falsedad. No tengo miedo a la guerra o a morir de hambre porque no necesito todo eso. Pese a todo, soy consciente de que la mayoría teme no ir a comer los domingos al restaurante de moda. Los baños de queso fundido son necesarios. La libertad se cobra el tributo y nos tritura sin compasión. Hamburguesas, pizzas, sobres individuales de ideas picantes y agridulces. Sois esclavos, y no teméis haber dejado de imaginar un futuro rodeado de árboles, escuchando el susurro de la naturaleza.

Es el mayor de los miedos, que la sociedad te marque el camino del hambre y caigas por el abismo de la mentira. El miedo al hambre no existe.

2 comentarios

txolo septiembre 19, 2022 - 9:09 pm

Hay miedo al margen, ese margen guarda el secreto de lo que realmente somos y queremos olvidar, grande una vez más con tus crudas y mordaces reflexiones Daniel Aragonés

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Olivia septiembre 20, 2022 - 4:06 pm

Interesante reflexión, nos hemos convertido en carne y hemos dejado de pensar y de Ser. Gracias por el artículo Daniel.

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