Araña (Jon Bilbao)

por Francisco Santos Muñoz Rico

Título: Araña

Autor: Jon Bilbao

Editorial: Impedimenta

Nº de páginas: 416

Género: Western, Relatos 

Precio: 25,50 €

SINOPSIS

El huraño pistolero John Dunbar, conocido como Basilisco, guía a un grupo de peregrinos a través de Estados Unidos en busca del Paraíso de los Hombres, una tierra prometida reservada solo a los varones. Durante el viaje, Dunbar entabla relación con Lucrecia, hermana del iluminado líder de los peregrinos, única integrante femenina de la expedición. Jon, autor de las historias protagonizadas por Basilisco, intenta reencauzar su vida después de su divorcio. Rememora su infancia en Asturias y emprende con sus hijos un accidentado viaje de documentación por el desierto de Nevada. A su vez, Katharina, su expareja, visita París durante una tormenta de barro de apariencia bíblica y se encuentra con alguien a quien no esperaba volver a ver. Y, al final, todos los personajes, en cada una de sus épocas, se acaban topando con la Araña, figura de origen incierto e influencia dañina, que guarda un vínculo estrecho tanto con John Dunbar como con su creador.

RESEÑA

De primeras me vienen tres nombres para comparar esta obra (es necesario comparar, no hay mucha más forma de describir), aunque uno sonará raro acompañado de los otros dos: Robert Howard, William Hope Hodgson y Rosa Regàs.

Me explico:

Me recordó el primer cuento, en seguida, a Rosa Regàs, que tiene la capacidad de meterte en su historia inexorablemente sin que te des cuenta tú muy bien de cómo lo ha hecho; ¿fue la trama, la propia historia, se trata del ritmo…? No nos queda claro, y acaso sea una mezcla perfecta de todas esas cosas, eso que se suele denominar «excelencia». Yo, sin información previa sobre el autor o sobre el libro, me vi atrapado por ese primer cuento, sosegado y costumbrista parecía, repito: inexorablemente.

El editor de esta web me dijo al dármelo algo así como «es un western. Cuentos», no más, y metí el libro en la mochila sin echar ni una ojeada. Efectivamente ese primer texto era un cuento, y un cuento aparentemente cerrado. El siguiente, ya sí, sucedía en el Viejo Oeste, y empezó a olerme entonces a ese otro nombre, como mis lectores saben, tan querido: Robert Howard: en Jon Bilbao se dan exactamente esas dos constantes que se dan en el tejano; por un lado el salvajismo, lo brutal; y por otro, aparentemente en contraposición, la extremada, exacerbada sensibilidad.

Pero no solo eso tiene en común con Howard. Su personaje fantástico, el Basilisco, un pistolero muy del estilo de Howard, huraño, solitario, terco, silencioso… siente, digamos, una tremenda duda existencial, tiene esa sensación que tenemos los tipos duros y sensibles (Howard, Bilbao, yo, Steve Costigan, John Dunbar…) de que si nos giramos con la suficiente rapidez y en el momento preciso, veremos algo: a un tramoyista acaso escondido tras el escenario, irreal, ahora lo entendemos, de nuestra vida. Intuimos eso que Borges dijo mucho mejor que yo: también el jugador es prisionero de otro tablero de negras noches y de blancos días.

Pero en fin: yo seguía leyendo enamorado ya de este Basilisco, y enamorado de la historia alternativa a la del pistolero: la de Jon, al que conocemos de niño y vamos acompañando en episodios de su vida. Este Jon es escritor, por cierto, de western, y su vida está entrelazada con la de Dunbar, al cabo su personaje. Estos ecos en el tiempo que rebotan de uno a otro (Jon tambien es personaje al cabo) nos envuelven en el misterio absoluto, en el pasmo ante el raro universo en que moran estos personajes, que es nuestro mismísimo universo y por ello nos acongoja… Ay, qué sentimental me estoy poniendo…

¿Por dónde iba…? Ah, sí, la sensación de maravilla. Esto me lleva a mi tercera comparación cardinal: Hodgson, otro de mis más admirados escritores. Llega un momento en la narración en que…

—Un momento, Franky, dijiste que eran cuentos y parece que te estás refiriendo a una novela; explícate, que te entra la vena lírica y acabarás componiendo una endecha…

Cierto, cierto; aunque se trata de cuentos en sentido estricto, van encadenados y conforman una historia bien clara.

Como en Hodgson, aquí llega un momento en que empezamos a creer que puede pasar cualquier cosa, el libro NO ES UN WESTERN, es mucho más, va más lejos de esta tontería de los géneros, igual que Howard y Hodgson no se circunscriben en ningún sitio, Bilbao es simplemente Bilbao. Es cierto que usa, creo yo que divirtiéndose mucho, todos los clichés del oeste que se le pasan por la cabeza, pero no hace un refrito abstruso con ellos, en absoluto, sino que crea algo nuevo y, ya lo he dicho, joder: crea un «Bilbao», como Picasso pintaba «Picassos».

Me paro un momento en esto del uso de los clichés: yo mismo en mi Western (que no tiene porqué ser un western tampoco) quise usar todos esos clichés y darles nueva vida. No es malo, en absoluto, que concibamos un personaje, por ejemplo, totalmente predecible, la gracia está en que ese personaje cobre vida, en que el lector haga de su vida la propia, en que se meta tanto en el libro que no pueda parar de leer.

Por supuesto, tenemos la otra cara de la moneda perfectamente grabada: ¿quieres pasar el rato con cuentos salvajes del Oeste? Los tienes aquí, y si no quieres buscarles las vueltas no tienes que buscárselas; puedes limitarte al entretenimiento puro y duro: tiros, comboyes, caballos, indios… hasta paráfrasis de Sin perdón tienes.

Queda claro que la obra me ha entusiasmado, y no dudo que me vayan a entusiasmar los demás libros de Bilbao (ahora necesito leerlos todos), así que: ¡albricias! la literatura no solo está vivita y coleando, sino que te puede morder en el culo sin que te des ni cuenta de que se acerca por detrás.

Mención aparte el trabajo de la editorial, Impedimenta. Cansado uno de ver ediciones pésimas por doquier, es reconfortante encontrarte con una casa que hace las cosas tan bien. Venga, otra vez: ¡albricias!

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