La caja de Pandora: Archivo 81

por Lorena Escobar de la Cruz

Pertenezco a esa generación para la que la cámara de vídeo era un objeto de morboso deseo. Un artículo de lujo inalcanzable en muchos hogares, un capricho en otros, un artilugio que históricamente había pertenecido al ámbito cinematográfico y que de repente irrumpía en nuestros hogares para hacernos sentir a todos un intento de torpes Scorseses. Horas y horas de metrajes caseros inmortalizaron (e inmortalizan) bodas, bautizos y comuniones, sonrisas sinceras y fingidas, poses más o menos naturales. Inmortalizaron (y esto, tristemente, se ha perdido) tardes de excursiones y domingos playeros. Polvos amateurs (me lo ha contado una amiga), el soplo de las velas de una tarta que estaba acompañada por el niño, la madre, la abuela. Bailes, caídas graciosas. Nocheviejas. Nada y todo, todo y nada. Un mundo que descubríamos poco a poco en una España que luchaba por florecer tras años de largo invierno.

Es fascinante grabar algo para la posteridad, jugar a ser inmortales descubriendo una brecha en el espacio-tiempo conocido. Soy una mujer de 39 años que en alguna de esas cintas que aún rondan por la casa de mi madre sigue siendo una niña patosa, la misma que se cayó aquella tarde de sierra, la que cantaba con desvergüenza, la que jugaba con sus primos al escondite. Y esa niña se quedará allí navegando entre los bucles de una realidad pactada, como si la cinta de VHS fuera el truco no desvelado de un mago que en vez de sacar conejos de su chistera, guarda años como recuerdo, amo y custodio de las dunas de un reloj de arena.

Archivo 81 coge ese trozo de vida paralela y lo desbroza con un inquietante mimo. Jugando a una partida de la que solo él sabe las reglas, comienza con una premisa que a simple vista puede parecer poco original: un restaurador de cintas analógicas con un pasado dramático y una reciente crisis de ansiedad es contratado por una empresa hermética y misteriosa para reparar un puñado de cintas de vídeo antiguas, que se dañaron en el terrible incendio de un emblemático bloque de pisos que se convertirá en el escenario principal de la serie. En estos vídeos caseros, Dan, el protagonista (un convincente Mamoudou Athie) conocerá a Melody (la no menos acertada Dina Shihabi), una estudiante de antropología que se traslada a vivir al edificio para llevar a cabo una investigación universitaria. Ella es la protagonista y narradora de las cintas que Dan comienza a restaurar en el complejo de la empresa, un lugar apartado en mitad del bosque que ofrece el contrapunto inmejorable al escenario del bloque de pisos.

La serie nace de un podcast que lleva el mismo nombre y está dirigida por Rebbeca Sonnenshine, que sobresale del paraguas de seguridad que ofrece James Wan, el productor ejecutivo y responsable de títulos como Saw, Insidious o Expediente Warren. Con este respaldo detrás, difícil era que la producción no consiguiera, cuanto menos, enturbiar un poco los sentidos. Y, sin embargo, no parece a priori nada excepcional: una película más de misterios en grabaciones caseras de tiempos pasados. Pero enseguida nos damos cuenta de que Archivo 81 consigue hacerte olvidar, al menos durante los cincuenta minutos que dura cada capítulo, todo lo que hayas visto antes sobre series o películas de este tipo. «Exagerada», estarás pensando, tú que todavía no has visto la serie. «No puede ser taaaan buena», te dices con una sonrisa socarrona, burlándote de mi reseña. Y yo te contesto: no, no es taaaan buena. Es un poquito mejor. Con sus taras, como todo lo que se haga para uso y disfrute de un público exigente que siempre pide y quiere más. Pero en este caso, Archivo 81 cumple con creces las expectativas que se han creado a su alrededor. Y lo resumo en unos simples puntos:

  • Tiene absolutamente todo lo que puede tener una serie de terror. Lo real y lo irreal. Lo tangible y lo imaginario. Lo racional y lo que no puede ser explicado por las vías convencionales. Tiene presente y pasado. Incluso toques lovecraftianos. Todo se ha metido en una coctelera para ofrecer al espectador un Bloody Mary de inquietante sabor amargo.

  • Las interpretaciones de los protagonistas principales. Me los creo a los dos. No hace falta añadir mucho más a esto.

  • Los escenarios. Menos es indudablemente más. No se necesitan efectos especiales para provocar reacciones, sensaciones, perturbación. El edificio Visser tardará mucho tiempo en salir de tu cabeza, te lo aseguro. Puertas cerradas. Paredes sucias. Una planta a la que aconsejan no subir. Tampoco se queda atrás el complejo donde se encuentra Dan. Un laberinto de hormigón y acero, de cristales y rincones ocultos. Como la doble cara de una moneda. Como el reflejo distorsionado de un espejo.

  • La música. Toooodos los sonidos que ambientan la producción. Y que no dejan de sonar en ningún momento. Te taladrarán la cabeza. Oirás ruidos en todas partes. Escucharás la canción hasta cuando estés en el baño. Doy fe, y aquí no añado más detalles.

  • Por último, pero no por ello menos importante, algo que considero el gran acierto de esta serie: no te matará de un infarto. El miedo no será provocado por un susto de esos que te deja el corazón en la garganta. Odio ver una película o serie de terror y acabar con la tensión por las nubes. Me gusta el miedo sutil, el que anida. Las telas de araña de la inquietud tejidas con delicadeza en el cerebro. Me gusta que el miedo me mire de reojo, que me acaricie lento y me lleve al orgasmo despacio. Archivo 81 es un amante que se entrega. Te ofrecerá sexo lento y esmerado. Un clímax de larga duración.

En definitiva, Archivo 81 me parece un soplo de aire fresco que hay que degustar con calma, sentándose frente al televisor a dejarse sorprender. Una muestra de que el terror también puede fabricarse sin necesidad de imágenes impactantes o secuencias que dejen sin aliento. Una muestra de que el miedo humano se esconde y germina en los lugares más insospechados, crece y se expande como una mala hierba, hiberna para despertarse con la llegada del deshielo.

Una muestra de que el terror no es un género menor, y se pueden hacer maravillas jugando en su terreno. Expandiendo aquello que nos fascina y nos atemoriza al mismo tiempo. Abriendo ventanas a lugares inexplorados… y dejándonos mecer por la vieja nana de lo desconocido.  

1 comentar

FRANKY febrero 20, 2022 - 7:16 am

Mira que no veo series.. . pero esta habré de chequearla

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