El buen gusto de la censura

por J. D. Martín

No es la primera vez que hablamos de censura en Dentro del Monolito. Quizá la ocasión más ruidosa la trajo mi artículo sobre La Princesa Prometida, en el que defendía el derecho de los autores a escribir lo que quieran y como quieran, sin ceder a las presiones sociales o políticas o al gusto de los tiempos. Sobre todo, porque este gusto de los tiempos suele ser en realidad la expresión de quienes más gritan, de quienes sujetan con más fuerza el megáfono para evitar que se escuchen las voces de otros.

No es un fenómeno nuevo, aunque su avance resulta tan llamativo como preocupante en los últimos años. Una parte de la censura, ya lo comentamos en el artículo que menciono, viene de la equivocada postura «no hablemos de esto para que no ocurra más». Como si convencer a Caperucita de que no hay lobos le permitiese entrar en el bosque con seguridad. Muchas obras narrativas han sufrido la censura o la reconstrucción en nombre del bien mayor. Lenguaje más inclusivo, no hablar de racismo, equiparación de roles, y en resumen el intento de no dar malos ejemplos a los lectores. Un intento de mejorar la sociedad que ha llevado a extremos a mi entender tan ridículos como las declaraciones de Nicholas Hamilton (Henry Bowers en la última adaptación de IT) que casi pidió disculpas por lo que hacía su personaje, un chulo racista y homófobo, un abusón de manual.

No entiendo un mundo en el que los actores tienen que pedir perdón por encarnar a villanos. No entiendo un mundo en el que el público, los lectores, no son capaces de separar personajes de realidad, no pueden entender que el conflicto es necesario en la narrativa, y los autores tenemos que pedir perdón por contar historias. No. Si quiere usted me lee, y si no, pues no. No pido perdón.

Pero a lo que iba. Si bien esa censura de los buenos sigue en marcha, no es el único problema. Hay otra censura, la que viene de los políticos y lo que les rota —medios de comunicación afines, plataformas más o menos ciudadanas, etc.— que está centrando ahora el foco, al menos en España. Tampoco es nuevo, pero ahora vamos viendo las orejas al lobo.

Según un informe elaborado por Marcin Gorski y Yamam Al-Zubaidi, presentado por las eurodiputadas Salima Yembou y Diana Riba, en Europa hay treinta y un autores de contenido cultural encarcelados o en procesos que pueden llevarles a la cárcel por su trabajo artístico. Es decir, por incomodar al poder, por saltarse los límites establecidos para la libertad de expresión. No conozco todos los casos ni creo que sea bueno generalizar, claro. Vete a saber si uno de ellos ha criticado la monarquía y otro ha alabado a Hitler, con lo que me resultaría imposible equipararlos. Lo que parece evidente es que hay censura, o al menos control de contenidos.

En España, decía, el foco se centra en la censura desde que la ultraderecha ha adquirido poder. Para quienes no estén al día del tema, hago un breve resumen.

Tras las últimas elecciones autonómicas y municipales, que definen los gobiernos en pueblos y municipios, la ultraderecha ha crecido mucho en votos. No gobiernan per se, pero sí han conseguido un control parcial en muchos lugares mediante pactos con la derecha más tradicional y, se supone, democrática. La ultraderecha ha jugado sus cartas, haciéndose donde le era posible con el control de la cultura. Y esto, en cualquier sociedad, es un poder inmenso. La cultura, el discurso en el campo de la educación, la información y el ocio, es muy capaz de definir nuestras percepciones del entorno. Qué está bien o qué está mal, qué peligros y enemigos tenemos, quiénes son nuestros aliados.

La cultura, la educación, construyen una visión del mundo. Los tabúes, las relaciones con los otros —sean otros por edad, nacionalidad, sexualidad, religión o lo que usted quiera—, los derechos y deberes, la relación con la autoridad… todo esto viene muy definido por el contenido de nuestras lecturas, las pelis que vemos, los titulares que leemos.

La ultraderecha conoce bien el poder de la propaganda, sabe cómo poner en el diálogo social el discurso que le interesa, ocultando otras realidades. Y eso es, simple y terriblemente, lo que está ocurriendo en España. Y no sólo aquí.

Quitar de la cartelera de un cine de pueblo una película porque dos chicas se besan, o eliminar una obra teatral porque la mujer protagonista despierta preguntas sobre la sexualidad es algo que puede parecer anecdótico. Pasa en no sé qué pueblo que me queda muy lejos, yo no vivo allí. Qué más da.

La realidad es que se empieza por el primer escalón, el local, dando una fuerte cobertura mediática a lo censurado. Cobertura mediática en redes que coincide con el tonto bueno que grita mucho, todo hay que decirlo. Los mecanismos de la censura son iguales en ambos casos, sólo que la ultraderecha tiene todo un aparato de comunicación para hacer más potente y en apariencia legítimo su mensaje. En apariencia, porque el tonto bueno grita desde su cuenta en alguna red social, pero ellos lo hacen en medios de comunicación, plenos municipales y, en cuanto nos descuidemos, los ámbitos donde se deciden las leyes que nos marcan cómo comportarnos. En toda Europa. Os recuerdo. Treinta y tantos artistas censurados y muchos sometidos a juicio, incluso en la cárcel. Trabajos que no verán la luz, lo que hará que otros creadores de contenido decidan dar un paso atrás. Vuelvo a decir, por ambos lados. No digo esto por no ofender a estos, y no digo aquello porque aquellos me meten en la cárcel. O no me editan, o no me contratan para conciertos, teatros…

La ultraderecha ha sabido muy bien cómo manejar esto desde siempre, y por si se les había olvidado, los tontos buenos llevan años usando las redes sociales para recordarles que la censura, el ruido, el griterío es una herramienta útil y construye realidades.

O las deforma. Siempre que surge la conversación sobre censura en mi grupo de amigos o en la familia del Monolito pienso en Rowling, la autora de Harry Potter. Es una de las personas que ha conseguido, mal que le pese supongo, poner de acuerdo a muchos tipos de censores. Hay gente ofendida porque hablar de magia es un atentado contra sus creencias religiosas, y hasta han hecho reuniones públicas para quemar sus libros en defensa de la pureza de la fe. Hay otros a los que no les gusta la posición de la autora respecto a la transexualidad y abogan por el boicot. Hasta escuché a alguien decir que, como la autora es indeseable por estas opiniones pero sus obras son geniales, lo que hay que hacer es comercializar sus obras y derivados sin que ella cobre un dolar. Es decir, acabar con los derechos legítimos de quien escribe porque no estamos de acuerdo con su forma de ver el mundo. Otros la han atacado por no potenciar suficiente a Hermione y demás personajes femeninos, otros porque defiende familias desestructuradas, los de allá por una cosa y los de más acá por otra. Y es que la estupidez es algo muy democrático y está muy bien repartido.

Pasa algo parecido con lo que ahora vivimos. Se ha censurado a Lope de Vega por decisión de la ultraderecha. Choca, porque era un tío muy español, estuvo en el ejército y tal, hasta fue sacerdote. Claro que también fue un picaflor, que tiene obras en las que defiende con claridad la importancia de la monarquía y otras en que discute el poder civil; obras con mujeres débiles y mujeres fuertes. Obras, en fin, variadas, que como ocurre con los grandes genios de la literatura contienen más preguntas que respuestas.

Al comentar con un conocido que la representación de una de sus obras había sido censurada, me dijo que le parecía bien, que ya era hora de que dejásemos de usar los clásicos de siempre, escritos por señoros antiguos y machirulos. Le expliqué a este conocido que la censura venía del partido de ultraderecha, y la motivaba que la mujer protagonista era muy liberal en su sexualidad y actitudes, muy empoderada si queremos usar un término a la moda. Claro, a los dos minutos mi conocido defendía a Lope y la libertad.

Y es que los tontos están encerrados en su propio discurso, maniqueo, de blancos y negros. Extremos que no dejan pie al razonamiento, que no pasan por pensar que Lope, Rowling, usted y yo tendremos nuestros claroscuros, evolucionaremos en nuestro pensamiento y nos equivocaremos más de una vez. Y más de dos.

Si lo hacemos con cierto criterio, bastante inquietud y mucha humildad puede que aprendamos algo. De lo contrario, nos condenamos a ser tontos que repiten la consigna de turno. Adoctrinados.

Tontos buenos y ultraderechistas son igual de peligrosos. Unos tienen más poder que otros, claro. Pero el peligro es exactamente el mismo, es el peligro de perder todo espíritu crítico, toda capacidad de decisión individual en favor de la comodidad, la seguridad, la aceptación en el grupo social. Y eso, querido lector, quiere decir que seguimos en el dramático camino que llevamos tiempo pisando. Desaparecer como individuos, conformarnos.

Convertirnos en voto y opinión irreflexiva. Engranajes. Piezas que moverán a sus anchas para que todo vaya bien. El líder del partido de ultraderecha, responsable de poner en marcha este mecanismo de censura cultural, decía hace poco en unas declaraciones a medios de comunicación que allí donde tengan capacidad harán lo que les venga en gana, respetando los gustos de los españoles.

Por supuesto, ese buen gusto lo van a definir ellos, como lo definen los tontos buenos. Tienes que ver esto.

No me gusta.

Es que no tienes buen gusto.

Da igual quién te diga esto, paciente lector. Es el buen gusto de la censura. 

3 comentarios

Vicente julio 22, 2023 - 9:40 am

Genial el señor JD.
El futuro dirá.
Te invito a que firmes otro artículo justo dentro de un año, a ver por dónde han ido las cosas.

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Eduardo Enjuto julio 22, 2023 - 12:56 pm

Un artículo genial que expone a la perfección el problema con la censura. Maravilloso.

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Aaron julio 23, 2023 - 9:14 pm

La ultraderecha en este país, Chile (Republicanos, un símil caricaturesco a EEUU), no ha llegado a tal poder de censura; sin embargo, esto cambia a lugares peligrosos. Los que tienen el poder de este estilo son los Comunistas (reales, acá tiende a verse toda la izquierda como tal, lamentablemente).

El problema es que fueron víctimas de un golpe de estado cruel; pero como sobrevivieron a los tiempos, utilizan una estrategia de victimización parecida a los israelitas en Palestina. Obviamente, entiendo el repudio a los tiempos; pero ahora ni siquiera se les puede criticar. Nadie quiere parecer un personaje que hace apologías de la dictadura, mientras ellos apoyan otros estilos de dictadura en otros países. Y el tema divide a la población por la mitad, fomentando censuras de uno y de otro bando.

Me pregunto si, frente a esa situación, el arte como crítica tendrá sus días contados. Por el bien del pensamiento crítico, esperemos que no.

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