Relato: UNA DE BRUJAS (J. D. Martín)

por J. D. Martín

Introducción

Las brujas están de moda. Su figura ha ido mutando con el paso de los años, pasando de ser viejas de oscuras intenciones a mujeres empoderadas cuyo arte residía en el manejo de las hierbas y en la confección de todo tipo de mejunjes sanadores (o de otro tipo). Ya desde la Lilith de la Epopeya de Gigamesh, la bruja ha irradiado una fascinación especial que ha ido moldeándose en obras como las clásicas La Celestina o Macbeth o en títulos recientes como Yo, Tituba, la bruja de Salem de Maryse Condé o El libro de las brujas, de Shahrukh Husain.

En el cuento que presentamos hoy, Una de brujas, J. D. Martín reivindica la figura de la bruja como defensora del hogar y matriarca cuidadosa. Sus artes solo son utilizadas en caso de necesidad, como es el caso, y su abnegación queda fuera de toda duda. El estilo del autor remite a narraciones clásicas y, en cierto sentido, puede considerarse como un lejano tributo al Gótico americano de Ray Russell.

Esperamos que lo disfrutéis.

Una de brujas (J. D. Martín)

—Vamos, Nuño, acábate el desayuno que vas a llegar tarde a la escuela.

Nuño untó un trozo de pan recién horneado en el cuenco de leche caliente, mientras se quejaba con su aguda vocecita.

—Mamá, yo no quiero ir a la escuela. Quiero quedarme y ayudar a papá.

Al otro lado de la única estancia de la casa, dividida en dos por una valla que servía de modesto establo, Fabián soltó una carcajada.

—Y buena sería la ayuda, hijo —dijo—, si pudieras llegar más allá de las rodillas de Peñasco y cepillarle el lomo.

Nuño, zaherido por la pulla, guardó silencio y hundió la cabeza entre los hombros.

—Pero tu deber —siguió el padre, mientras llenaba con un cubo de agua el abrevadero de Peñasco, que el semental compartí­a con la vaca de la familia y Arruga, el perro— es ahora ir a la escuela, aprender las cuatro reglas y crecer sabio y fuerte. Algún día necesitaré de tu ayuda, hijo. Cuando seas un hombre.

—Ya tengo siete años. Mariana sólo tiene… —contó ayudándose con los dedos, dejando el pan húmedo sobre la mesa— seis más que yo y se queda en casa para ayudaros.

—Mariana ya es una mujer —dijo la madre con voz seca, devolviendo el pan del niño al tazón y frotando la mesa con un paño.

La puerta de la casa se abrió en ese momento, para dejar paso a una joven que, si bien por su cuerpo ya desarrollado y turgente aparentaba ser, en efecto, mujer, más parecí­a ángel si se atendí­a al rostro puro y blanco, y a la mirada límpida, inocente como un niño recién bautizado, que coronaba ese rostro, y a la melena negra como las crines de Peñasco, siempre limpia y brillante, que lo enmarcaba.

—Ya es una mujer —repitió la madre, en un susurro pleno de pesar.

También Fabián habí­a visto cómo su hija crecí­a, más rápida que su hacienda, y cómo los ojos de los mozos casaderos la buscaban con ahínco en los dí­as de mercado o a la salida de la iglesia. Y ella, algún día cercano, respondería a esas miradas con el mismo ahínco. Pronto, Fabián tendría que buscar un buen esposo para su niña.

El corazón le dolí­a sólo de pensarlo, pero sabí­a cuál era su deber de padre y luchaba por cumplirlo.

Por eso había gastado los ahorros de años de trabajo en comprar a Peñasco, el semental, un bayo arrogante y poderoso que, según su anterior propietario, había acompañado a cierto caballero en la última campaña del rey Jaime contra Mallorca. Fabián no sabía si era o no cierto, sólo que el precio le convenía y podí­a pagarlo, así­ que se hizo con el caballo y comenzó a cruzarlo, cobrando por ello en ocasiones dinero, y otras veces en especies, ya fuese trigo, telas, o cualquier cosa que colaborase al sostenimiento de su familia o el aumento de su renta y su predio.

Milagros, su esposa, vendí­a los excedentes en el mercado, obteniendo de su inteligencia y su talento buenos beneficios, que acrecentaban la dote de su hija y el patrimonio de su familia a mayor velocidad de la que Fabián habría esperado.

Claro que, como el hombre sabí­a de tiempo atrás, no era la suya una esposa normal, sino que atesoraba los conocimientos de las mujeres sabias, transmitidos desde su abuela, o quizá antes, hasta ella misma. Fabián sufría a veces por este motivo, pues si el sacerdote del pueblo o algún inquisidor supieran de dichas artes, difí­cil serí­a descolgar el sambenito de la puerta de su casa.

Pero amaba a su esposa, y ella era una buena mujer, que jamás usaría sus conocimientos para hacer daño a los demás, sino para proteger a su familia de cualquier mal. Y, si conseguía tratos favorables en el mercado, sin especular ni robar a nadie, ¿cómo podrí­a saber él si lo hacía por pura habilidad o ayudada por las artes antiguas?

Las noches solí­an ser apacibles, aunque cortas, en la casa de Fabián y Milagros. Se acostaban tarde, ocupados siempre en nuevos trabajos y nuevas cuentas, y se levantaban con el gallo, afrontando con alegrí­a y esperanza cada nuevo amanecer.

Sin embargo, aquella noche Milagros se despertó de madrugada, alertada por un ruido distinto al normal y tranquilizador ronquido de su hombre, o el bufido casi silencioso de Peñasco, que al otro lado del pequeño establo se revolví­a a veces en sueños, probablemente plagados de praderas eternas y yeguas en celo. Milagros se levantó en silencio, apartando suavemente la cortina que separaba su alcoba del resto de la casa, y esperó a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad. Una sombra en movimiento llamó su atención. Cualquier mujer habría gritado o llamado de inmediato a su marido, pero Milagros era una mujer valiente, y dotada de un poder mayor que el que pudieran tener los fuertes brazos de Fabián. Así­ que se limitó a observar.

La sombra era Nuño, que habí­a salido de su propia alcoba y ahora parecía buscar algo en la alacena. Pronto encontró lo que buscaba.

Milagros, extrañada pero sin asustarse, vio cómo el niño cogí­a las tijeras de costura que ella guardaba en un pequeño cesto de mimbre, y se dirigí­a a la alcoba de su hermana. Salió de su propia alcoba y se acercó al niño en cuatro rápidos pasos. Le cogió del brazo, sujetando la mano en la que él llevaba las tijeras, para evitar que se hiriese o la hiriese a ella al asustarse.

—¿Qué carajo estás haciendo, Nuño?

Milagros no durmió más aquella noche. Nuño le habí­a confesado, sin demasiadas reticencias, lo que ocurría.

Por la mañana, al acabar la escuela, el maestro le habí­a pedido que se quedase unos minutos. Eso no era extraño, pues el maestro, don Ramiro, tení­a muy buena relación con el pequeño y su familia. Incluso, en un par de ocasiones, habí­a comido en la casa con ellos. Así­ que Nuño obedeció. El maestro le explicó entonces que necesitaba su ayuda. Pidió al niño que tomase algo del vello púbico de su hermana Mariana, y algunos hilos de su ropa, así­ como un poco de la tierra de su alcoba, y que se lo entregase todo al dí­a siguiente en la escuela. Don Ramiro explicó al niño que necesitaba esas cosas para colocarlas en un relicario y llevarlas a la capilla de Nuestra Señora de las Angustias, a fin de proteger a su hermana contra las tentaciones de la carne y rezar para que encontrase un buen marido.

El niño, emocionado por el amor que su admirado profesor mostraba por su familia, se dispuso a obedecer. Se sintió algo confuso cuando el maestro le pidió que guardase en secreto lo que iban a hacer, pero, al explicarle don Ramiro que era algo como el secreto de confesión, y que si sus padres o su hermana se enteraban el relicario no servirí­a de nada, Nuño asintió y cumplió lo que le habí­an mandado. Al volver de clase tomó algo de la tierra que cubrí­a el suelo de la alcoba de su hermana y arrancó unos hilos de uno de sus sayos. Después, esperó a la noche para hacerse con algo del vello solicitado, momento en que fue sorprendido por su madre.

Y ahora, Milagros no sabía bien qué hacer.

Como heredera de mujeres sabias, ella conservaba la sabidurí­a y conocimientos de generaciones, la eterna fusión con la naturaleza que sus ancestros habían desarrollado y conservado; conocía los misterios de las plantas, las utilidades secretas de los minerales y la gnosis que ocultan las entrañas de los animales. Y sabía también que el amor se puede atar, con el conjuro llamado ligazón, si el mago dispone de ciertos elementos propios del amado; tela de su ropa, vello púbico, algo del polvo levantado por sus pies, un poco de cilantro, la grasa de un cordero lechal, y algunas palabras tan antiguas que ya eran viejas antes de ser escritas por primera vez. Sólo eso, y la voluntad del hechicero, bastan para atar en apasionado sentimiento a la ví­ctima, que, incapaz de resistir el conjuro, correrá a entregarse carnalmente al mago hasta que se satisfaga su deseo sensual, o hasta que una nueva luna rompa el poder de la magia.

«Así pues», se dijo Milagros, «Don Ramiro es un brujo, o pretende serlo. Desea a Mariana. Si se lo digo a mi esposo, irá a matarle. Los hombres no saben actuar de otra forma. Todo lo resuelven con violencia y lucha. Y mi marido acabará ahorcado, porque no podremos probar nada, ni podemos denunciarle por brujo sin revelar mis propios conocimientos. Y si no hago nada, don Ramiro encontrará otra forma de conseguir lo que quiere. Dios misericordioso, ¿qué puedo hacer?»

Como siempre que necesitaba pensar en algo importante, Milagros paseaba de un lado a otro, aspirando con fuerza por la nariz, como si pudiese encontrar y tomar la solución del mismo aire, mientras daba vueltas entre los dedos a su rosario de serbal.

Peñasco movió las orejas y soltó un suave relincho, alzando la cabeza. Para evitar que despertase a su familia, ella entró en el pequeño establo y se sentó junto al semental, acariciando sus largas crines mientras susurraba palabras tranquilizadoras. El noble bruto, inmediatamente calmado por la tierna magia de las palabras, apoyó la cabeza en el regazo de la mujer y se durmió de nuevo. Al poco tiempo, el calor del animal llevó el sueño a los cansados ojos de Milagros.

Al día siguiente, Nuño fue a clase. Llevaba, envuelto en un trozo de tela, lo que don Ramiro, su maestro, le habí­a pedido; un poco de pelo moreno y rizado, un puñadito de la tierra de la casa, y unos hilos arrancados de una manta. Como su madre le habí­a sugerido, no debí­a decir al maestro ni a nadie que ella le dio todo aquello, para que no le riñese por necesitar ayuda y ser incapaz de hacerlo solo, y por desvelar el secreto encomendado. Mientras se alejaba, su madre, desde la puerta, le sonreí­a con afecto, pensando en lo fácil que resulta aprovecharse de la buena intención de los hombres, siempre dispuestos a pecar por hacer el bien.

La familia se acostó, como siempre, cuando ya la luna adornaba la noche. Nuño, Mariana y Fabián se durmieron enseguida, pero Milagros sólo fingió dormir. Pronto oiría ruidos, si todo salía como esperaba. No temí­a que su familia despertase, pues había incluido algo de melisa y valeriana en el vaso de leche caliente que tomaron tras la cena, y tampoco habí­a vecinos cerca de su predio, pero era mejor prevenir que curar. Cuando juegas con el diablo, se decía la mujer, no puedes cerrar los ojos.

Peñasco alzó la cabeza, como si escuchase una llamada, y relinchó nervioso. Milagros, con el corazón palpitante, se levantó de la cama y corrió a abrir la cerca del establo. El caballo, nervioso, paseaba de un lado a otro. Golpeó con los cascos el suelo de tierra, sacudiendo la cabeza entre suaves bufidos. La llamada se hací­a más fuerte. El caballo caminó hasta la puerta, olisqueando el aire. Sacudía la cabeza, mientras su poderoso pecho se hinchaba como fuelle de herrero. Igual, se dijo Milagros, que cuando se acercaba a una yegua. Y de pronto, incapaz de resistir el poder que le convocaba, se lanzó al galope a través de la puerta, casi atropellando a Milagros.

De nuevo la mujer esperó durante toda la noche, en vela, temerosa de que cualquier vecino madrugador acertase a pasar por la casa, o por la cabaña de las afueras donde viví­a don Ramiro.

Siempre se habí­a preguntado por qué el maestro no vivía en el pueblo, cerca de la parroquia donde daba clase. Ahora, claro está, lo sabí­a. Dios sabe qué oscuros experimentos realizaba, qué extraños objetos de alquimia y brujería guardaba en sus habitaciones un brujo capaz de lanzar la ligazón sobre una pobre niña que apenas había sangrado dos veces como mujer.

Pero eso no durarí­a mucho tiempo, si todo iba bien. Se tapó con la manta de Peñasco, a la que ahora le faltaban unos pocos hilos, y esperó.

Peñasco regresó casi al alba, cubierto de sudor pero mucho más tranquilo ahora que el hechizo habí­a perdido poder. Tení­a algunos arañazos en las patas, probablemente por haberse internado en el bosque, donde las ramas bajas y los arbustos debí­an haberle herido. Y, si uno se fijaba bien, era evidente que le habí­an recortado un poco las crines. Por lo demás, el animal estaba ileso.

Bebió y comió mientras Milagros limpiaba las pequeñas heridas con alcohol de romero y lavaba con agua caliente las manchas de sangre junto al bajo vientre del animal, sonriendo al ver que no tení­a heridas en esa zona. La sangre no era de Peñasco. Acarició al caballo, dándole las gracias con palabras antiguas, y después le dejó dormir tranquilo. Milagros se acostó junto a su marido, aprovechando las pocas horas de sueño que le quedaban. También durmió tranquila, ahora que su familia estaba a salvo.

3 comentarios

Daniel Aragonés marzo 1, 2024 - 10:18 am

Que maravilla. Me ha gustado mucho por infinidad de cosas. Pero leerlo con la voz del autor resonando en mi cabeza no tiene precio. Que aire más bueno el relato.

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Vicente marzo 3, 2024 - 1:02 pm

Genial e inteligente la protagonista de esta magnífica historia.

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FRANKY marzo 8, 2024 - 11:01 pm

Magnífico.
Me ha encantado

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