TORO SALVAJE (Martin Scorsese, 1980)

por José Luis Pascual

A menudo no somos conscientes de cómo se genera lo canónico, lo proverbial, lo que aceptamos como establecido, hasta que damos con su origen. La actual sociedad nos esclaviza en la inmediatez, haciéndonos desechar lo clásico porque ya se da por aprendido. Así, muchas veces cedemos ante la inabarcable oferta moderna y optamos por dejar en un rincón de la memoria aquello que ya vimos hace muchos años, sin percatarnos de que, aunque hay cosas que se mantienen inalterables, otras demuestran su entidad con el paso del tiempo. Es por ello que, ahora más que nunca, debemos ser conscientes de la importancia de la revisión.

Toro salvaje (Raging bull) comienza mostrando su intención fundacional. Con un plano estático se nos sitúa fuera del ring, con tres cuerdas marcando la frontera que separa al ser mitológico del simple mortal. Y digo ser mitológico porque esa primera imagen de Robert DeNiro/Jake LaMotta dibuja a una entidad casi sobrenatural, envuelta en una bata oscura que le cubre de la cabeza a los pies ocultándonos su identidad, mientras despliega una serie de movimientos en cámara lenta a través de una estampa borrosa que parece estar cubierta de niebla o bruma. Los títulos de crédito desfilan ante tal plano, con la espectacular Cavalleria Rusticana como banda sonora. El efecto es el de presentación de un ser mítico, etéreo y que está más allá de las arbitrariedades humanas. Es una concepción que, al fin y al cabo, no difiere mucho de la realidad del boxeador Jake LaMotta.

A partir de ahí, Martin Scorsese erige una epopeya personal que marca las líneas de las películas de boxeo que vendrían después. Cierto es que Rocky es anterior, y que hay evidentes similitudes temáticas; pero lo que Scorsese hace es imprimir su particular estilo a una narración que se beneficia de la tormentosa vida de LaMotta y del enorme trabajo de traslación a la pantalla que realizan los guionistas Mardik Martin y Paul Schrader. El resultado es un trabajo que no trata de glorificar al protagonista sino de tratarlo como a un ángel caído —ahí volvemos a conectar con el mito— mostrando sus múltiples miserias. Todo el drama que rodea al personaje principal viene a demostrar que lo importante para él es el boxeo, y que el resto de aspectos de su vida son secundarios.

Estamos por tanto ante un personaje perdedor pero que no duda en perseguir sus sueños, aunque estos carezcan de moral o capacidad empática. En la película, los combates son lo de menos, eclipsados por una deriva vital errática que arrastra a cuantas personas se acercan al protagonista. Puede no sonar demasiado original, pero volvamos a recordar que Scorsese está marcando los patrones a seguir por las producciones posteriores inscritas al cine deportivo, pese a que en realidad Toro salvaje trasciende el género.
Aunque lo importante está fuera del ring, Scorsese da toda una lección rodando los combates. El cuadrilátero se convierte en el escenario de una guerra, y el entonces joven director despliega una energía desmedida experimentando con ángulos y movimientos de cámara para que las secuencias agoten al espectador.

Esa visceralidad es buena culpa de Robert DeNiro, en una de sus mejores interpretaciones de siempre. Su Lamotta no se detiene ante nada, resultando a ojos del espectador un ser simpático y patético al mismo tiempo. DeNiro se transfigura en el personaje, calcando sus movimientos en el cuadrilátero, volteando su aspecto físico y adoptando ese carácter finalmente perdedor que asociamos a tantos y tantos boxeadores famosos. No hay que obviar el tremendo contrapunto que ejerce Joe Pesci en el papel de Joey LaMotta, compensando con temple y sobriedad el carácter asalvajado de su hermano. Igualmente, resulta destacable la estimulante presencia de Cathy Moriarty, actriz con aspecto de starlette que borda un difícil personaje.

Concluyendo, Toro salvaje adopta unas maneras que a la larga han establecido un canon. Tal vez sea este el biopic definitivo, aquel que quizá contenga recursos y formas que no han conseguido igualarse, pero cuyo espíritu conocemos y reconocemos de mil obras posteriores, pero que en buena medida nace aquí. Imprescindible.

4 comentarios

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JLO enero 21, 2020 - 4:42 pm

a pesar de lo mítico no la vi, tengo que hacerlo un día je. No recordaba que Rocky (otra genialidad) fuese anterior. Saludos

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José Luis Pascual enero 21, 2020 - 6:38 pm

Pues sí, la primera Rocky es de 1976, pero supongo que te pasó lo mismo que a mí, y es que el blanco y negro te hace creer que Toro Salvaje es más antigua.Ojalá te animes a verla, es un peliculón. ¡Saludos!

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FELIX JAIME enero 22, 2020 - 1:13 am

Sólo por esa primera escena ya merece la pena ver la película, una joya del cine independientemente de la temática. Creo que no es comparable con Rocky, ni mucho menos. Scorsese para mi gusto es mucho más profundo

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José Luis Pascual enero 23, 2020 - 3:45 pm

Estoy de acuerdo. \”Rocky\” también es canónica, pero busca otro tipo de registros que \”Toro salvaje\”.Muchas gracias por tu comentario. ¡Saludos!

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