Semana de los bosques: El bosque, origen y final

por Román Sanz Mouta

Empezaré con una declaración declamada: soy un impostor carente de síndrome, y hablaré aquí solamente sobre banalidades referidas al tema en cuestión; el bosque como concepto en el terror y algunas de sus ramificaciones. No como mis eruditos compañeros que, sin duda, ilustrarán vuestra semana con sus artículos y os desentrañarán las claves de toda y cualquier foresta y su relación con el miedo, presente, pasada y futura.

No es mi caso. Esto lo hago por las risas, los homenajes y el cariño, pues devendré en caótico pellizcando en diferentes temas, saltando de uno a otro sin orden y control, quizá despertando en vosotros algún recuerdo, anhelo o emoción. Avancemos.

El bosque, esa figura mítica y emblemática. Litúrgica. Y no solo el bosque, si no lo que se oculta en su seno, núcleo o corazón desconocido. Porque antes todo era bosque, era verde y madera reverenciada aspirando a tocar el cielo. Que nos daba cobijo, materiales imprescindibles, alimento. Que debíamos cruzar y atravesar con respeto como paso ineludible. Que cuidábamos sin saber de su importancia. Una fuente de cuentos. Hasta que decidimos horadarlo. Serrar sus troncos. Difamar sus espacios. Quemar su aliento. Violentarlo, atravesarlo, menguarlo, erradicarlo. Del ayer al hoy. Siempre prefiero el pretérito, tiempos más simples.

Pero el bosque, antaño, sugería y sugestionaba. Las leyendas ancestrales, perpetuadas, no solo de criaturas, también de sucesos, que únicamente allí ocurrían. Lo tenemos como centro en los cuentos infantiles; ¿quién no recuerda a Caperucita vagando por la espesura evitando al lobo, o a Hansel y Gretel perdidos en la arboleda? Serían incontables los ejemplos, pues a nivel narrativo existe poca atmósfera o recurso mejor. Podemos pensar en la novela de fantasía épica y el mismo Tolkien como abanderado, que no único (la masificación). ¿Qué héroe o heroína que se precie no ha debido atravesar un bosque, sea beatífico o funesto, vivo o muerto? ¿Qué heroína o héroe que se precie no ha soportado los tormentos de la naturaleza en su máxima expresión (con perdón de mi anhelada mar), o ha recibido sus dones y maravillas, merecedor de tales? Sea el bosque oscuro, el bosque negro, el bosque muerto o vaya usted a saber, pues se acaban las nomenclaturas con tantos nombres. Importan sus reyes, sus deidades, junto con los seres engendrados por sus entrañas de raíces. El verde invade las descripciones en todas esas obras, y creo que nunca se ha hablado tanto de árboles, hasta darles un papel o personaje propio, nada mejor como muestra que los mismos Ents.

Además, las creencias atribuyen su origen y morada a cientos de entes etéreos, que no podemos ver ni comprender. Y para ello, qué mejor que situarlos en la frondosidad a esos espíritus, hadas, duendes, ninfas, hombres lobo, dríadas, xanas… todos ellos de magia caprichosa que protegen su entorno, a la madre Gaia. Repito; reyes, deidades y engendros.

No puedo no mencionar a la Santa Compaña, pavorosa, paseando con sus luces y fuegos fatuos. Y mis favoritos, los pavorosos monstruos atávicos; el Wendigo y el Sasquatch (el folclore local ofrece muchos más críptidos, atentos a vuestra zona). Hay ganas de encontrárselos. Rastrearlos. Conocerlos y reconocerlos, porque pueden ser parte de nuestra genealogía, de nuestra cosmogonía. ¿Acaso lo hemos investigado? ¿Acaso le damos pábulo a las leyendas? No, ya que perderían su razón de ser. Pero haberlas, como decimos los gallemos, haylas.

Sin olvidar que son lugar de reunión, cónclave y concilio por los antiguos y venerados druidas, ni los primeros ni los últimos en convertir la foresta en algo sagrado y cuna de su poder. El bosque es la iglesia de los verdaderos creyentes.

Pero vamos a adentrarnos en el terreno especialidad del Monolito: el terror. No sé si vosotros os habéis perdido alguna vez, de pequeños quizá, despistados de madre o padre en algún supermercado o ciudad, extraviados en una excursión colegial, confundidos tras algún devaneo con alcohol y drogas. Y no pasa nada, ¿sabéis por qué? Porque no habéis abandonado la civilización. Pero, ¿y si cambiamos de tablado? Quién quiere perderse en lo profundo del bosque. Equivocar el sendero. No comprender las señales. Dejar que caiga la noche. Ver cómo se apagan las luces artificiales. Quedarnos sin GPS (para aquellos cobardes que lo usen). Carecer del sentido de la orientación o lectura de las estrellas y el musgo. Comprender que las copas de los árboles se cierran sobre ti, que las raíces se desentierran y reptan bajo tus pies con hambre, que cada sonido fugaz se acerca presuroso, sea gruñido o arrastrar, que el peligro, animal y vegetal, puede venir desde cualquier altura, trampa o confianza. Tus sentidos se alternarán entre la hipersensibilidad y la ausencia de función. Come algo que no debas. No mires dónde pisas. Acércate a una aparente flor de brillantes colores. Y eso solo es su fauna y flora. El bosque, en sí mismo, puede y sabe cómo devorarte. Hacer que lo recorras en círculos hasta quedar exánime y pasar a formar parte de uno de sus milenarios árboles. Es una entidad comunal simbiótica. Porque cuando desapareces en el bosque, nadie te encontrará. Fagocitado. Parte del mismo. Acechando al siguiente excursionista, desprevenido o demasiado osado, para invitarle a formar parte también de tu nueva familia.

De nuevo, hay ciento ejemplos de uso magnífico del bosque como elemento en una novela de terror (no ahondaré ya en el cine), y me atrevo con unos pequeños ejemplos que demuestran mi ignorancia (ya os avisé):

Los Sauces, de Algernon Blackwood. Una novela corta, densa y ponzoñosa que crea el desasosiego. Admirable su estilo ominoso. No quisiera verme en tamaño desafío.

El Ritual, de Adam Neville. De cómo la inexperiencia y la estupidez te llevan a un lugar no pisado ni hollado, donde te esperan ritos ancestrales. Sacrificios. La locura.

Al final del bosque, de Tony Jiménez. Donde la foresta es un personaje temible, más grande y antiguo que el hombre, deseoso de retomar su lugar. Que se reconstruye y se reinventa. Cósmico.

Amigo imaginario, de Stephen Chbosky. El campo de juego de criaturas invisibles a nuestros ojos que nos engañan, nos sustituyen, que quieren todo lo que tenemos y somos. El otro lado. Cobrando forma y voz.

Lengua de pájaros, de Víctor Sellés. Una fábula no exenta de terror donde, ahora sí, se nos muestra ese otro lado del velo con todas sus sombras y colores, lo que existe cuando aceptas y cruzas su frontera.

Todas ellas, y muchas más que aportarán mis adláteres, están dotadas con una atmósfera que te seduce por lo terrible y te mastica hasta dejarte en el tuétano. Que desvelan parte de sus secretos, con permiso, pero no todos.

¿Qué ha pasado entonces con los bosques, con el bosque como concepto?

Que se ha cartografiado. Lo hemos descubierto y desentrañado, o eso creemos. Lo hemos forzado, abusado, devastado. Intentado robar esa su esencia. Para que pierda el embrujo. Apenas quedan ya reductos prohibidos, llenos de lo arcaico y primigenio, que no se hayan desmenuzado, que no se conozcan, a los que no se les hay arrebatado ese secreto comentado. Ya no sentimos miedo al adentrarnos. Al penetrarlos. Tenemos armas, herramientas, tecnología. Pobres inocentes…

Aquel que crea que está todo estudiado y descubierto, peca de soberbia, prepotencia y estupidez en grado sumo. Ni antes era un agujero negro, ni ahora ha sido desnudado y exhibido. No todavía.

Sus figuras mitológicas no están extintas, solo aguardan el momento. El miedo todavía se posa en el bosque, y no solo se ha trasladado a lo inexplorable devenido en nueva obsesión, como el fondo de la mar, el espacio exterior, los sueños y pesadillas. Late. Palpita. Pulsa. Te espera. Lo buscamos demasiado lejos.

Yo me he perdido en el bosque, en uno y varios de ellos, en propósito inconsciente o por torpeza despistada. De madrugada, como se debe. Anegado por sus seductores sonidos, susurros, voces. Imbuido de su olor. Adentrándome en la oscuridad verde y marrón. Abrazando su promesa. Y no puedo, no me dejan contar lo sucedido. Deberéis tener vuestra propia experiencia.  

Ven a jugar. Atrévete.

Entra en el bosque.

¿FIN?

PD: quisiera añadir al listado de lecturas recomendadas sobre el tema, ya que su modestia no se lo permite y me considero yo obligado debido a la calidad perturbadora del texto, el relato de nuestro director monolítico, José Luis Pascual, incluido en el último número de Círculo de Lovecraft: Agujeros Negros. Capta, con la mezcla de inocencia e intención nefanda, toda la esencia de lo que pretende esta semana; terror en el bosque.

5 comentarios

FRANKY
FRANKY noviembre 19, 2020 - 12:41 pm

Primos hermanos, es verdad!
Estamos preparados para sobrevivir en el bosque. y si puede ser a costa de adolescentes tetonas y borrachas mejor, los bosques, como las colinas, tienen ojos

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Román noviembre 20, 2020 - 10:55 am

Ya te lo avisé. Inquietudes vitales compartidas y una manera de expresarlas que es vómito intuitivo y con el fin de las risas. No me veo con esas adolescentes, soy más de entidades ancestrales en el seno del bosque, en su sima, que de los slasher, que siempre me dejan frío. Gracias compañero.

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Vicente noviembre 19, 2020 - 9:35 pm

Eres un crack, Román.
José Luis. El título “El ritual” se ha quedado sin color rojo 🙂
Qué buena semana de bosques me estáis dando. Gracias.

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Román noviembre 20, 2020 - 10:56 am

Gracias Vicente. Tú que nos lees con buenos ojos y curiosidad ávida. Había que hablar de los bosques. Veremos cuál es la siguiente temática… Resuenan las olas en mi cabeza.
Un abrazo.

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José Luis Pascual noviembre 20, 2020 - 9:25 pm

Lo de los títulos en rojo es porque son links a reseñas de la web. En el caso de «El Ritual», no la tenemos reseñada, de ahí que aparezca como texto normal.
Encantados de que estés disfrutando con el sonido del bosque…

¡Un abrazo!

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