Relato: UNA BOCA (Fco. Santos Muñoz Rico)

por Francisco Santos Muñoz Rico

Fotografía © Juan Carlos Pascual

Una bocanada, así empieza: siento una pestilente vaharada. Y abro los ojos: una enorme boca se abre ante mí. De dientes podridos, cariados, amarillos y deformes; un puto asco. La podredumbre está viva, se mueve, respira. Las caries no son negras, sino verdes. El amarillo de los dientes es el mismo que he visto en museos, en viejos huesos de seres extintos. La deformidad evoca tétricas formaciones rocosas, escenarios lovecraftianos para partidas de exploradores sin posible retorno. Locura.

No sé, todavía, a quién pertenece la boca.

Una parte de mí sueña que la boca no es más que un elemento en un cuento que estoy escribiendo, una fantasía de un escritor tullido, un patético hombrecillo que bebió más de la cuenta y apretó el pedal del acelerador hasta el fondo. Escribe con la boca, que es lo único que puede usar, dictando a un programa para tullidos que le puntúa el texto de manera absurda. Pone. Más. Puntos. Y, comas. Que. Palabras. Casi. Se supone que es un programa inteligente. También se suponía eso de mí: que era inteligente. Pero me la pegué con el coche del padre de mi novia. Me tragué la mitad de mis propios dientes. Tenía partes de ella, de esa chica minutos antes parlanchina y sonriente, en la ropa, en el pelo, su sangre en mis ojos, en los intersticios de mis heridas, proyectiles de cristal me atravesaron, trocitos de sus huesos me penetraron la piel como metralla: yo lo veía todo, pero ya había dejado de sentir. Ella era una diáspora, y yo un trozo de carne inútil. Ahora soy escritor, ja, gracias a que mi familia tiene dinero. Dijo mi padre: te gustaba escribir, hijo, hay un programa informático… Y mi madre: escribirás, papá te compró un ordenador especialmente diseñado para personas de tu condición.

Pero esa mierda es solo una parte de mí, cada vez con menos entidad: la boca gigante y pestilente del desconocido ente es un ensayo filosófico, un texto con enjundia. Lo del tullido escritor es un cómic a medio hacer y cada vez más abandonado: es una broma, un sueño aburrido. Por eso vuelvo a la boca.

Sport Line. Cuando conseguí mirar hacia abajo, forzando al máximo los ojos, vi que en el brazo de la silla de ruedas, azul eléctrico, ponía eso: sport line, y me dio un ataque, no sé si de risa o de llanto y desesperación. Pero me dio. Iba a volver a la boca.

La tremenda boca. ¿Me va a devorar? ¿Es mi propia boca? Su lengua asquerosa es un sapo protervo, agazapado, cubierto de bubones y pústulas, de cráteres pestíferos, de poros erizados como pezones, ¡los pezones de la puta Shiva! El padre de mi novia vino a gritarme al hospital, a insultarme y a escupirme con su boca rabiosa y llena de odio: lloró mientras me golpeaba, y yo no sentí nada salvo el olor del café con leche en su saliva sobre mi cara hierática de asesino tullido.

Nunca quise a esa chica (ni sé lo que pueda ser “querer”) y su muerte no es nada para mí, solo causa de envidia. Ella murió y yo no. Ella desapareció y yo permanezco. Y si la quise lo hice siendo otro, ahora soy el que enfrenta la boca. No sé, ni quiero saber, cómo se resuelve la limpieza de mi trasero, no sé si sigo cagando y meando o no, y repito: no lo quiero saber. Una enfermera que casi vive aquí, al parecer, se ocupa de esas cosas que quedan fuera del plano de mi visión, mi cabeza tiesa solo mira a la pantalla del ordenador (el ordenador especial para gente de mi condición). Puta enfermera, la odio; y ella lo sabe, aunque nunca le hablo lo sabe, sabe que la odio y la desprecio. Nunca le dicto a mi programa de escritor tullido cuando ella está en la habitación. Solo escribo cuando estoy solo, así es como me alejo de “mi condición” y me dedico a enfrentar la boca gigantesca.

He atisbado tras sus ajados y azules labios de cadáver el sesgo de un rostro malvado, pero es demasiado grande, tan grande que se me hace invisible casi, como una cima lejana entre nubes. Ni abarcar ni imaginar se puede.

Del fondo cavernoso de su garganta un gruñido horrísono hace tremolar este universo, es un sonido en total y absoluta oposición con la sílaba AUM; no sé, a más de esto, describirlo.

A veces me quedo dormido en la silla (sport line) y sueño con la boca, y a veces, frente a la boca, en el umbral de la nada de mi mente, sueño con la silla, o la recuerdo. Como si detrás de mí estuviera la silla, mi culo manchando el pañal para adultos, la enfermera desagradable, el rabioso padre de mi novia muerta, mis propios padres, el ordenador para personas de mi condición, el médico comprensivo que da palmaditas en mis hombros insensibles; y prefiero enfrentar la boca: la pestilente vaharada, su bocanada, es un viento vivífico de desafío interestelar que me llama como a un elegido, héroe, guerrero, o por lo menos como a una víctima sacrificial, ¡pero una víctima entera y dispuesta, no borracha e imbécil, ni reducida!

El cielo de carne muerta de la grandísima boca se deshace en jirones mugrientos que cuelgan. Parásitos monstruosos anidan en las anfracturas callosas, unos cabeza abajo como murciélagos, sus patas clavadas con garras magníficas a la carne, envueltos en sus alas y con los ojos cerrados, esperando, soñando. Otros parásitos son pura bituminosidad, y andan de aquí para allá realizando un trabajo incomprensible, como si cuidasen de los murciélagos. Su mucilaginosa estela permanece luminiscente un rato, y a veces chorrea sobre la cabeza de la lengua sapo agazapada. Es un mundo la boca y yo estoy a sus puertas, olvidando las carreteras de asfalto y soñando con el tracto digestivo; olvidando las farolas y las luces en las ventanas de los soporíferos humanos y empezando a fascinarme con los pólipos que intuyo en la lejanía de esa caverna proterva que gruñe; olvidando los pañales sucios y la saliva de café con leche, gozoso de anticipar resbalones con el pus, quemaduras de ácido gástrico.

Dejo el cuento a medio terminar, no va a haber nadie que lo escriba; yo voy a la boca, ya no una parte, voy yo, entero, me desgajo del azul eléctrico de sport line y floto adentro de ella, de mi madre, de la devoradora.

Francisco Santos Muñoz Rico

Fco. Santos Muñoz Rico (1979) es músico, poeta maldito, aficionado a cualquier tipo de lucha, amante del terror en todas sus formas, místico, medium, yogui, iluminado y oscurantista. Es autor de las novelas "La Ciudad De Los Infrahombres", "Aquí Hay Monstruos", "El Zombi: Una Historia Verídica", "Juego De Sueños", "La asesina", "El tesoro de la urraca", "Primer plano del fuego", "Frank Malone busca venganza", y del poemario "Injertos" (Open City).

2 comentarios

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León Gramusky abril 4, 2021 - 1:07 am

Esto es un lío, no me entero de quién es el asesino. ¿El que iba de incógnito? ¿O el que vivía en una boca que tenía ventanas en los mofletes y que el dueño de la boca habría las dos ventanas y dejaba por unas monedas que los borrachos de la cantina le dispararan a través de ellas y el que vivía dentro de la boca se cagaba de miedo así que se ponía un traje y un sombrero, cogía la maleta y se iba por la puerta de la boca que estaba en el cielo de la boca y subía una escalera hasta que llegaba a un despacho donde un carabinero le disparaba con un laser para ver si era un androide o un humano y una vez que quedaba claro qué era lo reducía a cenizas? Ya sabes, la típica de salirse de Guatemala.

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FRANKY
FRANKY abril 5, 2021 - 10:20 am

El asesino es La Miseria.
Y no quise hablar del láser porque pensé que ya se intuía entre líneas

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