Bajo el dolmen 21: Siempre hemos vivido con esto dentro

por Francisco Santos Muñoz Rico

Mira, amigo. Las malas tierras de Wyoming no le hacen bien a nadie, supongo que te hacen crecer con algo oscuro en tu interior. No es mi culpa, no se puede luchar con lo que uno lleva dentro, lo mejor que se puede hacer es dejarlo salir. Estoy seguro de que todos tenemos ese instinto, lo que pasa es que muy pocos nos atrevemos a darle vía libre. No soy un cobarde.

Nebraska, José Luis Pascual

Después del pequeño revuelo de mi último artículo en esta sección, quiero hacer una pequeña declaración: me reafirmo en todo lo escrito, con mi nietzscheano y unamuniano espíritu de contradicción incólume —esto por sentado—. Parafrasearé al viejo Goethe: la noche es la mejor mitad de la vida. Recordemos que cuando hubo gente (pardillos casi en su totalidad) que se suicidó después de leer ese maravilloso libro de Goethe, Los sufrimientos del joven Werther, el propio Goethe dijo algo así como “me la pela” (aunque en alemán, claro); y es que si un alfeñique cae, no es cosa que mueva a pena ni a sufrimiento ¡a un titán como Goethe! Muy al contrario, casi lo moverá a risa: —sigo parafraseando (porque quién sabe dónde leí esto)— un hombre de gran sensibilidad se ríe de cualquier cosa, sea esta dramática o bufa, su estado interior se manifiesta indefectiblemente. ¡Cuánta razón!

Su estado interior, por cierto, siempre es un gran cachondeo a lo Buda.

Los que han entendido el antementado artículo saben que la cuestión era diferenciar “el odio”, y sobre todo “la violencia”, de “la agresividad” y de “la agresión”. Poco más, solo decir que esas cosillas, odio, violencia, las llevamos dentro, no podemos hacer como si no estuviesen. Los que no lo entendieron, a estas alturas ya habrán abandonado la sala… Sigamos, pues, los cuatro gatos de siempre:

Por esto que decía funciona tan bien la maravillosa Un día de furia, de 1993; por eso, a menor escala, funciona tan bien mi novela Primer plano del fuego; por eso funciona tan bien el viejo Holden Caulfield, y mi querido Barton en Carretera maldita de Stephen King; o, del mismo autor: el buen Charlie en Rabia. Los ejemplos son inagotables, y sin embargo parece que el tema sigue ofendiendo: no te salgas de la fila, aunque sea la fila para el matadero, ¡respeta la fila! ¡guarda las formas!

Todos podemos, y queremos (o como mínimo: entendemos), reventar, todos queremos decirle al encargado de la hamburguesería de turno “sírveme mi puto desayuno, Ricky”, mientras le apuntamos a la cara con una Uzi; todos queremos, no digáis que no, abandonar el coche en medio del mar de tráfico. Y salir andando hacia la libertad efímera.

Porque es efímera, claro, como todas las cosas.

Muchos de estos protagonistas, héroes o antihéroes, llamadlos como queráis, dementes, locos, iluminados… al final palman, pero este fin tiene poco de triste o dramático y mucho de glorioso. Este fin no “se la pela” a Goethe. Irse montado en un gran boom y de paso llevarse a unos cuantos hijos de puta contigo no solo es algo que funciona en este tipo de obras, tan necesarias como inevitables; esta idea, recalquemos: “irte montado en un gran boom y llevarte contigo a un montón de hijos de puta” también se oye, se saborea, se palpa por doquier: en conversaciones casuales en la cola del paro, ante una barra de pan a noventa y cinco céntimos, viendo en la tele a señores con corbata que deciden cuánta tajada de nuestro sudor, sangre y lágrimas se van a quedar para ellos por el simple hecho de que pueden hacerlo. ¿Cuántas veces habéis escuchado “un día me lío a tiros con todos esos cabrones” o “luego se extrañan de que un tipo armado con un rifle se monte una fiesta desde un campanario”? ¿Cuántas veces lo habéis dicho vosotros mismos?

La literatura, bien entendida, bien vivida, sirve como válvula de escape para que no nos liemos a tiros de verdad. Después de ver a Michael Douglas con su ametralladora pasando su día de furia te quedas ahíto, te cuelgas de sus pequeños discursos y ya no sientes la tremenda necesidad de cargarte a nadie, puede que solo sea un eco latente; por el momento. Sabes que volverá, pero de momento te pones en tu lugar en la fila para el matadero y sonríes: sabes algo que los demás ignoran. Sabes que sí, la libertad sería efímera, y que también lo será el yugo, sabes que sigues dando vueltas a la misma idea: BOOM, el gran petardazo. Y sabes que todo es una broma, y al mismo tiempo la cosa es seria…

Pero lo que verdaderamente sabes es que no merece la pena: prefieres quedarte con tus veinte horas al día de miseria y cuatro de estar con tu mujer y tus hijos, con tu consola de videojuegos, tus cómics, tus pelis, tus libros, tu porno o tu lo que sea. Los manidos pequeños grandes detalles: no os animo a reventar, os animo a asumir la necesidad que tenéis de hacerlo y hacer con ella lo que los loqueros llaman sublimarla; pero también os animo un poquito a reventar. Aunque no le digas a Ricky que te ponga tu puto desayuno apuntándole a la jeta con tu Uzi, sí que puedes decirle “Ricky, tío, eres un desalmado perro de tu amo, no me pongas el desayuno: métetelo por donde te quepa”. Esto es muy sano, creedme. Y si lo decimos más, los Rickys del mundo se irán haciendo cada vez más simpáticos. O no. Pero al cabo, ya lo hemos dicho: todo es una Gran Broma, así que: qué más dará.

3 comentarios

C.G. Demian noviembre 1, 2021 - 12:54 pm

La vida interior es como una novela, pura ficción, aunque verosimil. Solo los que no comprenden la diferencia entre esos dos mundos se convierten en violentos o en puritanos.
El odio es libre y sin él solo somos un unicornio vagando por un cielo azul e infinito o un loco que se golpea una y otra vez contra las paredes de su celda acolchada.

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FRANKY noviembre 1, 2021 - 7:07 pm

Está claro que entre nosotros este artículo es de perogrullo, CG, jajaja

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omduart noviembre 2, 2021 - 11:05 am

Yo lo veo así justamente… considero la vida un generador de historias infinito que junto a la entropía va creando relatos y más relatos…. y eso implica que en última instancia tenga un hilo narrativo humorístico y relajado… Nada importa y por lo tanto todo importa y está bien… Dame mi puto desayuno.

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