DJINN, EL ESPÍRITU OLVIDADO

por J. D. Martín

Preguntaba hace poco a mis compañeros del Monolito sobre relatos fantásticos que reflejasen la figura del djinn, el conocido “genio de la lámpara”, en la literatura clásica occidental. Pocas referencias encontramos, y eso que son un banco de datos más completo que el de muchas bibliotecas.

Es algo que siempre me ha sorprendido. Los djinn tienen tal potencial como protagonistas de relatos de terror y misterio que me he preguntado a menudo por qué les mantenemos en el olvido.

Empecemos por el principio. El djinn, o genio para que nos resulte más familiar, es una de las tres clases de seres conscientes creados en el inicio de los tiempos. Los ángeles surgen del aire, los humanos de la tierra, y los djinn del fuego. Así lo reflejan varias culturas preislámicas, y después el Islam adoptará a estos seres como propios, apareciendo no pocas veces en el Corán y otros libros de esta cultura.

Poseen una naturaleza muy caprichosa, casi maligna, y tienen el poder de provocar tormentas de arena, arruinar cosechas o causar plagas. Algo que las civilizaciones de origen europeo y algunas del África profunda suelen atribuir a los vampiros, por ejemplo. También son capaces de poseer a las personas, de confundirlas interviniendo como entes invisibles en sus conversaciones y, el más popular de sus actos, de conceder deseos. Da para cuento fantástico, ¿verdad?

Una característica fundamental de los djinn es su libre albedrío; si la mayoría de los monstruos de nuestro imaginario son esclavos de sus pasiones —un licántropo necesita comer, un fantasma busca el calor de la vida o resolver sus asuntos pendientes—, el genio tiene la capacidad de decidir qué dimensión moral tendrán sus actos. Ya absorbidos por la religión musulmana, encontrarán la redención al adorar a Alá, como los seres humanos. En anteriores tradiciones esta dimensión moral puede ser más abierta y compleja, hablando desde un punto de vista narrativo.

Parece claro para este humilde redactor que la dimensión religiosa del genio es en gran parte responsable de su exclusión del imaginario occidental; todos sabemos que la religión católica no ha sido nunca muy amiga de adaptar otras tradiciones sin pasarlas por su particular filtro, y el djinn tiene todas las papeletas para convertirse en uno de los chicos malos; nacido del fuego, dispuesto a condenar a los humanos, capaz de conceder deseos… sí, lo sé, habéis pensado en el Diablo, el Adversario, el Rey del Infierno.

No me convence. Dejando aparte a efrits y otras criaturas más “infernales” de las tradiciones orientales, hay que tener en cuenta varias cosas. El demonio cristiano fue en origen un ángel, un rebelde que se enfrentó a Dios y por ello resultó condenado al infierno, origen muy diferente, como ya hemos visto, del de los genios. Aunque los demonios poseen también el libre albedrío, su objetivo común y constante es la condenación de los humanos, mientras que los genios tienen una capacidad de elección mucho más individual. Comparten ambos la potestad de conceder deseos, que en los diablos deberá regirse por pactos —por lo general, el humano consigue lo que quiere a cambio de entregar su alma al final del periodo establecido— y en los djinn se consigue esclavizando al genio. La relación de igualdad en el primer caso y de amos y esclavos en el segundo marca otra interesante diferencia, y explica por qué los genios tendrán casi siempre la intención de malinterpretar las órdenes de sus amos, pervirtiendo el deseo y volviéndolo contra ellos si es posible. Para enfrentarse a los demonios resultan más útiles la fe y los objetos sagrados que la pura astucia, mucho más eficaz para lidiar con un genio. Pese a las diferencias, parece que no pocas leyendas y relatos protagonizados en origen por los djinn han pasado por ese filtro cristiano y, convertido el genio en demonio tentador, se han conservado en nuestro acervo con mayor o menor éxito. No será hasta el siglo XVIII cuando los genios encuentren su lugar en la literatura occidental gracias a Aladino.

 

NO HAY UN GENIO TAN GENIAL

Allá por 1710 llega a Europa la primera versión de los cuentos de Las mil y una noches. Como mis instruidos lectores ya sabrán, este volumen se basa en la idea de que, en los tiempos de “érase una vez”, cierto sultán tenía por costumbre escoger a una mujer de su harén para que le contase un cuento. Si el relato no le satisfacía, o cuando la pobre concubina se quedaba sin historias, el sultán procedía a cortarle la cabeza. Bueno, los narradores actuales estamos bastante contentos de que esta tradición no se haya perpetuado. Cuenta la leyenda que Sherezade, una de las mujeres del harén, fue capaz de contar mil uno maravillosos cuentos al sultán, conquistando su corazón y convirtiéndose en su esposa.

Hay varios relatos en esta recopilación donde aparecen los djinn, pero será el de Aladino y la lámpara maravillosa el que cale hondo en nuestra cultura.

Aladino es un joven huérfano, pobre pero bueno y generoso, que un día se encuentra con su supuesto tío, el mago malvado de turno. Este le convencerá para entrar en una recóndita cueva y recuperar una lámpara de aceite, a cambio de su protección, cariño familiar y esas cosas. Ya en la gruta y por puro accidente, Aladino libera al djinn prisionero en la cueva y empieza el conflicto narrativo. Aladino y el malvado tío querrán hacerse con el genio, éste buscará su libertad, Aladino usará su nuevo poder para conquistar a la princesa y claro, llega el clásico viaje espiritual del héroe; Aladino consigue sus objetivos manteniendo esclavizado al genio, que en este relato es una fuerza positiva, y volverá a perderlo todo. Cuando parece que el mago se saldrá con la suya, Aladino encuentra la madurez y, dispuesto a sacrificar sus propios logros por ayudar a otros —buscando la felicidad de la princesa y la libertad del genio— acabará por triunfar.

Dejando aparte el análisis del camino moral, el conflicto interno y demás, que aquí hemos venido a hablar de genios, cabe decir que este relato marcará varios de los puntos clave que asociamos a estos seres. Los deseos son concedidos de tres en tres, y el genio aparecerá encerrado en una lámpara —también la tradición nos dice que el rey Salomón poseía un anillo en el que uno o varios djinn están confinados—, y por tanto sometido al poder del amo.

El proceso de encerrar al genio, repetido en no pocas narraciones, es el siguiente; enfrentado a la criatura, el protagonista de turno le retará a mostrar su poder. El genio toma diversas formas horribles y gigantescas, y el protagonista le reta a convertirse en algo pequeño, por lo general razonando que es más complicado hacerlo y que el genio no es tan poderoso como para lograrlo. Y entonces le encierra y esclaviza. A los aficionados al cuento tradicional les sonará. También a principios del siglo XVIII, el Gato con Botas usará esta argucia para que el ogro, dueño de las Botas de Siete Leguas, se convierta en ratoncillo, momento en que el ingenioso gato lo devora y se hace con el mágico calzado.

La marca indeleble de Aladino permanecerá hasta nuestros días, y como todos los cuentos tradicionales, sufrirá una clara deriva hacia el más empalagoso de los enfoques durante todo el siglo XX.

En esta época el cuento pierde su carácter admonitorio, la dimensión de instrucción y advertencia frente a comportamientos peligrosos que tenía en origen, se eliminan elementos violentos y sangrientos y se tiende hacia una moral maniquea, una especie de “si eres bueno, todo saldrá bien; si eres malo, acabarás perdiendo” que los convierten en producto de consumo fácil y entretenimiento simplón. Seguirán siendo muy escasos los acercamientos realistas, si puedo llamarlos así, a la figura del djinn.

 

CUIDADO CON LO QUE DESEAS

Esta frase, que hemos escuchado y leído mil veces, resume a la perfección nuestra relación con los djinn en la narrativa. Como ya he dicho, los genios tienden a pervertir nuestros deseos, haciendo que conseguirlos sea más un castigo que una ventaja, lo que suele condicionar el desarrollo del conflicto en la obra. O bien la casualidad salva al humano, o bien es su astucia la que supera a la de la criatura. Por supuesto hay una tercera opción, en la que el peticionario acabará condenado. Mi preferida.

Veamos algunos ejemplos, extraídos de una conversación con el resto de redactores del Monolito, que son poco menos peligrosos que los djinn. Los dos primeros no son, en su forma actual y occidental, cuentos de genios, pero creo que son un buen ejemplo de lo que decía antes; la criatura es sustituida por conceptos más cristianizados, más cercanos a nuestra cultura, manteniendo la mecánica intacta.

La pata de mono es nuestra primera parada y nos lleva a 1902. Nos cuenta la historia de la familia White, que recibirá la visita de su amigo, el sargento Morris, recién llegado de la India. Allí adquirió una pata de mono capaz de conceder tres deseos, aunque esos deseos pueden dañar a quien los pide. Pese a todo, los White se quedan con la pata y ejecutan su primera petición.

¿Que qué ocurre? Pues puedes imaginarlo, paciente lector. La cosa sale mal. Como me gustaría invitarte a que leas este interesante relato de W. W. Jacobs, no entraré en detalles.

Retrocedamos ahora a 1899, para encontrarnos en Hawai con Robert Louis Stevenson. Tres años después de su inmortal El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, el autor escocés se acerca de nuevo al género sobrenatural con El diablo de la botella, una novela corta que podemos considerar de djinns.

Si el origen exótico está en India para Jacobs, Stevenson nos lleva a Hawai. Allí el joven Kaue, pobre y sin amor, se hará con una botella en cuyo interior está encerrado un diablo que debe conceder los deseos del legítimo dueño de la botella. Profundizando en la cristianización de la leyenda, Stevenson impone la condición de que quien muera en posesión de la botella, irá al Infierno. La única manera de librarse del diablo es vender la botella por un precio menor que el pagado por ella, y avisando al nuevo propietario de las condiciones. Un pacto en toda regla, que nos lleva de nuevo a la mezcla entre la tradición original y la moral cristiana. Es un relato maravilloso por la evolución del personaje, por esa condición que marca una cuenta atrás constante y por el conflicto entre conseguir los deseos y pagar sus consecuencias. Como La pata de mono, El diablo de la botella tiene momentos de auténtico terror y juega con las emociones humanas de los personajes con coherencia y soltura. Pero sigue siendo una adaptación, una interpretación contaminada o transformada por rasgos culturales y sociales que la alejan de la fuente.

Tendremos que volver al siglo XX para encontrar la que, en mi opinión, es la mejor historia moderna protagonizada por genios. Las crónicas de Bartimeo, escritas por Jonathan Stroud, nos narrarán las aventuras de un genio en un mundo distópico, en el que la magia es real. El imperio británico, gobernado por magos, es la potencia hegemónica. Los niños con aptitudes para la magia son seleccionados por el Gobierno, apartados de sus familias y criados por hechiceros que les enseñarán a utilizar sus poderes. Dichos poderes no emanan de los propios magos, sino que son una canalización basada en la invocación y esclavitud de los demonios del Otro Lado. Es decir, de los genios en sus distintas categorías y versiones. Una abigarrada pero muy efectiva mezcla de ritos de invocación esotérica, leyendas de los pueblos semíticos anteriores al Corán y la Biblia, magia medieval y alquimia, que ayudará a los hechiceros a mantenerse en el poder. Sin embargo, un joven movimiento de resistencia se opone a esta oligarquía, impulsado por humanos inconformistas que parecen invulnerables a la magia. En cuanto a los seres del Otro Lado, existe un amplio abanico de actitudes, desde el que trata de impulsar una rebelión contra los magos hasta quienes viven su esclavitud con un conformismo servil y hasta orgulloso, pasando por el cinismo de Bartimeo, preocupado solo por su propia supervivencia. Aunque se trata de literatura juvenil, y ya sabemos que en muchas ocasiones esto lastra las obras, por la injusta consideración de género menor que muchos dan a dicha literatura, es una serie divertida, deliciosa en su aparente sencillez y plena de documentación que puede enseñarnos mucho sobre este mundo de los genios. Momentos de verdadero terror, aliviados por el tono jocoso de Bartimeo, mezclados con capítulos muy intimistas en los que el desarrollo emocional de los personajes gana peso y tira de la trama, planteando en todo momento preguntas sobre el valor de nuestra propia identidad, sobre nuestro concepto de la justicia y qué estamos dispuestos a arriesgar por conseguir hacerlo real, y qué estamos dispuestos a exigir a otros.

Tres historias que me atrevo a recomendaros, si el tema de los djinn os interesa, y que nos abren un pequeño camino en este mundo tan olvidado y tan pleno de fantasía. 

6 comentarios

FRANKY
FRANKY enero 29, 2021 - 3:43 pm

Se me ocurre ahora Dial (si no me falla la memoria), que viene en Ahora intenta dormir, de Emilio Bueso, como otra variación sobre el mismo tema. No sé si o conocerás

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J D Martín
J D Martín enero 29, 2021 - 6:14 pm

No, pero lo buscaré. Gracias.

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José Gabriel enero 29, 2021 - 9:43 pm

El cuento de los tres deseos (en Castilla es un hada la que los concede; en Rusia un pez sacado del río; en las Mil y una noches, un genio en una botella en el estómago de un pez) es un curioso motivo que se encuentra por doquier. Parece una admonición contra quienes esperan que sea la magia quien les traiga la buena ventura.

P.D. En mi versión de Aladino de cuando era pequeño, el falso tío de Aladino usaba un genio del anillo para abrir la cueva, y Aladino empleaba el anillo para recuperar la lámpara.

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J. D. Martín
J. D. Martín enero 30, 2021 - 11:15 am

Es cierto. Y casi me atrevo a decir que los deseos se conceden de a tres no sólo por el valor místico o espiritual del número, sino que es cómodo para la estructura del relato. Un deseo para equivocarse, otro deseo para tratar de arreglarlo y estropearlo más, y el tercero para enderezar el error perdiendo lo conseguido. Normalmente sucede así, lo que creo que obedece a la intención aleccionadora de los relatos.

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Amparo enero 30, 2021 - 10:26 am

Ingente artículo, José. Como siempre.

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J. D. Martín
J. D. Martín enero 30, 2021 - 11:15 am

Mil gracias, Amparo.

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