El Centinela: Las excentricidades de Charles Dickens

por C. G. Demian

Aunque Arthur Conan Doyle era un espiritista convencido, tuvo mucho cuidado en no vincular a Sherlock Holmes con un asunto tan controvertido. Por eso, cada vez que Holmes se encuentra con fenómenos potencialmente sobrenaturales, el detective permanece impertérrito y busca una explicación racional. Después de todo, como dice Holmes en  La aventura del vampiro de Sussex:

«Esta agencia está de pie sobre el suelo, y allí debe permanecer. El mundo es lo suficientemente grande para nosotros. No es necesario recurrir a fantasmas».

Seguramente Charles Dickens hubiera estado de acuerdo. Sin embargo, al igual que Doyle, Dickens fue miembro del Ghost Club y de la Society for Psychical Research, aunque su enfoque fue totalmente distinto. El objetivo de Dickens era el de refutar los fenómenos espiritistas, que consideraba absurdos. Además, dado que sus novelas más reconocidas se incluyen dentro del género realista y tratan temas sociales, se tiende a ver a Charles Dickens como a una mente racional. La realidad es que hoy en día sería tildado de excéntrico.

 

Dickens y el mesmerismo

Dickens creció leyendo semanarios populares como The Terrific Register, que «asustó el ingenio mismo de su mente». Las páginas del folletín estaban llenas de historias sobre espíritus, asesinatos, incesto y canibalismo. Mientras tanto, la tradición inglesa de contar historias de fantasmas en Navidad, unidas al hábito autoimpuesto de publicar historias fantasmagóricas en esas fechas, le convirtió en un autor prolífico en el género. 

Con frecuencia atacaba a los espiritistas tanto en Palabras domésticas como en Durante todo el año. En Golpeteos bien autentificados, Dickens se pregunta por qué los espíritus volverían a comunicarse con los vivos solo para hacer el idiota, dejando mensajes banales plagados de errores ortográficos.

No obstante, Dickens se unió a un movimiento de validez altamente cuestionable: el mesmerismo. Llamado así por su creador, Anton Mesmer, el mesmerismo, o magnetismo animal, se basaba en la creencia de que el universo está lleno de un fluido magnético invisible, que influye en los seres vivos y que podía ser manipulado a través del uso de imanes. El prominente médico John Elliotson fue uno de los principales defensores del mesmerismo. Elliotson terminó siendo expulsado del colectivo médico como consecuencia de estas ideas. Sin embargo, Dickens hablaba de él como «uno de mis amigos más íntimos y valiosos» en una carta a The Boston Morning Post. De hecho, Elliotson fue el padrino del hijo de Charles Dickens, Walter. Aunque en la obra de Dickens no aflora esta filiación, sí han aparecido muchas de sus cartas en las que demuestra su opinión al respecto. He aquí un extracto de una carta que Dickens escribió a Robert Collyer el 27 de enero de 1842 y que se publicó en varios periódicos de la época:

Con respecto a mi opinión sobre el tema del mesmerismo, no dudo en decir que he observado de cerca los experimentos del Dr. Elliotson desde el principio, que es uno de mis amigos más íntimos y apreciados, que tengo la máxima confianza en su honor, carácter y capacidad, y que confiaría mi vida en sus manos en cualquier momento, y que después de lo que he visto con mis propios sentidos, faltaría a la verdad, tanto a él como a mí mismo, si dejara de decir por un momento que soy un creyente, y que me convertí en ello en contra de todas mis opiniones preconcebidas.

Dickens se convirtió en médico hipnotista practicante, consiguiendo poner en trance tanto a su esposa como a su cuñada. Durante un viaje con su familia a Italia en 1844, Dickens también hipnotizó a la seductora Augusta de la Rue, que sufría, como ella lo llamaba, un «ardor y furor» en la cabeza. La atención que prestó a Augusta provocó celos en la esposa de Dickens, Catherine. Da la casualidad de que esta fue la última persona con la que Dickens utilizó el mesmerismo, y aunque su creencia y defensa del tema se mantuvo firme durante toda su vida, la relación de Dickens con el mesmerismo y la hipnosis pasó a un segundo plano. Aunque no todo fueron éxitos, ya que Dickens tuvo menos fortuna en un intento por hipnotizar a su amigo Charles Macready.

Dickens observó muchas demostraciones de magnetismo y mesmerismo realizadas por Elliotson y ambos se hicieron amigos a principios de la década de 1840. A pesar de su confianza en esta «ciencia», Dickens no quiso ser hipnotizado. Declaró que no quería perder el control de sí mismo.

Dickens y sus compañeros hipnotistas creían, como hizo Eliotson, que la hipnosis representaba una mejora importante en el campo de la medicina, a diferencia del espiritismo, que no cumplía ninguna función terapéutica. Con estas razones, se sintió justificado para arremeter contra el espiritismo, mientras defendía abiertamente una práctica que, un siglo y medio más tarde, podríamos encontrar risible.

Curiosamente, Dickens murió dejando inacabada una última novela titulada El misterio de Edwin Drood. Esto ha motivado a muchos autores para intentar concluirla. Pero en 1873, el impresor Thomas James se adelantó a todos escribiendo un final para el libro. Afirmó que Dickens se lo había dictado desde el más allá. Esta versión apareció publicada con el título: El misterio de Edwin Drood (Completo). Segunda parte de El misterio de Edwin Drood. Por la pluma espiritual de Charles Dickens, a través de un medio. De haber conocido este hecho, estoy convencido de que el escritor inglés se hubiera revuelto en su tumba.

Dickens y la taxidermia

Sin embargo, las excentricidades de Charles Dickens no terminan con el mermerismo. Dickens, a quien el novelista Jonathan Lethem llama «el mejor novelista de animales de todos los tiempos», sentía un gran aprecio por lo animales y, como veremos más adelante, le costaba separarse de ellos.

Grip, el cuervo parlanchín que aparece en la novela Barnaby Rudgela, estaba basado en una mascota real de su autor. De hecho, el cuervo de Dickens, «que tenía un vocabulario impresionante», según el propio escritor, le inspiró para crear este extraño personaje, no solo por su locuacidad, sino también por su personalidad irritable. Mamie, la hija de Dickens, describió al cuervo como «travieso e insolente» por su hábito de morder a los niños y «dominar» al mastín de la familia. Este comportamiento tuvo como consecuencia el traslado del pájaro a la cochera.

Sin embargo, Dickens quería tanto a Grip que escribió de manera conmovedora y humorística sobre su muerte, y lo emborrachó. El cuervo fue disecado y permaneció en la casa de Dickens hasta su fallecimiento. Después de la muerte del escritor, su familia vendió muchas de sus posesiones, entre ellas la figura disecada del cuervo que Dickens exhibía en el vestíbulo de su casa en Inglaterra. El coronel Richard Gimbel, finalmente, compró a Grip para su colección Poe, ya que era conocedor de la relación entre Dickens y Poe.  Los restos del histórico Grip ahora residen en la sección de libros raros de la Biblioteca Libre de Filadelfia.

Pero Dickens no solo tuvo aprecio hacia un cuervo. En su casa, como ya hemos visto, había más animales, y tuvo una relación muy especial con un gato. En este extracto de My Father as I Recall Him, su hija Mamie nos cuenta una anécdota que ilustra bien el vínculo entre su padre y el felino: 

Debido a nuestras aves, no se permitían gatos en la casa; pero de un amigo en Londres recibí un regalo de una gatita blanca ─Willammina─ y ella y su numerosa prole tenían un hogar feliz en Gad’s Hill. A medida que los gatitos crecen, se vuelven cada vez más juguetones, subiendo por las cortinas, jugando en el escritorio y correteando detrás de las estanterías. Pero nunca se quejaron de ellos y vivieron felices en el estudio hasta que llegó el momento de encontrarles otros hogares. Se mantuvo uno de estos gatitos que, como estaba bastante sordo, quedó sin nombre, y los sirvientes lo conocieron como «el gato del amo», debido a su devoción por mi padre. Siempre estaba con él y solía seguirlo por el jardín como un perro y sentarse con él mientras escribía. Una noche habíamos ido todos, excepto papá, a un baile, y dejamos juntos al «amo» y a su gato en el salón. «El maestro» estaba leyendo en una pequeña mesa, en la que se colocó una vela encendida. De repente, la vela se apagó. Mi padre, que estaba muy interesado en el libro, volvió a encender la vela, acarició al gato, que lo miraba patéticamente, y continuó leyendo. Unos minutos más tarde, cuando la luz se volvió tenue, miró hacia arriba justo a tiempo para ver que el gato apagaba deliberadamente la vela con su pata y luego le miraba suplicante. Esta segunda e inconfundible sugerencia no fue ignorada, y el gato recibió las caricias que ansiaba.

Esta preciosa anécdota puede darnos una idea de cuán unido estaba Dickens a Bob, «el gato del amo». Cuando el felino murió, el autor inglés decidió convertir parte del animal en un abrecartas. Embalsamó una de sus patas y la unió a una hoja de marfil. En la hoja puede leerse la siguiente inscripción: «CD In Memory of Bob 1862».

 

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