La caja de Pandora: Decido morir

por Lorena Escobar de la Cruz

Marta se levanta a las seis de la mañana. Como el día anterior, como lo hará el que suceda a este catorce de junio que amanece soleado, con el cielo tan azul que puede confundirse con un mar en calma.

Marta se despereza y observa el tranquilo descanso de su bebé en la cuna. El cabello ensortijado es tan fino como una mentira inconsistente. Tiene la piel rosácea y delicada. Un lienzo impecable sobre un minúsculo esqueleto. La nariz respingona como la de las muñecas con las que Marta jugaba de pequeña. Es un ser tan etéreo que parece irreal, una fantasía nacida bajo las grandes dosis del desgarro que provoca el alumbramiento. Nacida de un pacto de común acuerdo, porque Marta siempre deseó ser madre y su pareja nada en baba desde que ella trajo a aquel increíble ser al mundo. Mama bien, duerme bien, es una criatura más perfecta que el más perfecto de los sueños. 

Marta se dirige a la cocina con paso lento, notando el calor de las losas lamer sus pies desnudos, arrastrando cansancio y ganas, desperezándose como un silencioso felino dispuesto a marcar su territorio. Se prepara un café con leche y se lo toma mientras observa la vida pasar a través de la ventana. Debajo de ella el asfalto se abre paso entre la gente o la gente se abre paso sobre el asfalto, porque no se logra distinguir una cosa de la otra. Solo la prisa, ¡ah! la prisa de un mundo que no se va a detener por nada ni por nadie es la verdadera protagonista. Prisa que no mira si el tiempo falta o excede, si el reloj de muñeca quema como un ascua mal apagada sobre la piel palpitante de la muñeca. Las prisas de una vida inclemente que lo quiere todo y lo quiere ya, que exige fuerza cuando falta, firmeza cuando las piernas flaquean, obediencia ante la cadena inhumana a la que llamamos sociedad.

Pero todo eso parece muy lejano para Marta: ha gestado un bebé precioso, sano, ella no tiene secuelas del parto, está de baja maternal y su pareja tiene un buen trabajo. Un ático en un tranquilo barrio de la ciudad. «Tienes suerte», resuenan las voces en su cabeza. La de su padre, la de su suegra, las vecinas, los amigos. Los compañeros de ese trabajo que la espera cuando el periodo de maternidad se agote y tenga que volver a una realidad dispersa que parece esperarla con los brazos abiertos. «Tienes suerte. Lo posees todo. Debes ser feliz. No sabes la suerte que tienes…».

El bebé se remueve en la cuna, pero nadie asomará la cabeza para observar su despertar. Porque la madre que le ha dado forma y aliento sale a la terraza que tantas noches la vio lanzar promesas al viento y sube el muro de ladrillo que separa su cuerpo del más absoluto vacío.

Es catorce de junio y el día amanece soleado, con el cielo tan azul que puede confundirse con un mar en calma.

Marta se arroja hacia la calle mientras su hijo comienza a reclamar la leche que ya nunca obtendrá de su pecho.

Marta ha decidido morir.

Es dos de marzo, y el día amanece nublado, con un viento seco que parece cortar hasta el alma.

El padre de Julia detiene el coche frente a la puerta del instituto. La llevan y la traen desde lo que sucedió. Así lo llaman, un título apropiado para no tener que adornarlo de más calificativos, para no ahondar en el lodo de una ciénaga repleta de monstruos. Lo que sucedió ha caído en casa como un castigo divino y Julia no sabe en qué momento pasó de ser la víctima al verdugo: sus padres la miran con causa y consecuencia de un delito que nunca ha cometido.

—Ya sabes que si tienes algún problema —comenta el padre de Julia, tenso, despegado, como si estuviera hablándole a la raíz de alguna planta marchita—, debes decírselo al director.

Y Julia asiente por toda respuesta. Y se baja del coche, aferrada a su mochila como si fuera el último mástil que queda en pie tras el naufragio. Y camina con paso rápido, porque debe sentir vergüenza. Su vídeo circula por internet a la velocidad de la luz, dejando comentarios que son tan sórdidos como gratuitos, dejando risas enlatadas, dejando burlas, dejando vida. Una vida que ya no sabe dónde echar el ancla para aguantar los estoques del oleaje. Una vida que ha salido demasiado barata. Una vida convertida en escaparate.

—Puta —le dice alguien al entrar al instituto. Alguien o muchos. Voces o jauría. Julia cruza la mirada con Ángel, otra voz callada, otro dolor aferrado a una carpeta desgastada que se pierde entre los mullidos brazos.

Se miran y se entienden, se entienden y buscan un último esfuerzo para sonreírse en mitad del desierto. Sin agua que los sacie.

«Su gordo mata», piensa Julia mientras ve cómo dos compañeros se ríen de los kilos de más que adornan la figura de Ángel.

«Su puta mata», piensa Ángel, mientras ve cómo tres compañeros insultan a Julia por aquel vídeo en el que hacía esas cosas con el novio fugaz que ha desaparecido del mapa.

«Su puta, tu puta, su gordo, tu gorda, su maricón, tu bollera, matan, matan, matan…», brama el viento que nadie siente, la insólita dejadez de los que mandan, la decadencia de algunas conciencias que parecen ladrar en un campo de batalla. Sus insultos matan, los tuyos matan, la indiferencia mata, la sociedad mata.

Es dos de marzo y el día amanece nublado, con un viento seco y cortante.

Julia y Ángel han decidido morir.

Gabriel apaga la televisión que ya no estaba viendo. Son las dos de la mañana del quince de septiembre y el sueño no llega. Casi lo prefiere: cuando lo visita es tan tenso como un matrimonio de conveniencia. Se deja notar con la histeria de un huracán que ataca sin previo aviso, las pesadillas lo zarandean, los demonios abandonan el inframundo y ocupan su cama forzando el umbral al purgatorio que lleva meses arrastrando.

«No tienes motivos para estar así».

Es un tipo solitario. Siempre lo fue. Tímido, arrastrando palabras que se niegan a brotar de su boca con la fluidez adecuada. No ha tenido suerte en el amor, pero disfruta de las dulces y a veces empalagosas mieles de una familia que lo quiere y a la que adora. Ha conseguido el empleo de sus sueños hace poco: ahora le pagan por pintar las fantasías que una vez celebraron un baile privado entre los rincones de su caótico cerebro.

«No tienes motivos para estar así».

Notó que algo no iba bien meses atrás, cuando llegó el insomnio sin pagar entrada para alquilar una parte de su vida. Aguantó estoicamente, probó medicamentos naturales, se hizo amigo de la farmacéutica que tantos remedios le vendió sin receta. Visitó al médico de cabecera, tres meses con más pastillas, otros seis para obtener la cita con el psiquiatra, «¿por qué no puedes dormir?», repetía su madre con cada llamada. «No tienes problemas. Ganas dinero, gozas de buena salud, aún conservas algún amigo con el que ir al cine un par de veces al mes. ¿Por qué no puedes dormir? ¡Por qué no duermes!».

«No tienes motivos para estar así».

Después del insomnio, los libros comenzaron a parecerle un extraño papel de envolver regalos inexistentes. Las imágenes del televisor se sucedían con la misma laxitud con la que transcurrían los días. Se miraba al espejo y el cristal le devolvía la mueca torcida de una demacrada caricatura. Todo se ha convertido en un fotograma antiguo que ya no conserva rastro alguno de color.

Y, sin embargo, ¿qué le ocurre?

No le ocurre nada.

«No tienes motivos para estar así».

Esos motivos que no tiene le hacen la última jugada maestra. El rey cae sin saber siquiera cómo se juega al ajedrez y los peones chillan de alegría, sabiendo que ha sido una carambola absurda la que les ha dado ventaja.

El rey cae, y Gabriel se da cuenta de que lo que no le ocurre solo tiene una salida.

Así la vida dejará de estar en blanco y negro.

Y el sueño llegará, de una maldita vez por todas.

Son las dos de la mañana del quince de septiembre y la noche es muda como una explicación que no consigue tomar forma. Una mano temblorosa de uñas mordidas abre un bote de pastillas y selecciona. Dos, cuatro, seis.

Diez.

Mil.

Gabriel decide morir.

Cada día once personas deciden morir. Cada día. En 2020, tres mil novecientas cuarenta y una personas decidieron, voluntariamente, acabar con sus vidas. Hay 13,6 muertes más por suicidio que por homicidio: la gente decide morir.

En 2020, el 5,4% de la población de España tenía un cuadro depresivo. Son 2,1 millones de personas.

No hay que hablar sobre la salud mental, hay que chillarlo.

No hay que banalizar los problemas, hay que escuchar a quien grita en silencio.

No hay que girar la cara a nuestro papel en la sociedad, la indiferencia mata, tu puta mata, tu insulto mata.

No hay que sentir vergüenza. Hay que pedir ayuda.

Para que la decisión final… sea la vida.

4 comentarios

Morrigang marzo 18, 2022 - 11:06 am

♥♥♥♥♥

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FRANKY marzo 18, 2022 - 2:04 pm

Un volantazo y adiós, sí, así es.

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Ema Mansi marzo 18, 2022 - 8:29 pm

Tengo entendido q con la pandemia, los números aumentaron muchísimo… en todo el planeta.

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vicente marzo 19, 2022 - 10:41 am

Impresionte. Desgarrador.

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