ROMÁN SANZ MOUTA: Apuntes para la monografía de un titán

por Francisco Santos Muñoz Rico

«Las pesadillas se alargan y se anclan en la memoria, son agonías interminables, porque están demasiado cerca de terrores y deseos. Porque nos dan tanto pánico como placer. Porque son avisos y visiones».

Saco esta cita, que tenía señalada, de la novela de Román Intrusión.

El mundo de los sueños, lúcidos o no, incardina gran parte de la obra de este paria de la literatura. En Intrusión asistimos a un experimento que decide realizar un hombre, paredro sin duda del autor, Joan, asistido, quiéralo el otro o no, por su amigo, Adrián. Por supuesto una tercera anda en el binomio inmiscuida, también quiéralo ella o no. El experimento en sí es sencillo, no es original, ya se ha hecho, lo hizo Carlos Castañeda, por ejemplo, y lo hizo Gurdjief; pero a lo que realmente asistimos, creo, en Intrusión, es al cuento que Román inventó basándose en su propio, real, experimento: se metió dentro de sí.

Se trata de un escritor incansable, aunque quizá es mala definición: mejor enfermizo, obsesivo; sueña, come y caga literatura el señor Sanz. En su novela corta De gigantes y hombres el mismo experimento, después de haber transitado la pesadilla y haber llevado (al antedicho paredro o al autor, no sé) a locura y desesperación, a un punto casi de no retorno, nos encontramos con un gigante, el necesario compañero para dilucidar lo que hay que dilucidar: y de forma sosegada a veces y muy majara otras veces, nos paseamos por el filo de la navaja de Shiva: morir o no morir, he ahí la cuestión, o acaso no.

Os copio el principio, anda:

«El primer día del resto de mi vida apareció un Gigante cuando yo iba a cometer una estupidez. Se sentó a mi lado y, aun así, del torso para arriba quedaba oculto por encima del cielo. Sin rostro pero con voz».

Esto es solo para locos, no para cualquiera. «Sin rostro pero con voz», me recuerda estos versos de Unamuno sobre Dios, sin entrar en si es real o no, si somos nosotros u otro: «escudriñando el implacable ceño/ -cielo desierto- del eterno Dueño».

Fluctúa Román como quiere y no arrastra al lector con él, no engancha: si quieres subir a su barco, tienes que agarrar un cabo y no soltarlo, tienes que hacerte daño en las manos, él no espera a nadie: su furor es solo para sí mismo; no escribe, ni por asomo, para el mundo: escribe para él, y acaso para unos pocos elegidos orates. Es élite.

¿He dicho barco? Debiera haber dicho El imposible CircoBarco y sus destinos. Este cuento puédelo encontrar el lector curioso en la antología 14 cajas sin cierre. En él vemos la vena farandulera de Román (que también encontramos en Alice y los muchos, dentro de la antología Dentro de un agujero de gusano), y algunas de sus obsesiones: la vida nómada, el circo, un desaforado aire nostálgico, una mística rotunda prendada de ocultismo fantástico. Seguramente nació para buhonero, para vendedor de elixires milagrosos.

Pero.

Si a algo mueve esta relación que tiene nuestro autor con lo insólito es al Terror, claro, porque todo lo inaudito, lo extraño, lo otro nos lleva, le lleva a él, al Terror, en sus múltiples formas. No hay escapatoria. De una manera u otra siempre está presente. En, por ejemplo, Extravío (La persona que nunca decidió), en Cuervo & Castor, el boletín gratuito de 2Cabezas, número 1; nos encontramos con Verónica (y con su muñeca «muerta por fueradentro. Excepto por sus ojos de botón. Más despiertos que la vida misma»), y su extraño viaje, por llamarlo así; todo en Román es un extraño viaje al cabo. Es un cuento de terror, de desesperación, miedo y aceptación de los mismos: un Dhammapada de bolsillo en verdad; lo que he llamado antes una mística rotunda prendada de ocultismo fantástico: y tiene, en efecto, esa cualidad fantástica, pero está siempre sacada de la pura realidad, del trabajo alquímico, no me cabe duda, que el mismo Román se entretiene contumaz en llevar a cabo desde hace años: de ahí que escriba para sí, busca la Iluminación, la Verdad, por medio siempre de la Literatura.

En la antología T.Errores, auspiciada por José Luis Pascual, de Dentro Del Monolito, encontramos el relato Miedos, que más que un relato es un muestrario literario de eso, de miedos. Aquí aparece otra vez una (o la misma) Verónica, y unos cuantos personajes más, cada uno viviendo un terror distinto y mismo. Un terror que deviene en el mismo para todos, tal vez, pero que se presenta de formas múltiples. Y esta consideración me hace pensar en It, de Sai King, donde sucede exactamente igual: el terror deviene el mismo para todos, pero se presenta de formas dispares. A pesar de ser Román un autor difícil, o poco accesible para el vulgo, está claramente influenciado, paradoja aparente, por el maestro de Maine (que es el Charles Dickens del siglo XX (y XXI)): en su relato Georgie, en el número 16 de la revista Círculo de Lovecraft, Román, a mi juicio, llevó su literatura loca y experimental a una cúspide literaria, cogiendo al personaje de King y haciéndolo suyo, pero sin desvirtuarlo en absoluto.

Y es esta palabra, experimental, clave para hablar de Román Sanz Mouta: el Joyce español de nuestros días. Usa la literatura como quiere, como imagina, como se le ocurre y antoja, como la sueña, la vive, ya lo he dicho: come y caga literatura. Casi se debe ver a sí mismo como personaje, más que como persona, en el mundo (el gran teatro).

Hay otra vertiente de la personalidad de este autor, una más… cómo decirlo: pues a las claras: con este relato lloré: Noches de Reyes, que podéis encontrar en la web de El yunque de Hefesto (asímismo allí está su relato La Casa, la historia de una loca cuerda que es al tiempo niña y adulta, entre otras cosas); sin abandonar el ámbito de lo fantástico se recrea en un juego de nostalgias, querencias infantiles y otra constante suya: la férrea determinación, como la que se da en algunos personajes de Jules Verne o en general de la literatura de aventuras: una persona decidida a hacer algo y que lo va a hacer cueste lo que cueste, y tal vez caiga quien caiga; o como diría Román: caiga quien cueste y cueste lo que caiga; con esa gracia suya enrevesadora.

En fin, no soy solo yo valedor de Mouta, paso la palabra a José Luis Pascual:

Multifacético. Así describía el protagonista del relato El Centinela, de Arthur C. Clarke, al extraño artefacto situado entre colinas lunares y que daría forma, tiempo después, a la representación de nuestro querido monolito en 2001, una odisea del espacio. Era aquella una estructura reluciente, más o menos piramidal, que doblaba en altura a un hombre, empotrada en la roca como una joya gigantesca. Como Román.

Podrían muchos afirmar que la pluma de nuestro admirado Sanz Mouta se empeña en discurrir siempre por los mismos cauces. ¡Craso error! Una cosa es que su estilo, su manera de crear, sus sumandos, estén sujetos y apretados bajo cuerdas de forma tentacular; pero no hay que confundirse. Román es multifacético.

Desvelaré aquí un par de secretos. Además de las obras ya mencionadas por Franky, Román atesora escritos que se enfrían a la sombra de baúles herméticos. A miles. A ese cúmulo de alhajas literarias que duermen el sueño de los justos, se permite de vez en cuando el buen Román agitar para que sientan la brisa en su piel de celulosa. He tenido el honor, y a la vez placer, de contemplar con mis ojos un par o tres de esos hallazgos. Uno de ellos es una novela de piratas y, ya lo aviso, no soy yo muy afín a ese género. Sin embargo…

He aquí uno de los prodigios de este simpar autor. Sus letras tienen una cadencia reposada, zigzagueante, a menudo ornamental y preciosista. ¿Cómo encaja eso en una historia de piratas? Román soluciona el problema de algún modo sobrenatural, porque les aseguro que el ritmo de esa novela, que espero pueda ver la luz algún día cercano, es vertiginoso, sofocante, atronador. Y todo sin renunciar un ápice a su caudal de palabras y a su literatura bamboleante. Conjugar esos dos polos opuestos… díganme algún autor que lo haga sin caer en lo artificioso, yo no recuerdo ninguno. Ya digo, un milagro.

Lo mismo consigue, con pasmosa facilidad, en Benceno en la piel, una impagable tragicomedia zombi enmarcada en la mismísima Semana Negra de Gijón. El toque más pulp y delirante de los muertos vivientes no debería casar con el engalanamiento formal de este morador de las tinieblas. Pero no solo lo hace, sino que nos regala una verdadera película visual que admite algunas de las imágenes más sorprendentes que podamos imaginar. Díganme, si no, cuándo han visto una secuencia dinámica narrada desde el punto de vista de una noria.

Román Sanz Mouta dobla en altura a cualquier hombre. No solo por los centímetros que añade a su silueta su sempiterno sombrero —cuya forma picuda vuelve a remitirnos al centinela clarkiano—, sino por la envergadura de su obra. Su pasión por el horror cósmico, el de mayor enjundia, se manifiesta por doquier, y le hace parecer todavía más alto. Esa tendencia hacia lo lovecraftiano como modelo y forma de vida nos hace sospechar si estamos ante un verdadero autor de carne y hueso, o más bien ante un trampantojo venido de quién sabe qué dimensión. En realidad no importa, y a él menos que a nadie. Está aquí para conquistarnos, y poco a poco lo va consiguiendo.

El autor y algunas de sus criaturas

En otra de sus obras inéditas, un grupo de niños se topan con un tótem maldito y desencadenan un infierno. Los niños y los adultos se equiparan en caracteres, en miedos, en voluntades. Román es el niño que gusta de trastear, porque tiene mucho de niño, pero al final se transmuta en el adulto que resuelve, aunque en realidad sigue siendo el niño que pone el punto final. Me lío, pero seguro que me entienden.

«Somos el último reducto. Los Impecables. Héroes sin bandera. Protagonistas sin público ni aplausos. Vadeamos ciénaga. Todo se ha corrompido. No sabemos nada de los animales. No apostamos por ellos. No quiero seguir. ¿Cuándo un descanso?».

Así se manifestaba Román en Últimas guerras, el relato que inició su colaboración con Dentro del Monolito. Ahora no puedo sino identificarme con sus palabras y condenar al grupo de malditos que formamos el proyecto a ser ese último reducto que vadea ciénaga. Un visionario, Román.

Si sus letras sentencian, adivinan, conminan e invocan, sus palabras, pronunciadas de viva voz, exorcizan. Son dos o tres las ocasiones en que hemos compartido charla alrededor de mesa y cervezas. No es baladí lo que afirma Franky, Román come y caga literatura. Cualquiera que charle con él podrá comprobarlo de primera mano. Los ojos de Román escrutan de manera especial, y donde tú puedes ver una esquina, un semáforo, una escalera de cemento anodina, él dibuja, mapea y proyecta, esbozando en todo instante un universo distinto al tuyo. Un universo de múltiples facetas, cada una de las cuales está construida con legítimo ardor literario, y que en su mayoría yacen sepultadas esperando al incauto que las rescate. Confieso aquí y ahora que me gustaría ser ese incauto.

Mientras tanto, emito una señal aguda desde la excavación en el cráter de Tycho 1, esperando que llegue a oídos del señor Daniel Aragonés para que continúe esta semblanza.

Voy a hacer algo menos convencional, vistas las opiniones de mis compañeros, y me llevo a Román al Infierno. Solo va a ser un pequeño rato, para desmembrarlo y volver a montar su cuerpo pieza por pieza.

En primer lugar, aquí hace calor, pero eso a Román le da absolutamente igual, porque no busca el placer como el resto de los mortales, tan solo acepta las características del entorno y planta su mesa y silla. Le saco una cerveza fría, otra para mí, dos chupitos llameantes. Sonrisas, buen rollo. Le miro a los ojos e intento leer en él ciertas cosas —me está dejando, como es evidente—. Vale, en efecto, es un tipo valiente por naturaleza, o más bien inconsciente —hablamos de su faceta como literato, el resto no le importa a nadie, salvo que él diga lo contrario—. Cuando se pone delante del documento en blanco siempre está dispuesto a experimentar, y así hace, si puede. Digo esto como absoluto halago, porque me cuesta leer a este tipo. Hay que sentarse y estar dispuesto para él y sus premisas. No te lo va poner fácil. Puede que tengas que releer alguna página y pensar un rato. ¿Es eso malo? Depende, si quieres algo ligero que apenas te haga divagar, no es tu escritor. Este tipo es un auténtico literato, y ha encontrado su sitio, su estilo y la forma en la que quiere presentarse, lo cual no implica que en ciertas ocasiones aligere sus textos, cuidado, o los transforme en joyas del romanticismo —prefiero llamarlo gótico—. Porque Román hace lo que le da la gana cuando le da la gana, y punto. ¿Qué significa esto? Que sabe perfectamente lo que se hace en cada momento. Y si quiere jugar contigo, lo va a hacer, y eso requiere mucho por parte del lector. Nunca es realismo, nunca es terror o ciencia ficción o western. Siempre es Román, y todo forma parte de un experimento a la hora de juntar letras, de un cofre de historias maravillosas capaces de arrancar la emoción correcta en cada ocasión, a su antojo.

Román es una especie de Harry Haller, perdido en su teatro mágico particular, o haciéndonos creer que lo está, que es lo más acertado. Porque él siempre sabe dónde quiere estar en cada momento, aunque parezca lo contrario.

Para medio acabar con esta disección, convertiré el texto en una de mis rayadas personales, para eso me han invitado a participar —para eso me pagan—. Aquí somos tres autores, y estamos hablando de un cuarto. Vamos a suponer que tenemos que mandar a alguien a la mierda, por la razón que sea. Bueno, Franky lo hace de un modo magno, recreándose hasta la saciedad, sabedor de lo que significa mandar a alguien a la mierda. Puede que sus palabras sean tan correctas que incluso le des las gracias cuando acabe de hacerlo, y, amablemente, acudas hasta allí y te conviertas en una mosca verdosa. J.L. imprime unas invitaciones y escribe unas instrucciones. Lo deja todo cerrado. Te explica los pros y contras del agravio. Y la persona a la que van dirigidos puede, o no, indignarse, pero medio agacha la cabeza y piensa. En ciertos casos, algo dadaísta puede sobrecogerte y hacerte creer que esa cosa cuadrada con ventanas sea en realidad un truño y debas ir hasta allí e instalarte con premura. Por mi parte, soy bastante directo, puedo rozar la chabacanería. Describo el olor. Lleno de heces al receptor antes de que llegue a la susodicha escoria. Le hago pensar que cientos de payasos rojos le van a recibir a palos y que toda su vida se convertirá en un jodido calvario. Por último tenemos a Román, nuestro sujeto de estudio, el autor, el literato, el escritor de raza, que su método es el TOC —escribe por defecto, es su camino, no hay otro—.  Plasmar historias es algo compulsivo para él, e intenta exprimir la forma, el estilo y lo que quiere contar, aunque le lleve horas y 20.000 palabras de más. El tipo viaja hasta la mierda y toma apuntes. Se empapa de cada cosa. Estudia el terreno y el modelo, el color, la textura. Cuando por fin te manda a la mierda, ya estás allí, metido hasta el cuello, imposibilitado, hundido por completo, sucio.

Román solo necesita una rampa para volar. Está preparado de sobra. No tiene miedo de que su obra triunfe o flote entre literatos que se autoproclaman máximo exponente, cabezas visibles. Es un auténtico escritor de raza —ya sé que me repito—. No me importaría agarrarme a su estela y quedarme a su enorme sombra, porque al igual que él, no me creo mejor nadie, solo cuento historias cojonudas en busca de lectores exigentes. No te dejes influenciar por los catálogos de las editoriales y lee a este tío: Román Sanz Mouta.

Aquí Franky de nuevo, no tengo mucho más que añadir, solo una última cita de Intrusión, que podría ser una autodefinición que nos cuela Román (no una definición de su literatura, ya hemos dicho que él es literatura), y aunque debiera citar el párrafo entero, solo copiaré el final, leed el libro, cojones:

«Casi ponen lo mismo de su parte el creador como los espectadores. Sin complicidad, apertura de mente, y algo de comprensión y ganas de participación, fracaso seguro».

7 comentarios

vicente mayo 17, 2022 - 10:32 am

Si yo fuera Román, estaría sonrojado todo el día, y no por la cerveza.
Grandes los cuatro.

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Daniel Aragonés mayo 17, 2022 - 11:01 am

Tú sí que eres grande.

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Román mayo 21, 2022 - 10:32 am

Tremendo. Y sí, este homenaje ha tornado ligeramente mi níveo color de piel… Me halagan en demasía cuando, probablemente, este trío de mosqueteros sean mejores que yo mismo. En todo caso, consiguieron emocionarme. Gracias infinitas y perennes.

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omduart mayo 17, 2022 - 12:24 pm

¡hermoso homenaje al querido y admirado monstruo literario! 😀 Sois grandes. Un abrazo.

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Román mayo 21, 2022 - 10:33 am

Espectacular e inesperado. No daba crédito a mis sentidos. Gracias a ellos, y también a usted por convertirse en un lector fiel. Abrazos!

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Daniel Hermosel mayo 17, 2022 - 3:02 pm

👏👏👏👏👏👏👏👏

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Román mayo 21, 2022 - 10:33 am

Síiiiiii

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