JIM HENSON Y POR QUÉ LOS NIÑOS NO SON ESTÚPIDOS

por Carlos Ruiz Santiago

¿Alguna vez habéis trabajado con niños? Yo sí, y os puedo decir que es toda una experiencia. Una vez, en unas jornadas roleras, dirigí una partida de esa maravillosa nacarada de fantasía que es Aventuras en la Marca del Este orientada a niños. Siempre me flipó la maldad tan propia y a la vez tan inocente que tenían. Los niños son un público raro, que se conforma con poco y, a la vez, es lo más duro y exigente cuando se lo propone.

Por eso, yo creo que todo buen narrador debe de saber narrar para niños. Y ahí, nadie le hacía sombra a Henson.

Antes de hablar de Henson y de lo que lo hacía tan maravilloso, igual conviene más que ahondemos un poco en este rollo del cuentacuentos. Porque un cuentacuentos es mucho más que un simple megáfono, o por lo menos en el contexto en el que me refiero. La habilidad de crear historias (en el medio que sea) que los niños puedan, no solo disfrutar, sino aprender, esa es la maravilla. Es tremendamente difícil hablar a los niños en un idioma que entiendan sin pecar de condescendientes ni de simplistas. Y aquí hay que entender algo: los niños son eso, niños, pero no imbéciles. No hay nada que me dé más coraje que la gente que se dedica a hablarle a sus hijos como si tuvieran un retraso madurativo. Los niños son esponjas que adoran que los motiven y los reten. Si tratas a tu crío como un gilipollas, siento decirte que estás criando un gilipollas.

Los niños, como cualquier persona con el don de la curiosidad y las ganas de llevar la contraria, adoran todo lo que los adultos, en su infinita soplapollez, les quitan. Hablo de contarles historias sobre personajes que quizás no sean tan blancos o negros, alejarnos de la pantomima lobotomizante de Disney y hablarles de monstruos, darles un poco de miedo de vez en cuando, y ser un poco canallas y macarras. Como si fueren seres de carne y hueso y no estuviesen a punto de romperse todo el rato, vamos. Porque no solo es algo que los niños disfrutan inmensamente, sino que además es algo que los instruye. Muchas veces se quiere proteger a los niños de la realidad misma. Un ejemplo lo explica muy bien: ¿habéis leído Coraline? Es una novelilla ligera de una calidad inmensa, con un lenguaje simple para que un crío lo entienda, pero bonito y bien tratado. Bueno, pues el mensaje de Coraline es uno que ningún papanatas de hegemónica estupidez de Disney se atrevería a dar: no todo el que es bueno contigo quiere algo bueno para ti.  Y es un mensaje crucial, más para un niño, y la única manera de expresar eso es con miedo. Miedo de verdad. Y la novela lo da, y sus ilustraciones más. Y eso está bien, joder. Además, está el hecho de que narrar a través de cuentos (que por cierto, los clásicos son tenebrosos con ganas por una razón) permite una manera de contar las historias completamente única, permite desatar una fascinación y una imaginación sin precedentes que es absolutamente maravillosa.

Y aquí es donde Jim Henson encaja.

Henson ha sido, probablemente, uno de los tipos más dedicados a crear contenido para niños de la historia. Contenido no en masa o con intención de sacarle pasta a los padres del crío con la siguiente producción clónica o el siguiente juguete pasado de moda a los tres días de salir, Henson adoraba a los niños y creía que merecían un contenido de calidad. Su musa eran las marionetas. Henson desarrolló todo un método propio a la hora de usarlas, pues se dio cuenta de que, si contabas las cosas bien, los niños se olvidaban de que había un hombre moviendo las marionetas, de que solo eran trozos de tela, por mucho que lo supieran de antemano. El carisma de los diseños, los diálogos ocurrentes y las mil formas sutiles pero geniales de mover las marionetas llegaron a crear un estilo apabullante que arrasaba con los niños. Sesame Street o Fraggel Rock no son más que algunas de las obras que han pasado con creces la prueba del tiempo. A esto se suma un detalle que nunca dejará de fascinarme: el amor por lo que hacía. Las marionetas son complejas de usar y caras, es un material de artesanía prácticamente. Nadie usa eso si no cree de verdad en ello. Os parecerá una tontería, pero esto denota respeto por tu espectador y, tratándose de niños, esto es lo menos común de lo que debería ser en la industria.

Henson brilló en especial en sus películas pues, aunque los putos productores no paraban de ponerle trabas y por su culpa nos quedamos sin un thriller de marionetas, son la prueba ideal de lo que os trato de expresar, de cómo hay que narrar con niños y contar cuentos. Y bueno, Dentro del Laberinto es una maravilla y hablar a los niños de abuso sexual es tenerlos muy gordos, pero yo voy a hablar de la verdadera obra maestra de Henson: Cristal Oscuro. Es tan solo el principio lo que te indica que estamos ante algo que nunca jamás se había hecho y prácticamente nunca jamás se ha repetido. La narración de cuento, los villanos horripilantes, la muerte, la poesía, el misticismo… Metros y metros de fondos completamente hechos a mano para recrear un mundo que se siente vivo con su propia historia, su propia mitología y cosmogonía. Una historia para niños donde ves, de manera explícita, cómo le sacan el alma a un pobre bicho-patata solo para rejuvenecer unos instantes. Joder, la última cosa de dibujos animados que recuerdo con esa mala hostia fue El viaje de Arlo y su secta de dinosaurios caníbales, y apenas llegaba a la mitad de lo explícito y cruel que era aquello. Y no solo maldad, también belleza a un nivel que es difícil de escribir, lo bonito oculto en formas raras, feas y retorcidas. La extrañeza que desata la imaginación al transportar a los niños a aquel mundo donde nada es siquiera parecido a lo que tenemos aquí en la tierra.

¿Sabéis por qué adoro a Henson? Porque cogió todo lo divertido y único que da hacerles historias a niños y lo hizo. Sin miedo, sin tonterías. No se limitó a coger una historia arquetípica y reducirla a su mínimo exponente, sino que jugó con las normas del medio y creó obras para todos los públicos, obras que trataban temas importantes y que, con belleza y crueldad a un tiempo, enseñaba a los niños. Los trataba con el respeto que solo el amor más profundo da. Y, joder, esto es crucial. Los niños de hoy son los adultos de mañana y con lo que se crían es de crucial importancia. Y a día de hoy tenemos series y películas que tienen ese nivel de respeto, o al menos uno parecido: Kubo y las dos cuerdas mágicas, Hora de Aventuras o Gravity Falls son algunos ejemplos que se me vienen a la cabeza, pero seguro que hay más. También es seguro que estarán enterradas entre kilos e basura y sin olvidar el fríecerebros que es dejar que a los niños los críen YouTube y TikTok. Y no me voy a poner a soltar tecnofobadas como el abuelo cebolleta que soy, pero sí que os digo que es de vital importancia que los niños se críen con historias. Las necesitan tanto como el aire. Necesitan imaginar, necesitan enfrentarse a cosas desagradables a las que normalmente no se enfrentarían, necesitan pensar y reflexionar y hacerlo todo divirtiéndose (que, al fin y al cabo, es el fin último de la ficción).

Y Henson, que trataba con reverencia a su público, lo sabía. Se trataba de un hombre que no se miraba con superioridad en los niños, como muchos otros hacen, sino que se veía como alguien que entendía sus particularidades, las distintas y excitantes maneras en las que un cerebro desentrenado (que no zoquete) piensa. Y es lo que deberíamos aprender de él, a tratar a nuestro público con respeto. Es esencial. Y aquí hablo de niños, pero podría aplicarse a cualquier tipo de público. Tratad con respecto a vuestros lectores, a vuestros espectadores, a vuestros jugadores.

Si criais imbéciles, tendréis imbéciles por todos lados, que no se os olvide.

E imbécil también es quien no imaginó en la edad en la que el mundo estaba aún por descubrir.

2 comentarios

Daniel Aragonés junio 6, 2022 - 11:20 am

Una maravilla de artículo. Estoy muy de acuerdo contigo en práctimente todo. Y en otras cosas me has sorprendido para bien. Uno no deja de aprender.

Abrazos.

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vicente junio 6, 2022 - 5:41 pm

Sí señor, criamos gilipollas si los tratamos como gilipollas, aunque no es lo mismo un niño de 3 años que de 10. Yo les he leído cuentos a los míos hasta hace un par de años. También he imporvisado, que es lo que más les gustaba, pero me costaba inventar una historia de la nada cada noche. Pero lo que más les molaba de todo era que las creáramos entre los tres. Casi siempre empezaban de forma oscura, con brujas o niños secuestrados y terminaban en carreras de coches o lo que les parecía más oportuno.
Buen artículo.

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