El terror (XI)

por Daniel Aragonés

Después de un periplo de diez artículos, me apetece volver a esos inicios y tratar el miedo a la soledad y cómo ha evolucionado con los siglos hasta anclarse en nuestra parte emocional.

Oscuridad y soledad, los grandes males del humano más primitivo y los sentimientos más condicionantes de nuestros días. Solo hay que observar los grandes núcleos urbanos, repletos de luz y pisos hacinados. Una plantación de farolas, focos y edificios donde los rincones oscuros y solitarios están catalogados como peligrosos.

No debemos olvidar que el grupo es lo que nos ha convertido en el ser vivo que se aposenta en lo más alto de la pirámide alimenticia. Somos el depredador por excelencia. Esa capacidad para aprender casi de forma mecánica con tan sólo observar es nuestra mayor condición: la inteligencia como instrumento.

En soledad hubiésemos sido presas fáciles para la naturaleza. Nuestro propio medio nos hubiese absorbido sin enmienda. Sin embargo, el desarrollo cerebral nos empujó a la reunión, a la búsqueda, a la creación de sociedades y la posición de control absoluto que ahora tenemos.

Qué ocurre en soledad: la muerte, el fin, la pérdida absoluta de personalidad. De forma individual jamás hubiésemos desarrollado el habla. Estando solos, nuestro crecimiento intelectual mengua y la paranoia se hace con los mandos, atrayendo a la depresión, al pánico, a la ansiedad y a las fobias.

En realidad, si repasamos el resto de artículos, nos damos cuenta de que soledad y oscuridad son capaces de aunar a casi todos los miedos básicos y multiplicarlos por cien.

Hagamos un ejercicio:

Te empiezas a observar. Careces de sexo. No tienes ni un solo pelo en el cuerpo. Eres un ser quebradizo, débil, aprensivo, una mota de polvo en el universo. Tu mayor cualidad es la inteligencia, y te juega malas pasadas. Necesitas compañía. El hecho de estar completamente solo y en plena oscuridad no te hace ningún bien, y lo sabes.

Quieres escuchar el viento o algún animal, pero nada, el mutismo domina la escena. Intentas ver más allá de cuatro o cinco metros, pero la cerrazón es tan densa que es imposible. Sientes un miedo irracional. Estás bloqueado. El pánico se apodera de ti. Al menos una decena de pensamientos relacionados con la muerte se pasan por tu cabeza. Puede aparecer cualquier animal, monstruo o entidad y devorarte, arrancarte los brazos, las piernas, la garganta. Quizás no sea un animal, puede que otros humanos te secuestren. Hablan otro idioma, y te atan a un enorme palo para trasladarte a través de la oscuridad. Perderás todo cuanto eras. Humillado y apartado de tu propia persona: tu ego desaparece. Cierras los ojos y sacudes la cabeza. No puede ser, ahí fuera no hay nada, solo silencio. ¡Oh, no! No hay nada, NADA. Igual mueres de hambre y tu propio cuerpo se alimenta de ti. Acabarás enfermando, retorcido en el suelo por culpa del dolor, sin que nadie pueda atenderte.

La lista de paranoias es interminable. Solo tienes que revisar tus mayores temores y verte ahí, arrinconado en una cueva o casa abandonada, en completa soledad, muerto de frío, en plena noche.

Es ese silencio el que te empuja al aislamiento mental, al abandono, al propio desconocimiento de tu ser, un mutismo que te produce terror.

Hagamos un pequeño parón:

El hombre siempre ha tenido miedo a la soledad porque le obliga a someterse al silencio. Lo que a su vez conduce a la interiorización. Y es esta conversación con uno mismo la que produce ansiedad, falta de aceptación, debilidad, rechazo. Todo está en nosotros. Todo está dentro de ti.

Ahora vamos a situarnos en nuestros días. Veamos cómo ha evolucionado el terror.

La autofobia es un miedo específico. Me explico: existe un temor irracional, excesivo y carente de explicación hacia algún objeto, situación o persona. Concretamente, en este caso, ese miedo irracional está vinculado al hecho de estar solos. No hablo del simple efecto emocional: sentirse solo, me siento solo. Pues se trata de algo común en algún momento de nuestras vidas. Me refiero a otra cosa.

El miedo a la soledad, a ese vacío, está interconectado a otras emociones e ingredientes que lo expresan y nos dejan comprenderlo de un modo claro, para de este modo poder manejarlo. Por ejemplo: El influjo de la sociedad: El miedo irracional a lo que puedan decir de nosotros. Estar desbordado por las responsabilidades: Exigirse demasiado: Un perfeccionismo exacerbado: El miedo al fracaso. La dependencia emocional: El miedo al abandono.

Hay que aprender a distinguir nuestro estado emocional. Hacer uso de la inteligencia y viajar a través de nuestras neuronas, pescando sentimientos, emociones o pensamientos que no sirven para nada. No es lo mismo estar solo que sentirse solo. Son cosas totalmente distintas. Un aspecto esencial e imprescindible cuando se pretende superar el miedo a la soledad es aprender a identificar si dicha emoción tiene su origen en una soledad física o en un estado mental.

Si tuviese que destacar alguna obra de ficción que retrate bien lo que intento explicar, la principal sería Soy leyenda, de Richard Matheson. Donde el personaje, sin duda, sufre un tormento mental continuo debido a la soledad, y es azotado por los demonios cuando cae la noche. Y por supuesto, la película Náufrago, donde el personaje muestra toda la amalgama de emociones que os intento meter a golpe de pluma. Incluso se inventa un personaje secundario para poder hablar con alguien y no perder la integridad, el habla y el poco ego que le queda.

Hasta aquí el artículo de hoy…

3 comentarios

FRANKY noviembre 29, 2022 - 12:43 pm

En soledad encontramos, además, al verdadero monstruo, al verdadero horror, ya sin máscara, y solo queda aceptarlo o enloquecer. Aunque eso da para otro artículo

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Vicente noviembre 29, 2022 - 6:41 pm

De 10, como todo este serial.

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Román noviembre 29, 2022 - 7:32 pm

Brutal Dani.
Por eso hay que aprender a conocerse y reconocerse en soledad.
Aunque duela.
Aceptarla y aceptarse.
Para luego volveré al mundo, a la mal llamada humanidad, reforzado, por fin uno mismo.
Individuo completo.

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