Bajo el Dolmen 24: Junto a las aguas plateadas del lago Champlaim o Imitatio Bradbury

por Francisco Santos Muñoz Rico

Leí anoche este cuento de Joe Hill, Junto a las aguas plateadas del lago Champlaim, incluido en A tumba abierta. No es necesario que hayas leído, lector, el cuento, pero si vas un momentillo a leerlo, mejor; venga, espero.

¿Ya? Bien… Sería conveniente que leyeras también la obra completa de Ray Bradbury, o por lo menos su ciclo de Green Town. Venga, espero.

Ya podemos meternos en materia. Cuando estaba empezando a leer el antedicho relato de Hill, ya el arranque me retrotrajo a Bradbury, así que lo aparqué y volví al prólogo, donde, creía recordar, Hill me había advertido de por dónde iban a ir sus tiros: «Descubrir a Bradbury […] fue como pasar de una habitación en blanco y negro a un paisaje donde todo estuviera en tecnicolor», dice, entre otras cosas. Yo también, cuando descubrí a Bradbury, me dediqué a leer solo a Bradbury, es fácil meterte en su mundo y no querer salir (se habla poco de Cementerio para lunáticos, por cierto, y no sé por qué diantre —bueno, sí lo sé, pero ese es pasto para otro incendio…—). En fin, a donde quiero llegar: si le cuentas a alguien de qué va El vino del estío, por ejemplo, no vas a suscitar en él el mínimo interés en leerlo; y es que a veces no pasa nada, hay poca acción, y esto es maravilloso. En Bradbury, digo. Yo creo que mi Gran Proyecto Literario surgió después de leer a Bradbury, ahora que lo pienso… Ese Gran Proyecto es, así a grosso modo, un libro en el que no pase nada, es decir: preciosismo literario a lo bruto. Thoreau también sabía hacerlo.

Retomo la cita, porque tiene su miga: «Descubrir a Bradbury […] fue como pasar de una habitación en blanco y negro a un paisaje donde todo estuviera en tecnicolor», está comparando a Ray con la película de El mago de Oz. Y es certera la comparación: imaginad el estreno de esa película, cómo quedaba el público al entrar en ese mundo de color y dejar atrás el blanco y negro. Ya no importaba qué pasase en la peli, es decir: no importaba la acción, solo todas esas cosas llamativas y maravillosas, colores, seres fantásticos (aunque fuesen enanos disfrazados, sí), etc. Repito, la comparación tiene su miga.

Joe Hill y Ray Bradbury en la San Diego Comic Con de 2009. © John King Tarpinian

Estoy ya saltando de rama en rama, disculpad. Dejé el prólogo y volví al cuento. Efectivamente: era una imitatio Bradbury. Pero esto, por supuesto, no es cosa mala. Yo mismo suelo imitar autores, es una cosa normal, pero lo hago, como lo hace Hill aquí, con mi estilo. Y Hill deja de imitar metiendo un final nada bradburyano, un final puro Hill. Pero el resto de relato está tan bien escrito, se crea una atmósfera Green Town tan maravillosa, que es delicia leer, y sabe uno que con el tiempo recordará este cuento y se dirá: ¿pero esto es de Bradbury…? El viejo tira y afloja entre el homenaje y la copia no tiene lugar hoy aquí: es homenaje, es imitación con talento, que repito: nada tiene de malo.

Los diálogos pausados de los niños son clave, una de las cosas sustantivas de este tipo de narraciones de Bradbury es la idea de que los niños nunca dejan de ser niños, los niños son eternos, por decirlo así. ¡Niños, siempre niños! Algunas ideas solo se pueden expresar por boca y gesto infantil, imposible hacerlo de otra manera. Hill y Bradbury lo saben.

Sé que acabas de leer hace unos minutos bajo mis auspicios, oh lector, la obra completa de Bradbury; así que me permito recordarte una pequeña escena que sucede en uno de sus libros, no recuerdo en cuál: hay un grupito de niños que han hecho amistad con una vieja señora, como dos especies distintas relacionándose. En cierto momento los niños descubren en casa de la provecta anciana una fotografía de una niña. ¿Quién es esta? Se lo preguntan a la vieja, claro, que la foto está en su casa. Y recordad lo que hace la vil mujer: va y dice que esa niña es ella… ¡Ja! Inmediatamente los niños se enfadan, la llaman mentirosa y se van, la abandonan, no quieren estar con esa mentirosa. Y no solo por ser una mentirosa, esto tampoco tiene tanta importancia; el problema es que la vieja ha querido insinuar que ellos, los niños, van a devenir en carcamales. Que no son eternos. Y esto es lo que los niños no piensan aceptar, es más que tabú. Es antinatural. Los viejos están locos, ya se sabe.

De ahí, de la alegre imitación, de la imitación que surge del corazón del autor como juego, como divertimento, salió lo que conocemos y amamos como Círculo de Lovecraft (por poner un egregio ejemplo), ¿o qué te creías? Ya lo he dicho antes, la imitación es el método, ¡el único! al cabo, que tenemos para estas cosas, y por medio de esa imitación, mágicamente (o qué sé yo, a estas alturas del artículo llevo bastante vino en el cuerpo) dejamos de imitar y desarrollamos el propio estilo. Y luego, claro, otra vez podemos imitar, como ya se ha dicho: por pura diversión, es más: por amor. Y esto, entonces, el ejercicio de la imitación literaria, se torna cada vez más complicado, y cada vez, por tanto, más divertido.

Leed, imitad, y cread. Y luego, otra vez, a imitar. Y siempre, en honor de este hueco bajo el Dolmen: ¡desvariad!

5 comentarios

Daniel Aragonés febrero 14, 2022 - 11:15 am

Siempre es un placer leerte, hermano. Como fan de Ray, me complacerá leer a Hill.

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estela febrero 14, 2022 - 7:19 pm

Pues tendré que leer a Bradbury, adoro a Joe y ese libro entero es una cosa fantástica y a ti tb te adoro, así que te haré caso. 19

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FRANKY febrero 14, 2022 - 8:17 pm

Gracias, sister. 19

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León febrero 15, 2022 - 12:12 am

¿Es como la imitatio Iesu krispie, no?

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FRANKY febrero 15, 2022 - 3:59 pm

Exactamente igual

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